Retrotopía
Ideologizar la historia se presenta hoy como recurso fácil de los neopopulismos.
En su reciente discurso de aceptación del Premio Cervantes, pronunciado en Alcalá de Henares, Gonzalo Celorio usó una palabra particularmente feliz: “retrotopía”. No fue un adorno erudito. Fue una clave de lectura. Celorio, conocedor de las capas profundas de la lengua, sabe que México no cabe en moldes simplificados de tipo cultural o histórico.
La palabra “retrotopía” permite nombrar una tentación: entender el pasado mexicano desde una nostalgia selectiva que exalta unilateralmente un supuesto paraíso perdido de los pueblos precolombinos y, al mismo tiempo, eclipsa de modo deliberado los aportes positivos de la cultura hispana. No se trata, por supuesto, de negar la violencia de la Conquista ni de dulcificar la dominación colonial. México no nació de una pureza original interrumpida desde fuera, ni de una España trasplantada sin más al otro lado del Atlántico. Nació, dramática y fecundamente, de un encuentro desigual, conflictivo y generador de identidad. Nació desde un misterioso fenómeno de reconciliación social que inició en 1531.
Zygmunt Bauman popularizó el término del que hablamos en uno de sus libros (“Retrotopía”, Paidós 2017). Para él, este concepto designa un desplazamiento de la imaginación: la utopía ya no se proyecta hacia el futuro, sino que se busca en el pasado. Bauman entendió bien que no se trata de un regreso histórico real. La “retrotopía” no recupera el auténtico pasado: lo fabrica. Selecciona recuerdos, borra contradicciones, embellece derrotas, simplifica identidades y ofrece pertenencia rápida a sociedades cansadas. Por eso tiene fuerza política. Da calor emocional donde falta horizonte. Promete restauración cuando la construcción paciente del bien común parece demasiado ardua.
Una dimensión constitutiva de todo neopopulismo, sea de derecha o de izquierda, es precisamente la “retrotopía”. La ultraderecha suele imaginar una nación compacta, moralmente homogénea, anterior al pluralismo o a la complejidad democrática. La izquierda neopopulista, imagina comunidades originarias sin conflicto e identidades prehispánicas incontaminadas. En ambos casos, el mecanismo es semejante: se invoca y se convoca al pueblo para encerrarlo en una ficción retrospectiva.
La fuga hacia un pasado unilateralmente interpretado e idealizado -es decir, hacia un pasado que no fue- no funda un verdadero proyecto de futuro, ni en lo educativo ni en lo político. Es una argucia retórica para introducir una dosis concentrada de ideología y de rencor social al margen de las necesidades del pueblo real. El papa León XIV recientemente ha anotado que para el verdadero político es preciso sumergirse en el pueblo real y evitar la ideología: “la ideología es siempre el resultado de una distorsión de la realidad y de una especie de violencia impuesta sobre ella. Cada ideología retuerce ideas y subyuga al ser humano a su propio proyecto, sofocando sus verdaderas aspiraciones, su deseo de libertad, de felicidad y de bienestar personal y social” (25 de abril 2026).
En los violentos y polarizados tiempos que corren, México necesita memoria, no mitología; crítica, no resentimiento administrado; identidad, no clausura; futuro, no museo imaginario. El bien común sólo puede construirse desde una mirada más integral: capaz de reconocer heridas sin vivir de ellas, de agradecer herencias sin canonizarlas, y de abrir camino hacia el futuro sin falsificar el pasado.

