La pandemia del coronavirus afectó la vida cotidiana de todos los países, impactando sus sistemas de salud (hospitales, consultas médicas, estudios de laboratorio, disponibilidad de médicos y enfermeras, abasto de medicamentos), sus economías, la gobernabilidad, la globalización en su conjunto, las relaciones internacionales y hasta la paz social.

 

Por eso se ha convertido en un problema de seguridad nacional para todos, incluso los países que todavía hoy se encuentran libres de contagio.

 

Para entender el problema, partamos de lo básico. Por definición, pandemia es cuando una enfermedad ataca a muchos países simultáneamente o a la mayoría de los individuos de una localidad o región. Como en el pasado, cuando se inicia, son pocos los recursos con que cuentan las sociedades para detenerla y la infección se propaga ampliamente.

 

Pero, a diferencia del pasado, el mundo moderno cuenta con mecanismos para minimizar la expansión de la epidemia, proteger a las personas y cortar significativamente los contagios, si bien esto se logra a un alto costo económico y político.

 

Existen organismos internacionales de prevención, monitoreo, alerta temprana y colaboración global con los que en otras épocas no se contaba. Adicionalmente, hoy los medios de comunicación nos aportan la gran oportunidad de tener información, noticias y actualizaciones en tiempo real de absolutamente cada rincón del globo.

 

En la actualidad, prácticamente todos los países consideran las pandemias como un problema de seguridad nacional. Esto es así por razones sanitarias, económicas, sociales, de seguridad pública, de gobernabilidad y de política internacional.

 

De lo primero, como ningún país está preparado para una pandemia, cuando se presenta, los sistemas sanitarios colapsan por el alud de pacientes que deben atender, por la insuficiencia de recursos materiales y humanos y porque los mismos centros de salud se vuelven focos de contagio. Los insustituibles médicos y enfermeras son blanco del mal.

 

Información escapada vía redes sociales de Italia y España habla de que a las personas mayores de 70 años (las principales víctimas del coronavirus) ya no se les puede atender y se les envía a sus hogares para “continuar la evolución de su enfermedad”, eufemismo con el que se disfraza que se les envía a morir, al haber optado por pacientes más jóvenes.

 

Como se debe decretar la cuarentena, la economía se ve seriamente afectada al cerrarse las instituciones y empresas no esenciales, lo que implica que no haya la producción habitual y el intercambio de bienes y servicios se desplome. Muchas empresas no pueden sobrevivir y desaparecen, con la cauda de desempleo, caída de impuestos, desabasto, etc.

 

Además, cuando las personas no pueden acudir a sus labores por el aislamiento, solamente un sector del universo laboral, uno muy especializado, tiene la posibilidad de trabajar en su casa “on line”. Los demás pueden ver cerrar las puertas de sus trabajos el tiempo que dure la contingencia, o exponerse al contagio.

 

De igual forma, al cerrarse las fronteras, los vuelos y el turismo, se lesionan seriamente los ingresos de la mayor parte de la sociedad, pero significativamente los del gobierno, el cual no puede cumplir con sus funciones normales y debe implementar medidas de emergencia, disparando el gasto público, con consecuencias inflacionarias.

 

La recesión es el resultado lógico de esta situación y salir de ella lo antes posible implica esfuerzos coordinados de la sociedad y el gobierno, que no siempre es posible lograr.

 

Como contexto, para este año, la OCDE prevé una reducción del PIB mundial en la mitad de lo que había proyectado, un 1.5%, lo que habla de que por sí, sin pandemia, el crecimiento mundial este año iba a ser raquítico. Se comprende, entonces, que los gobiernos no adopten las medidas de confinamiento como su primera opción. Por desgracia, no tienen muchas alternativas frente a un problema ya declarado.

 

Todo esto repercute en la población que, de manera natural o inducida, puede provocar protestas, motines, saqueos y agitación, que no resolverían los problemas, sino los complicarían para unas autoridades que serían rebasadas por esta irrupción social.

 

Para tratar de mantener el orden, los gobiernos se verían obligados a movilizar policías, guardia nacional y hasta las fuerzas armadas, lo mismo para contener las protestas de la población que para proteger y auxiliar los centros sanitarios, las vías de distribución esenciales, amén de todas las tareas cotidianas que hacen y no pueden ser descuidadas.

 

Todo lo anterior provocaría una crisis de gobernabilidad porque la sociedad o parte de ella acusaría a sus autoridades de ineficiencia en el manejo del problema, con o sin razón. Los gobiernos verían su capacidad de control deteriorada, su aceptación en entredicho y muchos de ellos caerían tarde que pronto, o serían reemplazados en la siguiente votación.

 

Otro escenario sería el endurecimiento de los gobiernos, tendientes a aplicar mayores controles, centralización e incluso uso de la fuerza público y aplicación de medidas de excepción hasta la suspensión de las garantías individuales.

 

Por último, nunca faltan gobiernos “rufianes” que aprovechan la vulnerabilidad de sus vecinos o sus enemigos para sacar ventaja. A ello obedece, por ejemplo, el actual despliegue de parte de la flota rusa, una en aguas inglesas y otra en las japonesas, así como el de la norteamericana en aguas venezolanas.

 

Por ello, la doctrina de seguridad nacional contempla las pandemias como un grave problema, ante la magnitud de recursos que se tienen que movilizar y las vulnerabilidades a las que un país se ve repentinamente obligado a afrontar. Por lo general, ellas siempre rebasan su capacidad.

 

La pandemia que hoy nos afecta está causada por un virus. Los únicos recursos terapéuticos (curativos) y preventivos disponibles para las enfermedades virales epidémicas lo constituyen las vacunas… y el aislamiento. Se trabaja febrilmente para elaborar una vacuna, pero en el ínter, las muertes y contagiados continuarán.

 

Como el recurso preventivo por excelencia para pandemias virales es la cuarentena, es decir, el aislamiento al máximo de la población, esta medida es admitida con mucha renuencia por los gobernantes, principalmente para evitar el pánico colectivo, pero más por sus efectos económicos y la precariedad de los servicios de salud.

 

Como se ha demostrado en los casos de China, de Italia, de España y de Estados Unidos, la tardanza gubernamental en la adopción de medidas de emergencia ha resultado contraproducente, tanto para sus sociedades como para los propios gobiernos, porque los contagios se multiplicaron, y hoy enfrentan las iras de sus gobernados.

 

Contrastan los casos de Australia y Corea del Sur, por ejemplo, que aplicaron medidas a tiempo y hoy tienen la pandemia controlada. Por ello, sólo por desprestigio, Donald Trump puede perder su reelección y el gobierno español de Pedro Sánchez caer.

 

La clave de una pandemia es lograr su control en el menor tiempo posible y esto sólo se alcanza disminuyendo el número de infectados, aplicando medidas a tiempo. Medidas sanitarias, económicas, de movilización de la fuerza pública para asegurar el confinamiento y un manejo adecuado y real de la información.

 

Clave en esta pandemia ha resultado la aplicación de pruebas para determinar los focos de contagio y así poder aislarlos. El retraso o la precariedad en este tipo de test, están marcando la diferencia en la preservación de vidas humanas.

 

Cualquier falla, retraso, negligencia o equívoco resulta fatal para la sociedad no solamente por lo que hace a la salud y los costos de la atención médica masiva, sino porque se pone a prueba algo que para un gobernante es esencial: su credibilidad, su prestigio y la confianza que el ciudadano le ha brindado.

 

Fallar se volvió imperdonable, criminal, y tiene consecuencias legales para un gobierno. Pronto se pasarán las facturas a los que mintieron o fueron remisos.

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No. 297

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