El Conflicto en Irán Encarece la Mesa Latinoamericana
A primera vista, podría parecer que el conflicto en Irán pertenece a un escenario muy lejano. Sin embargo, aunque América Latina no está en el frente militar de esta guerra, sí se encuentra en su onda de choque. Nuestra región redescubre con dolor que, en un mundo interdependiente, una crisis geopolítica distante puede entrar en la vida cotidiana a través del precio de la gasolina, del costo de los alimentos, del nerviosismo financiero y de las tensiones diplomáticas.
El primer impacto es energético, y por eso mismo social. El conflicto ha alterado flujos cruciales de energía y el G7 ha advertido ya sobre el daño que la guerra está provocando en energía, fertilizantes y cadenas comerciales. En ese contexto, los países latinoamericanos importadores de combustibles quedan particularmente expuestos. Chile ofrece hoy el ejemplo más claro: a partir del 26 de marzo, la gasolina de 93 octanos subió cerca de 30% y el diésel alrededor de 60%, una presión que además ha obligado al gobierno a revisar subsidios y recortar gasto público.
Brasil es una potencia energética pero, al mismo tiempo, su agro y su logística siguen dependiendo en parte del diésel importado. Por eso el gobierno se ha visto obligado a proponer subsidios temporales a las importaciones y a Petrobras a reforzar el suministro para abril. Argentina, por su parte, acaba de autorizar una mezcla voluntaria de hasta 15% de etanol en gasolina para amortiguar el shock petrolero, después de que los combustibles subieran más de 18% en marzo.
El segundo impacto es financiero. América Latina ya entraba en 2026 con un crecimiento modesto. El BID prevé apenas 2.1% para la región, en un contexto de deuda alta y poco margen fiscal. Sobre esa fragilidad cae ahora una nueva fuente de presión: la guerra ha aumentado la desconfianza de los mercados, y eso ha hecho más difícil y más caro que los países emergentes consigan financiamiento.
Hay también un tercer impacto, más político que económico. Brasil condenó desde el 28 de febrero los ataques contra Irán y reclamó respeto al derecho internacional, negociación y máxima contención. Esa reacción refleja una sensibilidad muy latinoamericana: la región suele reaccionar con desconfianza ante las lógicas de escalada militar y unilateralismo. El conflicto, por tanto, no solo afecta bolsillos; también reactiva debates sobre soberanía, multilateralismo y orden internacional.
Tengo la impresión que el fondo del problema es éste: América Latina no decide esta guerra, pero paga parte de su factura. Una de las regiones más ricas del planeta, una vez más, es vapuleada a causa de los juegos de poder de los actores geopolíticos que buscan redefinir el nuevo escenario global. Y esto sucede a causa de la ausencia de una adecuada estrategia de cooperación e integración regional, siempre soñada y siempre pospuesta.
La paz global no es una abstracción moral sino un bien público que se construye sólo cuando se libera de la lógica de las armas y se hace opción por la cooperación. Necesitamos una paz que no nazca de la superioridad militar o de la intimidación mutua, sino del reconocimiento de la dignidad del otro y del redescubrimiento de nuestra vocación fraterna a nivel personal y regional. Una paz “desarmada y desarmante” diría el Papa León XIV.

