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Un millón de Charlies

LA GACETA DE LA IBEROSFERA. El cuerpo de la araña lobo es robusto, con patas fuertes y velludas. Tiene una habilidad especial para emboscar al enemigo. Las hembras llevan adheridas al vientre un saco de huevos en hileras. Una vez eclosionan, las crías emergen y se encaraman al dorso de la madre. Un espécimen adulto de licósido puede llevar sobre su espalda hasta doscientos vástagos durante algunas semanas. Cuando se mata a una araña lobo en estas circunstancias, decenas o cientos de pequeñas arañas se esparcen en todas direcciones en segundos, creando una impresión visual impactante. Se extermina a una y aparecen cientos. Más pequeñas y débiles, pero muy numerosas.

El asesinato de Charlie Kirk el pasado día 10 de septiembre durante un evento de su gira America Comeback Tour en la Utah Valley University ha tenido un efecto multiplicador que recordaba al de las arañas lobo. Del crimen vil de un hombre religioso, corajudo e inteligente han salido disparados en todas direcciones miles de sencillos testimonios de fe. La fuerza de este pentecostés posmoderno —disculpen el maximalismo— ha sido tal que, creyendo que aniquilaban a un posible futuro presidente de los Estados Unidos, nos han servido en un ataúd a un mártir cuyo sacrificio cataliza el creciente número de conversiones que estamos viendo en los últimos tiempos por todas partes. En las marchas antiinmigración registradas el pasado fin de semana en Londres, Irlanda del Norte o Australia se recordó su legado y se exhibieron pancartas que proclamaban el reinado de Cristo con entusiasmo renovado. El testigo será recogido; el miedo, vencido.

El calibre americano por excelencia, un cartucho corriente, casi desfasado para el uso que se le dio —recuerda al asesinato de Kennedy—, como signo de contradicción para el sistema de pensamiento propagado desde las universidades de la costa este. Escribía nuestro Julio Camba que todas las revoluciones habían sido promovidas por hombres a los que no se les había dejado colocar sus discursos. Charlie Kirk creía que la violencia y la deshumanización emergían cuando la gente dejaba de hablar. Apostó por mirar a los ojos a chavales con el cerebro frito por las falsas promesas redentoras del wokismo y decirles que sus heridas podían ser sanadas. Adjudicó la dignidad de los hijos de Dios a aquellos que se la negaban a un feto o a él mismo. Acogió con respeto los traumas que se escapaban por las costuras de los cambios de sexo, los pelos de colores, los piercings o el índice de de masa corporal. Su sangre derramada, la orfandad de sus hijos y la fortaleza de su viuda, han sacado el mensaje de Kirk de la carpa de TPUSA para despertar del mal sueño a los «despiertos» de todo el mundo.

Buena parte del discurso del joven líder asesinado por motivos políticos no es ideológico. Charlie Kirk defendía algunas certezas inmutables. Si miramos la verdad como parte de una ideología, a su radicalidad le llamamos polarización. Llevamos realidades al terreno de la opinión y pedimos moderación a la verdad. Además, enzarzados en el eje izquierda-derecha, con la mirada estrecha de la horizontalidad, se nos anima a buscar enfrente a un enemigo que está arriba.

En sus últimas intervenciones, el activista conservador parecía estar reconsiderando ciertos planteamientos evangélicos, veterotestamentarios, de la derecha americana. Quizá, siguiendo la tendencia de una parte del MAGA que se europeíza, en sentido clásico, mientras que Europa abandona de manera ineluctable su posición tradicional del orden anterior y se «americaniza». Dice Alain de Benoist que vivimos en un mundo que se desvanece y en otro que tarda en nacer. Que el recuerdo de Charlie Kirk acompañe al alumbramiento.

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