El éxito de nuestra educación
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El éxito de nuestra educación

A diferencia del mundo tradicional, donde la vida se regía de acuerdo a un cuerpo de normas establecidas por la costumbre, en nuestra época la realidad se configura a golpe de ley. La ley es todopoderosa. Es la herramienta por medio de la cual el Estado moderno asume una condición semidivina. Su poder de penetración es de tal magnitud que no sólo incide en los aspectos externos de la vida social, sino que ostenta la capacidad de transformar la mentalidad colectiva hasta extremos que bordean el delirio.

Así pues, en la actualidad, las leyes determinan la fisonomía de las naciones tanto como la visión del mundo que comparten sus ciudadanos. Este es un dato que conocen perfectamente quienes, al hacerse con el poder, demuestran que su prioridad es la vampirización de las conciencias mucho antes que la solución de los problemas reales de la gente. 

Sin embargo, para alcanzar tales fines resulta imprescindible la previa destrucción de lo que hay. La ley se convierte entonces en un formidable artefacto de demolición que arrasa con buena parte de lo que encuentra edificado. No se trata, contra lo que pueda juzgarse a primera vista, de un modo de proceder exclusivo de los regímenes totalitarios. También los sistemas demoliberales, en especial durante las últimas décadas, se han validado del poder inmenso que les proporciona la legislación para introducir en el paisaje social un torrente de transformaciones.

Esto es lo que ocurrió con la educación en España. Todo lo que se ha venido escribiendo y comentando a partir del último Informe Pisa en relación a los males que aquejan a nuestro sistema de enseñanza y a los cambios que resultaría urgente introducir rebosan sensatez y un acerado sentido cívico. Ahora bien, aquí la clave del asunto reside en una dimensión distinta. La cuestión fundamental es que quienes diseñaron la Logse y el resto de leyes educativas que se han ido sucediendo albergaban un propósito que iba más allá de lo pedagógico, es decir, de la enseñanza entendida como la creación de las condiciones necesarias para acometer con garantías de éxito y en una situación de razonable igualdad el proceso que permite la transmisión de saberes: querían cambiar íntegramente la sociedad. Y por eso puede afirmarse que su éxito ha sido completo.

Porque, ¿qué significaba en esencia la Logse? Desde luego, una rebaja de la exigencia respecto a leyes anteriores y un empobrecimiento de los contenidos. También un declive dramático de la autoridad del profesor y la instauración de una concepción igualitarista de la enseñanza que, a la postre, ha propiciado la pérdida de un enorme capital humano indispensable para el desarrollo de nuestra nación. Asimismo, al introducir en la práctica educativa el galimatías de una jerga indescifrable, ha sembrado entre los docentes la duda terrible acerca de cuál es el verdadero sentido de su labor. 

Pero ante todo, y más allá de lo anterior, la Logse y sus derivados han logrado transformar la mentalidad colectiva hasta hacer de la nuestra una sociedad terapéutica. Ello ha significado la reducción de todas las variables que implica la formación de la persona a un único factor: su bienestar psicológico. En defensa de dicho factor, al alumno se le ha escamoteado la posibilidad de superarse a sí mismo, de enfrentarse al reto de disciplinar su voluntad y de disfrutar del placer intelectual que depara la asimilación de nuevos conocimientos. 

No se me malinterprete: el cuidado de los factores emocionales que influyen en la salud mental de la población, en especial de la más joven, debe constituir un asunto prioritario. Ahora bien, si atendemos a las estadísticas, la insistencia en buscar a toda costa y por encima de cualquier otra pretensión lo que se supone que es la estabilidad anímica del alumno —al que con frecuencia se le ahorra el trago de una repetición o de un suspenso para evitar que se sienta frustrado— se corresponde con la paradójica evidencia de una sociedad donde las tasas de desórdenes psicológicos no dejan de crecer.

Lo curioso es que este panorama crepuscular, forjado a base de elevar la mentira como uno de los pilares de nuestra convivencia, no supone motivo de especial alarma entre el grueso de la población. Quizá porque el propio sistema ha creado el tipo de persona que se propuso modelar desde el principio: un individuo dócil al proyecto de desmembración social en el que andan engolfadas nuestras élites. Y así, para concluir con una analogía, lo que se está haciendo con muchos de nuestros alumnos es algo parecido a lo que se le haría a un paciente que acudiera al hospital aquejado de una grave infección pulmonar y al que los médicos, para ahorrarle el engorro de un tratamiento adecuado, lo despacharan a su casa diciéndole que padece un simple resfriado. El paciente moriría al poco tiempo, pero al menos se habría preservado su bienestar emocional.    

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