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13.400 minutos

LA GACETA DE LA IBEROSFERA. Del Trump=Sánchez del que hablábamos ayer van saliendo los «queridos compañeros», y ahora han empezado a notar que mientras Sánchez es hermético, Trump no para de hablar con la prensa.

Precisamente, el servicio de taquigrafía de la Casa Blanca reveló que el presidente Trump habló durante 13.400 minutos el año pasado, dato que no incluye las entrevistas no transcritas ni los comentarios en eventos privados.

Los dictadores también hablan mucho, podría contestar alguien. Chávez y Maduro tenían hasta programa de televisión. Pero los 13.400 minutos de Trump se produjeron ante la prensa. Interactuó con periodistas en el 74% de los actos o eventos. Lo que viene a ser hablar con la canallesca más de media hora al día. Eso es una diferencia importante, aunque luego, al hablar con los reporteros, se queje, los ridiculice, diga que son muy malos o que su medio debería estar ya cerrado. Dice estas cosas, que son a menudo verdad, pero se expone a la pregunta. No es un «aló presidente» ni las «sanchinas» de Moncloa.

Trump es como esos personajes del corazón que «siempre se paran». Siempre dejan un canutazo. Que lo haga el POTUS es extraordinario.

Esta semana, el periodista del New York Times que consiguió hablar con él sobre Venezuela contaba que le llamó a su móvil a las 4:30 de la mañana, justo después de que anunciara la captura de Maduro. «Diez minutos después, lo llamé. Después de tres timbres, estábamos hablando. No se quejó de mi llamada».  El mismo periodista había contado hacía unos meses su experiencia con Biden. Durante  cuatro años cubriendo su presidencia, nunca obtuvo una entrevista con él y cuando por fin consiguió contactar directamente, sus asesores le cambiaron el número de teléfono.

Trump siempre ha sido accesible con la prensa, pero en su segundo mandato ha ido un paso más allá creando géneros nuevos: la firma comentada de órdenes ejecutivas, las ruedas de prensa en el despacho presidencial y, sobre todo, las cumbres internacionales en abierto. Histórico fue lo de Zelensky. Por supuesto, las negociaciones con Putin no han sido así pero estas conversaciones con periodistas, esta presidencia en abierto, es una comunicación nueva que añade, no resta transparencia, y permite que Trump pueda imponerse a la narrativa mediática en su contra. Además, sus mensajes son, en sí mismos, parte de su negociación (la política como constante deal). Lanza amenazas, hipótesis, confesiones, que van moldeando marcos. Aunque Trump es lo que hace, no lo que dice y mucho menos lo que dice «literalmente», clave de su deliberado mal entendimiento.

En Estados Unidos, pasados los años, las conversaciones presidenciales son desclasificadas. Hemos podido escuchar a Johnson o a Nixon en la «intimidad» y lo curioso es que en ocasiones tienen ese nivel de sinceridad descacharrante de Trump. Suenan ya un poco trumpianos en la intimidad.

El rasgo fundamental de esos 13.400 minutos es que en su mayoría han sido divertidos.

Trump no dice cosas complicadas ni se relame escuchándose. Usa 17 palabras por frase. Habla de un modo a menudo hilarante, tendente a la hipérbole. Todo es «very, very» o «many, many», todo es «the best» o «the worst». Esas intensificaciones son más bien las de un monologuista cómico. Lo realmente asombroso es que esos 13.4000 minutos son humorísticos, llenos de golpes, de chistes, de imitaciones, narraciones y descripciones. Y el arte del que más presume como orador: the weave. Sus digresiones. Entretejer. Hablar de una cosa, irse a otra y regresar al punto. Como le contó a Joe Rogan: «El tejido es muy, muy importante. Hay muy pocos tejedores por aquí. Pero supone una gran presión para… ya sabes, es mucho… es mucho trabajo. Es mucho trabajo».

Su cadencia es urbana, neoyorquina, corriente, su lenguaje es de intercambio, de persuasión, de puja y regateo, de sarcasmo e irónico autobombo, como el que en el mercadillo presume de buen género. Esa fanfarronería característica de un marco comercial, ese autobombo del que tiene su voz como único medio de publicidad. Él habla un poco así. Trump no es un orador clásico, resulta tan sencillo de entender que casi acredita un primer nivel de conocimiento del inglés. Es totalmente inteligible y totalmente inocuo. Porque todo lo que dice suena a episodio de Seinfeld, o a personaje de wrestling. Nada suena nunca solemne, nada se va nunca muy lejos de poder ser una broma. Lo que puede temerse o esperarse de su política, de alguna manera, está relacionado con eso. Esos 13.400 minutos son, a su modo, una realidad liberal, dialogante, abierta y contemporánea.

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