Un país tercermundista con hambre (de Dios)
El otro día celebró misa en nuestra parroquia un obispo español destinado a una región centroafricana que estaba de visita en Madrid para resolver asuntos relacionados con las necesidades de sus feligreses.
Lo primerito que hizo fue lanzarnos una pulla a los presentes: «Habláis de que España es un país tercermundista, pero lo decís porque no sabéis lo que eso significa».
Lo cual no obvia para que España sea un país que está en decadencia, por supuesto. Podemos corroborarlo cada día incluso sin necesidad de ver el telediario. Pero eso es una cosa, y un país tercermundista, otra muy distinta.
El nivel de las tertulias es vergonzoso, muchas cosas no funcionan como deberían, las instituciones han caído en el mayor de los descréditos y el mal gusto en el vestir, hablar, crear y pensar son desde luego síntoma de esa decadencia a la que hay que combatir. Pero la tercermundización es cosa muy diferente.
En el país donde reside ese obispo la esperanza de vida ronda los cincuenta y dos años. La mortalidad infantil es muy alta, setecientos fallecimientos por cada diez mil nacimientos. También mueren muchas mujeres cuando dan a luz. En España, mueren dos de cada diez mil niños.
El Estado allí invierte en la salud de sus habitantes siete euros anuales por persona. En España algo más de dos mil. ¿Nos parecen pocos? Puede ser, dirán algunos. ¿Hay que recortar? Pues sí, dirán otros. En cualquier caso —esperas e incomodidades aparte—, casi todo el mundo tiene acceso a hospitales de primerísimo nivel.
Allí el más cercano lo tienen a dos horas y están construyendo algo a lo que llamarán hospital médico por no llamarlo hospital de la señorita Pepis donde aspiran a tener agua potable y electricidad para poder tratar las enfermedades y dolencias de los nativos. Eso es el tercer mundo.
Nos contaba el obispo que hace poco fue de visita a uno de los pueblos a él encomendados, tenía que hacerlo en moto o en burro, si quería llegar a mitad del segundo milenio. Después de algunos accidentes y de enfangarse en el barro pudo por fin saludar a sus feligreses. «Padre, llevamos cuatro años sin misa». Eso fue lo primero que le dijeron cuando llegó. Y lo segundo: «También treinta años sin que el obispo pase por aquí a confirmar a nuestros niños».
Porque eso es lo que se espera de un obispo, que nos confirme en la fe, aunque aquí en España algunos obispos digan a sus seminaristas: «No he venido a confirmaros en la fe sino a acompañaros y a caminar a vuestro lado». Pastores que, creyendo —o simulando— que huelen mucho a oveja, no son más que lobos disfrazados.
Y claro, ¿qué iba a hacer el obispo cuando descubrió eso? Pues nada más y nada menos que construirles una iglesia y mandarles a dos sacerdotes para que nunca más volvieran a estar cuatro años sin asistir a misa. Esa es, principalmente su misión: favorecer que el cielo y la tierra se unan en el santo sacrificio del altar. Eso es a lo que estamos llamados todos los bautizados.
«Esa gente tiene hambre, hambre de Dios», nos decía el obispo. Y, en ese aspecto, España está mucho peor que un país tercermundista. Ha pecado tanto de gula que ya no tiene hambre de Dios. Tampoco sed de justicia.
Debería preocuparnos algo menos la tercermundización y más esa falta de apetito o por lo menos preocuparnos igual. Sin hospitales la vida puede ser más corta, es verdad, pero sin hambre de Dios puede serlo más todavía, pues la perdemos cuando dejamos este mundo.

