Indignadas por la violencia de que son víctimas, numerosas mujeres mexicanas han convocado a un día donde harán notar su ausencia. Será una forma de evidenciar lo necesarias que son en la vida económica, política y social. Será un hecho más valioso y significativo que las marchas violentas que algunas de ellas, embozadas y encolerizadas, han realizado en las últimas fechas.

 

Estoy con las mujeres porque, como es obvio, gracias al amor de mis padres fui engendrado en el seno de mi madre, quien me llevó con cariño durante nueve meses y me recibió con alegría, al igual que a mis hermanos, entregándose totalmente por amor. Tengo una hermana ejemplar, que además de ser madre de cinco hijos, ha trabajado en favor de las mujeres en numerosos ámbitos, pero en particular destacaría que como sicóloga ha dado acompañamiento y atendido a numerosas mujeres que sufren el síndrome postaborto.

 

Estoy con las mujeres, porque tengo una esposa que me ama y me dio ocho hijos, entre ellos a dos mujeres, que también son madres. Ella me ha acompañado, como algún día me dijera, “hasta el fin del mundo”, cumpliendo aquello de que ya no somos dos, sino una sola carne, en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y lo adverso. Hemos cumplido aquello de que somos iguales y complementarios, a pesar de ser diferentes.

 

Estoy con las mujeres, porque tengo muchas amigas que desde los años setenta han luchado por la participación cívica y política de las mujeres, por su dignidad, por su preparación, sin por ello creer que los hombres somos sus adversarios. Algunas han ocupado cargos políticos con honestidad, valor y de manera ejemplar. Tengo, también, exalumnas que se han desempeñado profesionalmente con éxito, sin por ello perder su feminidad o renunciar a su maternidad. También algunas que prefirieron dedicarse totalmente a la familia, sin complejos.

 

Las mujeres son las primeras educadoras, evangelizadoras y formadoras de los niños y jóvenes, sin distinción de sexos. Ellas forman un ejército de maestras en el país, desempeñándose en su vocación a pesar de no contar siempre con los medios para cumplir su labor, o cuando se les estorba con grillas de diverso tipo.

 

Estoy con las mujeres, porque existe un cúmulo de ellas que se han consagrado a Dios para servirle y servir a sus hermanos, particularmente a los pobres y enfermos, sin recompensa alguna. Porque algunas de ellas se han aislado del mundo, en contemplación permanente e intercediendo por quienes nos ocupamos de las cosas temporales y no nos olvidemos de nuestro Creador en el día a día y busquemos el bien común.

 

Estoy con las mujeres, porque como cristiano tengo en la Virgen de Guadalupe a mi otra madre, tal como lo declarara a san Juan Diego. Ella, al aceptar ser madre del Redentor, hizo posible que nos hermanáramos con él para ser hijos de Dios. Además, al pisar el Tepeyac, hizo suyo al pueblo de México y nos ha acompañado a lo largo de la historia porque a ella debemos nuestra identidad como nación.

 

Estoy con todas las mujeres y su indignación, pues han sido violentadas en el pasado y el presente de muchas maneras. Se les ha calificado como inferiores en muchas dimensiones, excluyéndolas y marginándolas, sin reconocer su aporte indispensable a la vida social como madres, amas de casa, trabajadoras, estudiantes, profesionistas, intelectuales, empresarias, deportistas.

 

Las mujeres son violentadas cuando se les impide el estudio; cuando se les minusvalora en el trabajo y se les remunera menos que a los hombres en el mismo puesto; cuando se les margina de su empleo ro se les impide el acceso si son madres o están embarazadas; cuando se les agrede en el noviazgo o en el matrimonio; cuando se les arrebata a los hijos; son violentadas cuando necesitando ocuparse de sus hijos, tienen que trabajar y abandonarlos o descuidarlos por falta de ingresos suficientes en sus esposos para sostener a la familia. Son violentadas cuando un sistema educativo impone ideas contrarias a las de la familia.

 

Las mujeres son violentadas cuando se les invita a perder su identidad; cuando se menosprecia la identidad invitándolas a asumirse con un sexo que no es el suyo; se violenta a las niñas y niños cuando en las escuelas se les obliga a asumir el rol de un sexo diferente; se violenta a los maestros a quienes se les obliga a ello; son violentadas cuando se les impide ser madres, se les esteriliza contra su voluntad o se ataca la maternidad fecunda.

 

Las mujeres son violentadas cuando se les convierte en objeto de placer, ya sea para la publicidad, la moda o los espectáculos, en la pornografía, en la trata de personas y la prostitución; cuando se les ofende con palabras soeces, con tocamientos indebidos en las aglomeraciones. Cuando son obligadas a contraer matrimonio contra su voluntad; cuando se les promete matrimonio a cambio de una “prueba de amor” y se las abandonan una vez embarazadas, convirtiéndolas en madres solteras sin acompañamiento y sustento.

En fin, las mujeres son violentadas con diversas formas de violación, no sólo mediante ataques sexuales, sino cuando se irrumpe en su cuerpo para dar muerte al niño que llevan en su seno.

 

Por eso estoy con ellas, como estamos la mayoría de los hombres, a pesar de nuestras fallas y defectos; nuestras limitaciones y carencias. Ellas nos perdonan, nos sostienen e impulsan en la vida. En fin, ellas nos aman con generosidad y nosotros las amamos.

 

Por todo ello y más, estoy con las mujeres. Por ello exijo que en México no se promuevan las confrontaciones que llevan a la violencia; que se combata el crimen que no distingue de sexos, edades ni condiciones, que más allá de supuestos odios y confrontaciones sexuales, es fruto de una educación carente de valores, de la corrupción; de la ambición de dinero y poder; de la impunidad y la inacción de quienes deben combatir el crimen.

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No. 290

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