Necesidad no hay
LA GACETA DE LA IBEROSFERA. El columnista diario se encuentra con un problema si el artículo que escribe a última hora para el día siguiente le sale mal. No tiene margen —ni de tiempo ni de fuerzas ni de ideas— para rectificar. Me acaba de ocurrir. En cuanto tuve entre mis manos el último libro de mi admirada María Álvarez de las Asturias, escrito mano a mano con Mercedes Honrubia, se me ocurrió una advertencia tal vez útil. El libro se titula Crisis, no ruptura (Palabra, 2025) y va, como habrán adivinado ustedes, del matrimonio. Su tesis es optimista: una crisis no aboca a la ruptura, sino que, si se maneja bien, puede ser una excelente oportunidad. Conociendo a las autoras, seguro que el libro cumple lo que promete, y que permite solventar las crisis con desparpajo. También es verdad que toca un tema de la máxima actualidad, porque los fracasos matrimoniales están a la orden del día.
Pero mi artículo quería advertir de que se está romantizando la idea de crisis, valga la redundancia. El romanticismo está sobrevalorado y parece que una relación de pareja sin su turbulencia está coja. Yo he llegado a oír que lo mejor son las reconciliaciones, y que, por tanto, por el gustito de reconciliarse, bien merece la pena forzar la peleíta. Los concilios y reconcilios también están sobrevalorados. Y hay gente que no sabe charlar si no es discutiendo (también pasa en las pandillas de amigos) y que creen que hay más pasión en los gritos que en los susurros.
Bravo por María Álvarez de las Asturias y por Mercedes Honrubia al recordarnos que una crisis no es el preludio de una ruptura. Mas yo quería subir la apuesta y apuntar que un matrimonio no es el marco de ninguna crisis. Falta no le hace.
Mi artículo, sin embargo, no funcionaba porque mi matrimonio funciona muy bien. De pronto empecé a recordarme mucho a un vecino de mi barrio, que era camarero y ahora es inversor, y al que —entremedias— le tocó un Euromillones de muchísimos millones. Le hicieron una entrevista y contestó que todo en la vida lo había conseguido por el trabajo duro, la responsabilidad y la dedicación. Hombre, todo, todo… Hablar del matrimonio desde la felicidad de tu matrimonio se parece mucho a lo del currante ejemplar de la lotería, y da alipori. Uno sabe la chamba que ha tenido y el mérito abrumador de la contraparte.
Quizá esto explica el problema de comunicación de los matrimonios felices. Nadie se atreve a proponerse como modelo ni siquiera a vender como método lo que tiene tanto de maravilla y milagro. En resumen, he tirado mi artículo.
Pero no mi invitación a que no nos resignemos a la crisis inevitable. Hay que gozarse también en la eficacia del matrimonio que funciona, en su trepidante carrera de relevos entre la madre y el padre para educar a los hijos cada cual aportando lo suyo, en la risa compartida, en la compenetración creciente, en los defectos que empezaron por no importarnos, pero ahora nos importan porque ya nos gustan, en cómo nos guardamos las espaldas ante los asedios económicos, burocráticos y fiscales, igual que espartanos luchando a la sombra de las flechas… El romanticismo ha hecho mucho daño; y la épica, sin embargo, brilla por su ausencia. Hay que conquistar la épica cotidiana y el romance de frontera conyugal. Cada casa es un castillo. Ya digo que yo no lo puedo hacer, no por falta de experiencia, sino por ausencia de mérito; pero ahí queda el reto, para que cada cual (cada matrimonio) lo recoja; y haga de su capa un ensayo. La sobredosis de novelas del siglo XIX puso de moda el adulterio y otros malos rollos; y las películas y series, que necesitan su drama o su nudo y su desenlace han normalizado los problemas internos. Ahora tenemos un antídoto, que es el libro de mis amigas. Pero también tenemos una vacuna, que es hacerse fuertes en la felicidad, en el humor y en la eficacia del trabajo en equipo. La profundización es muchísimo más apasionante que la reconciliación, aunque la reconciliación tampoco esté mal, si no queda más remedio.

