|

La alegría que necesitamos

En un tiempo en el que todo se mide también se mide la felicidad. La pulsión estadística se atreve con lo sutil, cuantifica lo volátil. ¿La felicidad? «La felicidad es una idea nueva en Europa», declaró Saint-Just, el ángel terrible de la Revolución francesa, y en adelante el Estado abrazó un propósito titánico: inmiscuirse en la vida de cada uno de sus súbditos para, en el caso de que no fuera feliz, obligarle a serlo. 

El papel del Estado como agente propagador de la felicidad nos ha dejado unos cuantos apuntes reveladores. La historia de las naciones subyugadas por los delirios de una felicidad colectiva está salpicada de episodios atroces: persecución furibunda de los aguafiestas y estigmatización sistemática de los disidentes. Así desembocamos en una idea de la felicidad que, al contrario de lo que sucedía en otras épocas, no emana naturalmente del pueblo, sino que se impone verticalmente a partir de la presunta omnisciencia de sus gobernantes. 

La felicidad, pues, debe caber en una hoja de Excel. Se la despoja de ese modo de sus adherencias subjetivas y se la inserta en un encuadre científico. Ahora ya se puede teorizar sobre ella con el supuesto rigor de cualquier otro fenómeno manipulable. Se puede —esto es esencial— elaborar un índice de sociedades felices. 

Y eso es, en efecto, lo que se hace. Cada año aparece un estudio, el World Happinees Report, donde se evalúa el grado de satisfacción que los sujetos entrevistados manifiestan tener hacia su propia vida. En 2025, los países que encabezaron la clasificación fueron Finlandia, Dinamarca, Islandia y Suecia. Como se ve, un grupo bastante homogéneo. La clave del asunto está en la naturaleza de los factores que se computan. A los encuestados se les insta a medir su felicidad en razón de parámetros relacionados con el funcionamiento general de sus regímenes políticos y sus sistemas de protección social. Se entiende que para un ciudadano de cualquiera de esos países, que disfrutan de democracias asentadas y de una burocracia eficaz y todavía providente, declararse satisfecho con su vida resulte poco menos que una obligación.       

Pero quizá la felicidad consista en algo distinto a la cálida percepción que acompaña a quien, durante toda tu vida, se sabe caminando bajo el ala protectora del Estado. Hay en la idiosincrasia de las sociedades elementos que actúan a un nivel profundo y que, cuando afloran, nos muestran una realidad inesperada. Porque ¿acaso no sufren esos países tan avanzados una plaga de malestar psicológico estrechamente relacionado con el empeño de promover la emancipación del individuo respecto de sus vínculos más próximos? ¿Acaso no fue necesario —y sirva este dato como botón de muestra— que, hace unos años, el gobierno sueco se viera en la necesidad de crear un organismo encargado de localizar a las personas que morían en la soledad de sus casas sin que nadie las reclamase? Habría que preguntarse si ese modelo de autarquía y desconexión existenciales, fruto de un venenoso proyecto de ingeniería social, es lo que deseamos que prevalezca como ejemplo de vida en común.

En cuanto a España, su lugar en el ranking de la felicidad es un discreto puesto 38. Cabe suponer que al ser preguntados nuestros compatriotas por la salud de su sistema político, la calidad de los servicios públicos o la expectativa de mejora de sus condiciones de vida las respuestas no hayan resultado particularmente halagüeñas. 

Pero hay un mal añadido que las encuestas no recogen y que sin duda influye en el agravamiento del clima de pesimismo que nos aflige. Se trata de la desaparición de la alegría. De manera paulatina, hemos dejado de ser una sociedad alegre. Alegre, es decir, esperanzada, confiada en que por mal que estén las cosas, antes o después habrán de mejorar. No hay hecho que más gráficamente refrende esta percepción que nuestros catastróficos índices de natalidad. Las razones para no tener hijos pueden ser múltiples, pero, en términos generales, una sociedad que no se reproduce es una sociedad que no cree en su futuro. No puede hablarse entonces de sociedad, sino de un agregado de seres inmovilizados por el miedo y dedicados a malgastar sus escasas energías en manifestarse el desprecio que se profesan unos a otros.

Pues bien, hay una lucha espiritual a la que estamos llamados. Porque incluso contra las evidencias de nuestro tiempo, es necesario mantenerse firmes en la convicción de que es posible seguir llevando una vida plena de sentido. No se trata de predicar un optimismo etéreo, sino de defender la vigencia de una cultura y de unas formas de vida que nuestras clases dirigentes han intentado arrasar y que en un futuro que quizá abarque las próximas décadas han de convertirse en el sustrato sobre el que imprimir un giro decisivo al estado de disolución en que nos encontramos. 

No hablo de la tentativa de instauración de ningún modo de felicidad forzosa, al estilo revolucionario, ni menos aún sostenida en la asistencialidad perenne del Estado, a fin de cuentas una variante más de servidumbre. Me refiero a una actitud de humilde insistencia en el valor de las cosas cotidianas y en el aprecio hacia todo lo bueno que hemos heredado: realidades concretas, formas de relación con los demás y con el mundo que, como escribe magníficamente Christophe Guilluy, «preceden a todas las ideologías y todos los sistemas». En definitiva, un espíritu de vitalidad y de fe en el porvenir de donde pueda brotar un poco de la alegría que necesitamos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *