Educar para Comprender, Educar para SER Libres
La prueba PISA nuevamente ofrece desafíos para el pensamiento crítico y la libertad.
La crisis educativa global vuelve a interpelarnos. PISA 2025 muestra que, después del desplome registrado en 2022, los aprendizajes permanecen estancados o siguen deteriorándose en numerosos países del mundo. La lectura presenta el retroceso más pronunciado; las matemáticas también acumulan pérdidas, mientras las ciencias han resistido mejor. Criticar la prueba PISA es relativamente fácil: cualquier instrumento de evaluación es perfectible. Pero sus límites no vuelven irrelevante lo que exhibe.
El diagnóstico ofrece señales inquietantes. El mayor tiempo frente a pantallas y la disminución de la lectura por placer coinciden con peores resultados lectores. Los análisis identifican dificultades especialmente marcadas ante textos largos y tareas que exigen evaluar, relacionar información y reflexionar. A ello se suma una carencia elemental: en promedio, alrededor de cuatro de cada diez estudiantes de la OCDE asisten a escuelas cuyos directores señalan que la falta de profesores dificulta la enseñanza.
A mi juicio, estas señales, además, apuntan también a un descuido de muchos de nosotros. Hemos incorporado tecnologías sin atender suficientemente sus exigencias educativas y hemos invocado el pensamiento crítico sin preguntarnos cómo se cultiva. Pensar críticamente significa buscar las causas, examinar las pruebas y estar dispuesto a corregirse. Esa forma de educar la razón necesita paciencia y pasión. Una respuesta instantánea puede resolver una consulta furtiva; por otra parte, comprender exige reconstruir las razones que amparan lo que se afirma. Cuando confundimos encontrar información con comprender, dejamos a la inteligencia abandonada al inicio de su camino.
Parte del extravío actual consiste en olvidar que el pensamiento crítico es el corazón de la ciencia y que la ciencia es un hábito: una manera estable de preguntar, contrastar y razonar. Educar de verdad significa enseñar a disfrutar una pregunta difícil, perseverar ante un problema y desconfiar de las explicaciones superficiales.
La ciencia, además, requiere de sabiduría para obtener una dirección que oriente los cuestionamientos. La sabiduría, como actitud de la persona que desea comprender el mundo a la luz de su significado más radical, orienta el conocimiento científico hacia una vida anclada en la verdad. La sabiduría exige humildad, es decir, reconocer cuánto ignoramos.
En México y en América Latina, una reforma educativa digna de ese nombre tendría que traducirse en maestros motivados, bibliotecas vivas, tiempos de lectura sostenida y aulas donde preguntar, argumentar y rectificar sean prácticas cotidianas. Quienes diseñan las políticas públicas en este campo deben garantizar las condiciones para que esto pueda darse y las familias debemos participar en este esfuerzo.
Por supuesto, la educación es más que formar intelectualmente a las personas. La educación involucra el cuerpo, la vida afectiva, la capacidad de cooperación y la apertura a la trascendencia. PISA es una modesta evaluación desde este punto de vista. Pero sus resultados nos inquietan a todos. Sólo con buena educación, integral, no ideológica, será posible que surjan nuevas generaciones más participativas, críticas y capaces de luchar por la emancipación de todos por igual.

