Imaginar un Plan de Emergencia para Cuba
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Imaginar un Plan de Emergencia para Cuba

Lo urgente y lo necesario deben integrarse para evitar la muerte de un pueblo que sufre.

No se puede comprender la actual crisis cubana si se mira por partes. Lo político, lo económico y lo social se entremezclan y condicionan mutuamente. A continuación, nos atrevemos a imaginar un plan de emergencia en el ámbito económico y energético. Estas ideas no miran a resolver el mediano y el largo plazo. Solamente intentan provocar la reflexión de lo que tal vez sea necesario implementar en los próximos 24 meses. 

Los indicadores más recientes no eran alentadores. Después de una caída del PIB de 1.1% en 2024 y de 1.5% en 2025, la proyección de CEPAL para 2026 era de apenas 0.1%. Sin embargo, la falta de suministro de petróleo a la isla anuncia que el resultado final será mucho peor. En materia de inflación, el cierre de 2025 reporta una variación acumulada de 14.07%. Para una familia, ese porcentaje quiere decir que con el mismo ingreso se compra menos comida, menos transporte, menos medicinas. En Cuba, hablar de “menos” significa, sin exageración, acercarse a la nada en el escenario actual. Algunos reportes señalan que 89% de la población se encuentra en pobreza extrema. Para nadie es un secreto que más de 2 millones de cubanos, casi todos en edad productiva, han abandonado la isla entre 2021 y 2026. 

¿Qué hacer? Primero, un plan de emergencia eléctrica de 18 a 24 meses centrado en mantenimiento de nodos críticos de generación y transmisión, protección de servicios esenciales (hospitales, agua, cadena alimentaria) y cronogramas públicos de cortes. Segundo, ampliar la generación de energía eléctrica: techos solares en infraestructura pública y productiva, microredes locales para servicios esenciales y reducción de pérdidas técnicas y no técnicas en la red. 

Tercero, ordenar la macroeconomía con un programa mínimo: disciplina fiscal orientada en gasto social focalizado y en energía, mayor transparencia estadística y reglas más predecibles para quienes importan insumos esenciales o producen bienes prioritarios. Sin confianza básica en las reglas, no hay inversión posible. Cuarto, proteger las fuentes de divisas que sostienen la transición energética: turismo operativo, exportaciones de servicios y bienes con menor fricción regulatoria, e instrumentos que permitan canalizar parte de remesas hacia inversión productiva, no solo hacía consumo inmediato. 

Quinto, abrir un esquema de inversión energética que incluya el tema eléctrico y  de combustibles, con contratos claros, plazos regulatorios definidos y seguridad jurídica suficiente para asociaciones público-privadas en renovables, almacenamiento y modernización de redes. Y sexto, fortalecer la protección social focalizada: transferencias temporales para hogares vulnerables y subsidios mejor dirigidos, para que el ajuste no recaiga de manera desproporcionada en quienes menos margen tienen. Los cambios estructurales son urgentes para dar viabilidad a estas y a otras cosas. Los obispos cubanos recientemente han hablado con sabiduría y profundidad profética: “Cuba necesita cambios y son cada vez más urgentes, pero no necesita para nada más angustias ni dolor. No más sangre ni más lutos en las familias cubanas. ¡Demasiado hemos tenido en nuestra historia reciente! Queremos y anhelamos una Cuba renovada, próspera y feliz, pero sin aumentar el sufrimiento de los pobres.” (31 enero 2026).

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