La familia extensa
Es cierto que el verano nos arrebata muchas cosas, entre otras, el decoro, la austeridad, la templanza, la elegancia… pero nos permite vivir una realidad prácticamente en vías de extinción: la familia extensa.
Durante el año vivimos aislados en una apariencia de lo contrario pues, gracias a Dios, podemos ver con cierta regularidad a nuestros abuelos, tíos, primos, hermanos… aunque la convivencia es poca, pues en el mejor de los casos, compartimos mesa dos o tres veces al año.
Y cuando uno es padre descubre que para los hijos, estar con los abuelos, los tíos abuelos, los tíos, los primos y demás familiares… no solo es una alegría sino una necesidad, me atrevo a decir.
Los niños aprenden y forjan su espíritu no solo en su relación con todos ellos sino viendo la relación y unión que sus padres tienen con la familia extensa, multiplicador de ejemplos de ese amor incondicional y gratuito que, de forma principal y preeminente, se da en la familia nuclear, de padres a hijos.
Incluso pueden aprender de ese tío menos ejemplar o de ese primo más gamberro, porque con el tiempo, y con el criterio que recibirán en casa, podrán ejercitar ese amor incondicional y gratuito que busca el bien de todos, también del más alocado y desmadrado.
Quizá el mayor regalo recibido, por lo que a la familia se refiere, cuando nos compramos una casa en el campo, haya sido poder disfrutar de la compañía de la familia extensa. Estamos en la tierra de nuestros bisabuelos, donde vivimos nuestra infancia junto a nuestros abuelos, estando nuestros hijos muy cerca de abuelos, tíos abuelos, tíos, primos… Ahora la convivencia con la familia extensa es mucho más que compartir mesa y mantel dos o tres veces al año.
Desgraciadamente la vida con la familia extensa se ha convertido en un lujo, pero es algo de primera necesidad, algo que alimenta el alma de los padres y de sus hijos, y alimenta y alegra la de abuelos, tíos abuelos, tíos, tíos segundos, primos, primos segundos y primos lejanos. ¡Dios quiera que el verano sea para muchos un tiempo propicio para disfrutar de ese regalo humano y espiritual que supone la convivencia con la familia extensa

