Cosmopolitas, pero con Raíces
Mi infancia y adolescencia se desarrollaron en Coyoacán, al sur de la ciudad de México. Entrañable lugar que permite que muchos mundos convivan y se encuentren. Agradezco aquellos sábados y domingos en los alrededores de la Parroquia de San Juan Bautista: conservadores y liberales, modernos y postmodernos, niños finos de la Ibero y estudiantes de prepa 5, hacíamos fila, todos juntos, en las nieves. En la cafetería de la librería “El Parnaso” leí a Juan Rulfo, a San Pablo, a Rodolfo Mondolfo, y a William Golding. Aquellos días, fueron toda una escuela.
En la actualidad, una disyuntiva peligrosa recorre Coyoacán y el mundo entero: o amamos lo propio o reconocemos al diverso. Cuando en la antigüedad los estoicos pensaron la cuestión descubrieron que existe una comunidad humana más amplia que cualquier ciudad particular. El cristianismo, a su modo, radicalizó todavía más esta idea. Siglos después, Kant imaginó un derecho cosmopolita: compartimos un mismo mundo y nadie puede comportarse como si la Tierra le perteneciera en exclusiva. En época más reciente, Martha Nussbaum ha recuperado esa intuición para recordarnos que nuestras lealtades locales son legítimas, pero nunca suficientes.
En otras palabras, el cosmopolitismo, en sus versiones de finales del siglo XX, ha requerido una autocrítica. Durante algunas décadas se pensó que la globalización volvería casi irrelevantes las fronteras, las naciones y las culturas particulares. Claramente eso no ocurrió. Charles Taylor y Alasdair MacIntyre nos recordaron, no hace mucho, que nadie existe al margen de la concreción de la historia, de la comunidad y de su lengua.
Por eso necesitamos un nuevo cosmopolitismo: menos ingenuo, menos desarraigado y más consciente de las tensiones reales de nuestro tiempo. Las comunidades pueden proteger su memoria, sus instituciones y sus formas de vida. Pero esos derechos encuentran un límite decisivo: la dignidad de cada persona. Ninguna tradición, ninguna mayoría y ninguna razón de Estado pueden justificar que un ser humano sea convertido en objeto, enemigo absoluto o persona de segunda categoría.
Para pensar esta tensión necesitamos recuperar una palabra antigua: “analogía”. Pensar analógicamente significa reconocer que una misma realidad puede expresarse en grados, niveles y formas distintas sin perder por ello su unidad. Podemos defender identidades particulares sin absolutizarlas; reconocer diferencias sin convertirlas en abismos; afirmar lo universal sin borrar lo concreto.
Asimismo, necesitamos recuperar algo todavía más práctico: la “empatía”. Elon Musk ha llegado a presentar la empatía como “la debilidad fundamental de la civilización occidental”. Edith Stein afirma lo contrario: la empatía es precisamente aquello que nos permite acceder un poco a la experiencia del otro y descubrir que frente a nosotros no hay un ser sacrificable, una estadística o una amenaza, sino alguien con interioridad, raíces legítimas y dignidad propias. Tal vez ese sea el cosmopolitismo que necesitamos: no el de quien carece de raíces, sino el de quien posee raíces suficientemente hondas como para no temer las ajenas.

