Prefacio del Card. Michael Czerny, SJ

La Vida Después de la Pandemia

En los primeros meses de 2020, el Papa Francisco ha reflexionado frecuentemente sobre la pandemia de COVID- 19, a medida que ésta se extendía por la familia humana. Aquí se recogen ocho significativos textos, pronunciados o escritos desde el 27 de marzo al 22 de abril. ¿A quién se dirige el Papa, y cómo? ¿Qué dice y por qué?

Más allá de las ocasiones específicas, estos ocho textos pueden ser leídos juntos como un único desarrollo de su pensamiento y como un rico mensaje para la humanidad. Dicho mensaje tiene dos objetivos. El primero es sugerir una dirección, algunas claves y directrices para reconstruir un mundo mejor que podría nacer de esta crisis de la humanidad. El segundo objetivo es sembrar esperanza en medio de tanto sufrimiento y desconcierto. El Papa basa claramente esta esperanza en la fe, “porque con Dios la vida nunca muere”.

 

Comenzamos con los mensajes Urbi et orbi, nombre de un importante tipo de discursos papales de larga tradición. Por dos veces en 17 días, el Papa Francisco habló solemnemente y bendijo la ciudad (urbi) de Roma, de la que es Obispo, y el mundo entero (orbi): el 27 de marzo —una ocasión sin precedentes—, durante la oración extraordinaria de adoración en la Plaza de San Pedro; y el 12 de abril, como es tradición, en el Domingo de Pascua.

 

El mensaje Urbi et orbi invita a toda la humanidad a escuchar, de un modo tan inclusivo como lo hizo la Laudato si’ en 2015 —«quiero dirigirme a cada persona que habita este planeta» — y Querida Amazonia en febrero de 2020, dirigida «al Pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad».

 

Si bien el Urbi et orbi, en sentido estricto, se aplica solamente a dos de los textos que componen esta recopilación sobre la crisis del COVID-19, en cierto modo caracteriza a los ocho. En ellos, el Papa habla, de un modo muy personal, lleno de sentimiento, comprometido y esperanzado, sobre las necesidades y los sufrimientos de la gente en diversas situaciones locales. Al mismo tiempo, son también textos verdaderamente universales, no solo porque el virus amenaza a todos sin discriminación, sino especialmente porque el mundo post-COVID-19 ha de ser moldeado por todos. Estos ocho textos muestran el enfoque cálido e inclusivo del Papa Francisco, que no reduce las personas a unidades que pueden ser contadas, medidas y gestionadas, sino que une a todos juntos en la común humanidad y en el espíritu. Y así, con no menos calidez e inclusividad, el Papa desafía a cada uno –sin que importe lo encumbrado o humilde que sea- a osar hacer el bien, a hacerlo mejor. ¡Nosotros podemos! ¡Debemos!

«Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios». El Urbi et orbi es una invitación para los Jefes de Estado y de Gobierno, para quienes toman las decisiones en el mundo, para «cuantos tienen autoridad», para los privilegiados que pertenecen a «una pequeña parte de la humanidad (que) avanzó, mientras la mayoría se quedó atrás». El Santo Padre cuestiona y desafía «a quienes tienen responsabilidades en los conflictos» y a «los que detentan el poder económico».

 

«Animo a quienes tienen responsabilidades políticas a trabajar activamente en favor del bien común», dice Francisco; y muchos países, de hecho, han compartido información, conocimientos y recursos. Al mismo tiempo, la gratitud y el afecto del Papa van «a quienes trabajan asiduamente para garantizar los servicios esenciales necesarios para la convivencia civil, a las fuerzas del orden y a los militares, que en muchos países han contribuido a mitigar las dificultades y sufrimientos de la población».

 

En esta recopilación única, el Papa Francisco también escucha y mira a muchos de los que normalmente son silenciados y permanecen invisibles. En Pascua, escribe a los Movimientos Populares, organizaciones de la economía informal o popular. «Nuestra civilización... necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse. Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable». Asimismo, saluda «al mundo de los periódicos callejeros y especialmente a sus vendedores, que en su mayoría son personas sin hogar, gravemente marginadas, desempleadas». Esta es probablemente la primera vez que estas personas han sido tomadas en consideración, y más aún, saludadas respetuosamente. El Papa continúa: «Mirar a los más pobres, en estos días, puede ayudarnos a todos a ser conscientes de lo que realmente nos está pasando y de nuestra verdadera condición».

 

Dirigiéndose a todos y cada uno directamente, no desde lo alto o en abstracto, el Papa Francisco se acerca con afecto y compasión paternales para hacer suyos el sufrimiento y el sacrificio de tanta gente: «Que el Señor de la vida acoja consigo en su reino a los difuntos, y dé consuelo y esperanza a quienes aún están atravesando la prueba, especialmente a los ancianos y a las personas que están solas. Que conceda su consolación y las gracias necesarias a quienes se encuentran en condiciones de particular vulnerabilidad, como también a quienes trabajan en los centros de salud, o viven en los cuarteles y en las cárceles». Y el “álbum de familia” continúa: «médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas», «padres, madres, abuelos y abuelas, docentes (que) muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración».

 

El Pontífice es solidario: «Qué difícil es quedarse en casa para aquel que vive en una pequeña vivienda precaria o que directamente carece de un techo. Qué difícil es para los migrantes, las personas privadas de libertad o para aquellos que realizan un proceso de sanación por adicciones». Y piensa «en las personas, sobre todo mujeres, que multiplican el pan en los comedores comunitarios cocinando con dos cebollas y un paquete de arroz un delicioso guiso para cientos de niños, pienso en los enfermos, pienso en los ancianos (y en) los campesinos y agricultores familiares que siguen labrando para producir alimentos sanos sin destruir la naturaleza, sin acapararlos ni especular con la necesidad del pueblo».

Entonces, ¿qué dice el Papa y por qué? En el nivel más alto, una alternativa es el «egoísmo de los intereses particulares y la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a dura prueba la convivencia pacífica y el desarrollo de las próximas generaciones»; lo cual conlleva «este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente».

«Que lo que está pasando nos sacuda por dentro» y «que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente». «Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad».

 

Ha llegado el momento de prepararse para un cambio fundamental en el mundo post-COVID. En una nota manuscrita a un juez argentino, el Papa escribe: «Prepararnos para el después es importante». Y en una entrevista reciente —que no aparece en esta recopilación—, grabando las respuestas para un periodista británico, afirma que «las consecuencias ya han empezado a verse, trágicas y dolorosas, y por eso tenemos que pensar en ellas ahora».

 

Como miembros de una única familia humana y habitantes de una sola casa común, un peligroso egoísmo infecta a muchos más que el COVID-19. «Hemos fallado en nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la tierra. Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común. La hemos contaminado, la hemos saqueado, poniendo en peligro nuestra misma vida... No hay futuro para nosotros si destruimos el ambiente que nos sostiene». Ahora, afrontando la pandemia, hemos experimentado amplia y claramente nuestra interconexión en la vulnerabilidad. Gran parte de la humanidad ha respondido a esa vulnerabilidad con determinación y solidaridad. Hemos demostrado que podemos hacerlo, que podemos cambiar, y ahora está en nuestras manos traducir estas actitudes en una conversión permanente, con resolución y solidaridad, para afrontar amenazas mayores y con efectos a más largo plazo.

 

Ha llegado también el momento de reflexionar sobre las actividades económicas y el trabajo. Volver simplemente a lo que se hacía antes de la pandemia puede parecer la elección más obvia y práctica; pero, ¿por qué no pasar a algo mejor? ¿Por qué reinvertir en combustibles fósiles, monocultivos y destrucción de la selva tropical, cuando sabemos que ello agrava nuestra crisis medioambiental? ¿Por qué retomar la industria armamentística, con su terrible desperdicio de recursos y su inútil destrucción? El Papa está «preocupado por la hipocresía de ciertas personalidades políticas que hablan de afrontar la crisis... pero mientras tanto fabrican armas». Para que el trabajo sea bueno, debe contribuir al desarrollo humano integral. Necesitamos seguramente “armas” de una clase distinta para luchar contra la enfermedad y aliviar el sufrimiento, empezando por el equipamiento completo necesario para las clínicas y hospitales de todo el mundo. Pensemos valientemente fuera de esquemas. Después de lo que hemos pasado este año, no deberíamos tener miedo de aventurarnos por nuevos caminos y proponer soluciones innovativas.

 

El trabajo de asistencia sanitaria requiere ciertamente reconocimiento, apoyo e innovación. La pandemia ha mostrado que es estratégico y fundamental. Sin embargo, en muchos países es un sector ignorado: los salarios son bajos, falta personal en los hospitales, los turnos son pesados, faltan contratos y beneficios adecuados. Muchos operadores sanitarios son precarios y «no tienen un salario estable para resistir este momento». Muchos son migrantes. ¿Por qué los empleados de otros sectores cuya contribución a la sociedad es mucho menos importante ganan mucho más que los operadores sanitarios? Además, valorar el trabajo de asistencia mejoraría significativamente la situación de las mujeres, ya que son numéricamente predominantes en este sector; una razón más por la que este trabajo no debería ser marginal. Mostremos la misma agilidad operativa que hemos demostrado para bloquear el virus, rehabilitando y fortaleciendo toda la industria de la salud.

 

Esta lógica debería extenderse a todo el sector informal, en el que «muchos... viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los protejan». Estos son los trabajadores menos protegidos durante la cuarentena, a pesar de que muchos de ellos son tan esenciales como los asalariados. «Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado... no tienen un salario estable para resistir este momento... y las cuarentenas se les hacen insoportables». El Papa nos pide que mostremos valentía en la innovación experimentando nuevas soluciones y explorando nuevos caminos.

 

Mirando hacia adelante, leamos los signos que el COVID-19 ha mostrado claramente. No olvidemos cuán profundamente nos ha empobrecido la pérdida del contacto humano durante este tiempo en el que hemos estado separados de los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo y, sobre todo, de la familia, sin olvidar la absoluta crueldad de no poder acompañar a los moribundos en sus últimos instantes y llorarlos luego adecuadamente. En el futuro, no demos por descontado el estar juntos, sino redescubramos y busquemos medios para fortalecer esta posibilidad.

 

Desafiar y cambiar las industrias actuales, reconocer el trabajo informal y reforzar el trabajo sanitario son cuestiones que están ahora en la agenda pública. «Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir».

 

A estas horas, a causa del COVID-19 hemos comprendido que todos estamos involucrados e implicados: la desigualdad, el cambio climático y la mala gestión nos amenazan a todos. Hemos de entender también que se deberían cambiar los paradigmas y sistemas que ponen en riesgo el mundo entero. Nuestra vida tras la pandemia no debe ser una réplica de lo que fue antes, sin importar quién solía beneficiarse desproporcionadamente. «Seamos misericordiosos con el que es más débil. Sólo así reconstruiremos un mundo nuevo».

 

El COVID-19 nos ha permitido poner a prueba el egoísmo y la competición, y la respuesta es la siguiente: si seguimos aceptando, e incluso exigiendo, una competición implacable entre intereses individuales, corporativos y nacionales, en la que los perdedores son destruidos, entonces al final los ganadores también perderán como los otros, porque este modelo es insostenible a cualquier escala: desde el virus microscópico hasta las corrientes oceánicas, desde la atmósfera a las reservas de agua dulce. Una nueva era de solidaridad debe poner a todos los seres humanos en el mismo plano de dignidad, cada uno asumiendo su propia responsabilidad y contribuyendo para que todos —uno mismo, los demás y las generaciones futuras— puedan prosperar.

 

Junto a la visión, el compromiso y la acción, el Papa Francisco ha mostrado hasta qué punto la oración es fundamental para redirigir nuestra mirada a la esperanza, sobre todo cuando la esperanza se hace débil y lucha por sobrevivir. «Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras». Mientras guiaba el mundo en la Adoración del 27 de marzo, el Santo Padre enseñó que orar significa:

• Escuchar, dejar que lo que estamos viviendo nos preocupe, afrontar el viento y el silencio, la oscuridad y la lluvia, permitir que las sirenas de las ambulancias nos turben;

• reconocer que no somos autosuficientes y, por tanto, encomendarnos a Dios;

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No. 307

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