Humanismo Cristiano y Comunidad Internacional: una Perspectiva Latinoamericana
El humanismo cristiano es una síntesis entre Europa y América Latina. Esta es la tesis de la conferencia pronunciada en el Foro AnimAzione por Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina de la Santa Sede. Tras poner de relieve la modernidad católica, el sustrato barroco y la dimensión mariana en América Latina, el autor propone una reciprocidad entre ambas regiones, promoviendo una antropología relacional, la ecología integral y la Doctrina Social de la Iglesia.
Hablar de humanismo suele suscitar simpatía de inmediato. Sin embargo, basta con preguntarse qué significa ser “humano” para descubrir que existen diferencias que la palabra, por sí sola, no resuelve. Bajo este nombre conviven filosofías, sensibilidades y proyectos políticos muy diversos. “Humanismo” es un término extremadamente amplio, polisémico y analógico: remite a una preocupación compartida por lo humano, pero admite distintas interpretaciones de su verdad y su destino. Por este motivo es aconsejable, antes de invocarlo, aclarar qué entendemos por “persona”, “libertad” y “comunidad”, y qué lugar otorgamos a Dios en nuestra concepción de lo humano.
En esta ocasión no es posible detenerse en la compleja génesis del “humanismo” en general, de modo que me centraré en el humanismo cristiano, nacido en Europa, tal y como ha sido acogido y recreado de múltiples maneras en América Latina. El cristianismo hunde sus raíces en Israel, pero tiene una vocación que abarca a todos los pueblos. Su desarrollo europeo constituye una mediación histórica decisiva, cuya fecundidad se aprecia también en lo que ha suscitado más allá de sus fronteras. En el centro de este humanismo se encuentra la persona, afirmada en sí misma, que no se puede reducir a ningún concepto, valor o utilidad. Y está Jesucristo, aquel que nos ha ayudado a comprender mejor la consistencia del ser personal y en quien nuestra humanidad descubre su significado último y definitivo.
La modernidad exige una comprensión analítica y diferenciada
Comprender esta fecundidad requiere revisar un lugar común: la identificación de la modernidad con su versión ilustrada. La historia moderna encierra distintas trayectorias, controversias internas y posibilidades que sus interpretaciones dominantes suelen oscurecer. Existían formas de renovación cultural abiertas a Dios, estructuradas incluso a partir de la Revelación y de la gracia. La Reforma católica, la vida universitaria y los debates sobre la dignidad de los indígenas pertenecen a ese horizonte. En ellos encontramos una afirmación de la persona y de la comunidad que difieren de las establecidas por el canon ilustrado.
Alberto Methol Ferré, inspirándose en gran medida en Augusto Del Noce, ha sintetizado esta intuición en una frase esclarecedora: “Recuperar el barroco significa recuperar la modernidad católica”. Su afirmación permite reconocer una experiencia histórica capaz de integrar novedad y tradición, sensibilidad y razón, naturaleza y vocación sobrenatural. Desde esta perspectiva resultan más comprensibles la cultura virreinal, las universidades, las misiones y las reducciones, así como el nacimiento de un pueblo mestizo cuya originalidad se expresa en el arte, las fiestas, la vida familiar y la religiosidad popular. Los indígenas y los africanos participaron de forma creativa en esta gestación: acogieron elementos europeos y los transformaron a la luz de su propia experiencia.
Reconocer la fecundidad del Evangelio y del humanismo cristiano entre las culturas prehispánicas exige honestidad ante las heridas de la conquista. Hubo despojos, explotación, violencia e incluso un mestizaje marcado por la imposición. Precisamente por eso es importante subrayar que la fe cristiana y el humanismo derivado de ella han ofrecido motivos para que se cuestione el dominio y se reconozca al otro como hermano. Allí donde el encuentro se produce en libertad, la formación de familias mestizas abre posibilidades de convivencia. La síntesis latinoamericana ha crecido en medio de estas tensiones: acogiendo, resistiendo, corrigiendo y creando.
Posteriormente, las ideas de la Ilustración influyeron en los procesos de independencia de las naciones latinoamericanas, junto con las tradiciones jurídicas hispánicas y las aspiraciones locales de autogobierno. Su recepción tuvo lugar en el seno de una matriz cultural que ya poseía una memoria, vínculos y criterios de valoración propios. El barroco latinoamericano, en otras palabras, ha funcionado como sustrato cultural de estos y otros procesos hasta nuestros días. La Ilustración, también diversificada, se encontró con una América Latina ya moldeada por esa modernidad católica. Tener presente esta secuencia nos permite apreciar la densidad de nuestra historia y comprender por qué sus cambios novedosos nunca han sido una simple reproducción de las experiencias europeas.
La dimensión “mariana” de la evangelización y del humanismo cristiano en América Latina
Sin embargo, la explicación sigue siendo incompleta si no se presta atención a cómo llegó el cristianismo al corazón de nuestros pueblos. En mi opinión, su fecundidad más profunda se descubre en la forma mariana de la primera evangelización. Los proyectos y las instituciones echaron raíces cuando el anuncio fue reconocido como una cercanía que acogía, consolaba y devolvía la dignidad. La Tercera Conferencia del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla en 1979, vio en el rostro mestizo de Guadalupe una expresión luminosa de nuestra identidad histórica y cultural. La maternidad de María ofreció un lenguaje con el que los pueblos heridos pudieron empezar a reconocerse dentro de una única familia.
Las apariciones de Santa María de Guadalupe son arquetípicas en este sentido. En el Nican Mopohua, María anuncia al Dios por el que se vive y pide una “casita sagrada” donde mostrarlo y ofrecer su ayuda. Allí desea escuchar el llanto y aliviar los sufrimientos de quienes la buscan. El anuncio se hace comprensible dentro de un universo simbólico indígena y confía una misión a quien es considerado el más pequeño. Podemos ver en ello una anticipación de lo que tiempo después llamaremos “opción preferencial por los pobres”: la dignidad de quien sufre aparece en el centro mismo de la comunicación de la fe.
San Juan Diego, un fiel laico, lleva esta noticia al obispo. Aquel que socialmente parece tener menos autoridad comunica algo que el pastor necesita escuchar. En este sentido, Juan Diego evangeliza al obispo: le invita a reconocer una iniciativa de Dios que llega por un camino inesperado. La petición de un templo posee, además, una fecundidad que podemos desarrollar hoy. La “casita sagrada” que pide la Virgen María inspira una convivencia en la que las convicciones religiosas encuentren espacio para expresarse con dignidad y libertad.
La teología de Hans Urs von Balthasar ayuda a comprender lo que aquí está en juego. En el “sí” de María, la Iglesia encuentra la forma originaria de su respuesta al don de Dios. Su dimensión institucional está al servicio de esa acogida libre y fecunda. Desde esta perspectiva, la maternidad de Guadalupe puede entenderse como una purificación de las pretensiones de dominio que acompañaban a algunos evangelizadores. María nos conduce hacia su Hijo y nos educa en una mirada capaz de descubrir en el cuerpo de Cristo las llagas del pueblo que sufre. El humanismo cristiano se hace creíble cuando esa mirada se traduce en compañía, protección y servicio.
La devolución agradecida del don recibido de Europa
Así es como ha madurado una síntesis cultural original, nunca homogénea, siempre orientada a la fraternidad. Sus contradicciones exigen una conversión; sus frutos alimentan la esperanza. La memoria religiosa, los lazos familiares y las solidaridades cotidianas conservan aún hoy algo de aquella experiencia fundacional. Son realidades frágiles, expuestas a deformaciones, pero capaces de sostener la vida cuando otras certezas se desvanecen. En ellas, muchos de nosotros, latinoamericanos, hemos aprendido que la existencia puede ser dura y, sin embargo, seguir abierta a la gratitud y a la ayuda mutua.
La elección del papa Francisco ha significado, en gran medida, el retorno agradecido de esa maduración a Europa. La experiencia de una Iglesia formada entre los pueblos latinoamericanos ha comenzado a expresarse a través de la enseñanza del Pastor Universal. Su atención a los pobres, a la piedad popular y a la fraternidad ha ofrecido a todos los frutos de una historia particular. La ridiculización de algunas de sus enseñanzas ha impedido, en ciertas ocasiones, apreciar su profundidad cristológica. Leerlas en el marco de la tradición viva de la Iglesia permite reconocer tanto su continuidad como la novedad de las cuestiones que abordan.
León XIV continúa esta tarea en un contexto transformado por nuevos poderes tecnológicos y nuevas fracturas sociales. En su Magnifica Humanitas propone proteger la dignidad humana frente a la revolución digital y ofrece un criterio que abarca toda la vida pública: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer”. Este criterio nos obliga a examinar cómo utilizamos nuestras capacidades científicas, económicas y políticas. Una sociedad que multiplica sus instrumentos mientras abandona a los más débiles tiene mucho que aprender sobre sí misma.
Europa puede contribuir significativamente a este proceso de aprendizaje. Su aportación filosófica, jurídica, científica y cristiana merece ser recordada y honrada. Al mismo tiempo, la fecundidad de ese legado le ofrece una oportunidad: aprender de lo que ha germinado en otras latitudes. ¡Cuántos autores, instituciones y tradiciones de Europa se estudian y se aprecian en América Latina! Este profundo aprecio que los latinoamericanos sentimos por lo europeo no siempre encuentra correspondencia. Escuchar a quienes han recibido un legado y lo han hecho fructificar permite conocer dimensiones del mismo que quizá pasaron desapercibidas para quienes lo transmitieron.
Recuerdo una conversación con el papa Francisco sobre estos temas, durante la cual me dijo algo así como: “¡Qué fácil es hacer el bien, recibir aplausos y acabar volviéndose autorreferencial!”. Conservo el sentido de esa observación, sin pretender reproducir las palabras exactas. Incluso una cultura puede quedar prisionera del reconocimiento de sus propios éxitos. La identidad europea necesita espacios en los que pueda continuar enriqueciéndose mediante el diálogo, la cooperación y el servicio. La gratitud por lo que nos pertenece madura cuando se transforma en disposición a recibir de los demás y a dar a los demás.
La persona y los pueblos maduran en la relación
Esta apertura tiene un fundamento antropológico. Benedicto XVI la desarrolla en Caritas in veritate, entendiendo el desarrollo como la inclusión de personas y pueblos en la única familia humana. La comunión trinitaria ilumina una unidad capaz de reforzar las diferencias. La persona posee una consistencia propia y está constitutivamente abierta a la relación; su singularidad florece en la comunión. También el bien común posee esta profundidad relacional: la confianza, la justicia y la paz requieren condiciones institucionales, pero solo cobran vida cuando las personas las hacen suyas y las sostienen juntas.
Karol Wojtyła nos ayuda a precisar cómo llevarlo a cabo. En Persona y acción, la participación indica la posibilidad de actuar junto a los demás conservando el valor personal de la propia acción. Participar implica responsabilidad, iniciativa y orientación hacia el bien común. Por este motivo, tanto la solidaridad como una oposición responsable pueden contribuir a la comunidad, mientras que el conformismo y la evasión la debilitan. Esta comprensión ofrece una escuela de convivencia para nuestros pueblos: aprender a colaborar significa también aprender a discrepar sin romper los lazos que hacen posible una obra compartida.
Rocco Buttiglione apunta al sentido existencial de esta experiencia: “El problema de la vida es encontrar algo que valga el don de la libertad”. Hay bienes cuya grandeza solo descubrimos cuando nos comprometemos con ellos. Una amistad, una familia o una causa justa nos permite reconocer que la libertad puede crecer al donarse. También la pertenencia a un pueblo requiere esta cualidad de adhesión: libre, consciente y abierta a la crítica. La comunidad internacional necesita personas e instituciones capaces de reconocer un bien por el que merezca la pena compartir responsabilidades.
Laudato si’ amplía esta perspectiva hacia la casa común. Al vincular la crisis medioambiental con la injusticia social, su ecología integral muestra hasta qué punto nuestras formas de habitar la tierra comprometen la vida de los demás. La referencia trinitaria ilumina, además, el entrelazamiento de las relaciones de la creación. Cuidar un río, proteger a una comunidad y pensar en las generaciones futuras son responsabilidades entrelazadas entre sí. Europa y América Latina pueden colaborar recurriendo a sus conocimientos científicos, a sus experiencias institucionales y a sus sabidurías populares. Esta colaboración resulta fecunda cuando todos tienen algo que ofrecer y están dispuestos a aprender.
La vocación de Europa y el “buen samaritano”
En un mundo en fase de reconfiguración, la vocación internacional de Europa puede encontrar una orientación singular en el buen samaritano. El papa Francisco, al comentar la parábola en Fratelli tutti, nos exhorta: “Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas”. El herido trastoca nuestras prioridades; su presencia nos exige decidir qué tipo de prójimos queremos ser. El samaritano se detiene, comparte sus recursos e involucra a otra persona en el cuidado. Su gesto encierra una pedagogía de la cooperación que puede inspirar la vida pública, sin eximirnos de la labor de plasmarla con prudencia en instituciones y políticas.
Desde esta perspectiva, proteger la soberanía de los pueblos exige también el reconocimiento de sus obligaciones recíprocas. Los discursos soberanistas se vuelven destructivos cuando transforman la diferencia en amenaza y el poder en justificación de la violencia. La comunidad internacional necesita reforzar el derecho, la mediación diplomática y la participación de los países pequeños. La solidaridad y la subsidiariedad exigen actuar juntos: respetar las capacidades locales y responder a retos que superan las fuerzas de cada nación por separado. Reconciliar sociedades fragmentadas requiere verdad, justicia y reparación, así como la decisión de impedir que el sufrimiento heredado se convierta en una enemistad sin fin.
En conclusión: la Doctrina Social de la Iglesia como itinerario educativo
¿Dónde aprender esta forma de ver y de actuar? La Doctrina Social de la Iglesia ofrece un itinerario educativo especialmente fecundo. El estudio riguroso resulta indispensable, pero cobra sentido cuando educa en la libertad y permite comprender responsabilidades concretas. Más que una recopilación de manuales, podemos reconocer en la Doctrina Social de la Iglesia la conciencia histórica y crítica del Pueblo de Dios en camino. Esta expresión presupone su carácter de teología moral, afirmado por Juan Pablo II: una reflexión marcada por la verdad y con valor normativo, alimentada por el Evangelio y orientada por el Magisterio.
Magnifica humanitas subraya precisamente su naturaleza de realidad viva y su ejercicio como discernimiento comunitario. Entendida de este modo, la Doctrina Social nos introduce en una aventura de pertenencia: recibimos una historia de santidad, de pensamiento y de luchas por la dignidad humana que nuestra generación está llamada a continuar. También la experiencia del pueblo necesita examen y conversión. Su maduración se produce cuando la fe permite reconocer los errores, escuchar a quienes han sido excluidos y abrir caminos más justos.
El humanismo cristiano volverá a civilizar en la medida en que haya personas dispuestas a vivir esa aventura. La Doctrina Social es una casa y una escuela donde aprendemos a pertenecer a los demás, a valorar sus vidas y a construir juntos. Europa y América Latina tienen mucho que ofrecerse mutuamente en este camino. Su encuentro puede contribuir a que la comunidad internacional sea un lugar donde la dignidad encuentre protección y la libertad aprenda a servir. Allí donde el amor se traduce en justicia, hospitalidad y cuidado, comienza a reconocerse la nueva humanidad anunciada por el cristianismo.

