La utilidad del miedo
LA GAETA DE LA IBEROSFERA. Dentro del mundo de la ficción, el miedo nace como una experiencia privada. Quienes sufren el acoso de alguna entidad maléfica son personajes concretos, individualizados, con cuyas penalidades resulta sencillo identificarse. Sobre ellos, el consumidor del género de terror proyecta sus propios temores y, de alguna manera, los exorciza. El adormecimiento de la vida real recibe así un estímulo electrizante. Durante un cierto periodo de tiempo, los escenarios de pesadilla actúan como un reconstituyente del ánimo, un afrodisíaco de la sensibilidad, un desfibrilador de los corazones embotados por el tedio de una existencia donde nunca parece que suceda nada.
Pero en algún momento, la situación evoluciona. El miedo adquiere una dimensión planetaria. Ya no es un individuo determinado, con un nombre y un rostro reconocibles, quien sufre bajo el acecho de las potencias tenebrosas. Ahora es la humanidad, un todo orgánico, la que debe hacer frente a la amenaza de su aniquilación. Pionero de la nueva concepción global del pánico, H.G. Wells describe en La guerra de los mundos (1898) la invasión de la Tierra por una raza de alienígenas que persiguen el exterminio de los humanos. Más tarde, con la llegada de la Guerra Fría, sucede que la escalada armamentística y la división del mundo en bloques antagónicos inducen en la psique colectiva un estado de paranoia permanente.
Aquel periodo oscurecido por los nubarrones apocalípticos de un cataclismo nuclear pareció quedar clausurado con la demolición del Muro de Berlín y el consiguiente declive del comunismo. Pero se trató de un falso epílogo. La caída de las Torres Gemelas volvió a ponernos frente al espejo de nuestra vulnerabilidad. El terrorismo suicida, imprevisible y devastador, de una simplicidad logística estremecedora, se derramaba sobre los espacios públicos de las grandes urbes occidentales revestido de un sesgo de inevitabilidad. ¿Y qué decir de la Covid-19, la última forma en que la posibilidad de una hecatombe a escala industrial se ha hecho presente en nuestras vidas? Fue no sólo el pánico a sucumbir al azar de una muerte aleatoria; fue, además, el momento en que el instinto de alejamiento del otro alcanzó su máximo grado de deshumanización. Y, junto a ello, la mansa disposición a someternos al mayor experimento de control social que haya conocido la historia reciente.
Mientras, con anterioridad a estos acontecimientos y en sincronía con ellos, el cine y las series de televisión explotaban a fondo el inagotable campo de las calamidades multitudinarias. Al clásico repertorio de una humanidad mutante, poblada de vampiros o zombies, el negocio de los estudios cinematográficos y las plataformas televisivas ha ido agregando nuevos supuestos terminales, todos característicos de una época que mientras asegura venerar la razón y la ciencia permanece inmersa en un estado de delirio permanente.
De ese modo, hemos visto cómo a una era global corresponde la propagación de una atmósfera de terrores globales. Desórdenes climáticos o pestes pandémicas son ya parte recurrente del imaginario de nuestro universo ficcional. En la muy reciente Una casa llena de dinamita, de la directora Kathryn Bigelow, se retoma el argumento del Armagedón atómico desde un enfoque en el que la pura angustia ante la destrucción inminente de una ciudad de nueve millones de personas prima sobre la reflexión política o sobre cualquier otro planteamiento, serio y profundo, de índole moral.
Todo esto nos lleva directamente a la evidencia de que, al menos en nuestro entorno, se está modelando una sociedad programada para responder de manera automática al reclamo del miedo. El cine de catástrofes intensifica la sugestión de amenaza de los peligros latentes. Ya no se trata de contrarrestar los miedos, sino de potenciarlos. Ya no se trata de que la persona se prepare para hacer frente al enemigo que directamente lo confronta, sino de poner a las masas en una situación de rendición incondicional frente al poder difuso de los organismos que las controlan. En el proceso de irracionalización al que nos arrastran, buscan que desistamos. Nos subyuga el temor al desencadenamiento de desastres que muy probablemente nunca se produzcan o que no está en nuestras manos evitar, en lugar de reservar nuestro ánimo combativo para sobreponernos a la acción destructiva de aquello que, a diario, socava y precariza nuestras vidas: el mal gobierno, la mentira institucional, la destrucción de los vínculos personales, el empobrecimiento paulatino, la corrupción sistémica, el borrado de nuestra identidad colectiva, el apogeo masivo de la desvergüenza y la ignorancia.
Esos deberían ser nuestros caballos de batalla, el detonante de una reacción que nos movilizara como sociedad. En cambio, vivimos paralizados por ensoñaciones fantasmales, por monstruos que en buena medida son engendrados por los mismos poderes que aseguran tener la capacidad taumatúrgica de librarnos de ellos. Si lo pensamos bien, nunca resultó tan evidente cuál es la verdadera utilidad del miedo.

