Desarmar el lenguaje
Las palabras necesitan ser liberadas de la violencia que las prostituye y las corrompe.
Las violencias físicas tienen su comienzo en las violencias verbales. Esto tiene una explicación: el universo de nuestras palabras circunscribe la interpretación de la realidad que tenemos. Nuestra mente y nuestros afectos, nuestras opciones de vida y nuestras conductas (privadas o públicas), existen al interior de la palabra. En cierto sentido, nuestra historia personal es un “teatro de la palabra viva”, como decía el filósofo, Karol Wojtyla.
En tiempos de polarizaciones y violencias, no es extraño que el lenguaje se arme y se torne un instrumento para la guerra. Tomás de Aquino agudamente señalaba que no sólo se asesina con espadas, sino también con aquello que se dice. La difamación y la calumnia, la desinformación y la postverdad, la manipulación y la mentira, en muchas ocasiones son formas explícitas o veladas, del deseo de exterminio del otro. Las palabras disociadas de la exigencia antropológica a la verdad, al bien, a la belleza, pueden crear mundos completos de agresiones y enconos.
Todas las teorías de la conspiración, entre otras cosas, son un sistema autorreferencial articulado por lenguajes torcidos, que simplifican lo complejo y que invitan a embestir. No es de extrañar que el habituarse a ellas, construya una “forma mentis” increíblemente impermeable y potente que rápidamente deviene en “discurso de odio”. En efecto, el lenguaje no sólo es meramente un vehículo para expresar ideas sino un poder inherentemente performativo, es decir, puede crear efectos y actuar en el mundo. Puede sanar, puede destruir.
Hace no mucho, desde el Policlínico Gemelli, el Papa Francisco escribió al director del periódico “Corriere della Sera”: “Me gustaría animarle a usted y a todos aquellos que dedican su trabajo e inteligencia a informar, a través de las herramientas de comunicación que ahora unen nuestro mundo en tiempo real: sientan la importancia de las palabras. Nunca son sólo palabras: son hechos que construyen entornos humanos. Pueden conectar o dividir, servir a la verdad o servirse de ella. Debemos desarmar las palabras, para desarmar las mentes y desarmar la Tierra. Hay una gran necesidad de reflexión, de calma, de sentido de la complejidad.” (14 de marzo de 2025).
Por su parte, poco después, el Papa León XIV, el 12 de mayo de 2025, apuntó: “Desarmemos la comunicación de cualquier prejuicio, rencor, fanatismo y odio; purifiquémosla de la agresividad. No sirve una comunicación estridente, de fuerza, sino más bien una comunicación capaz de escucha, de recoger la voz de los débiles que no tienen voz. Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra. Una comunicación desarmada y desarmante nos permite compartir una mirada distinta sobre el mundo y actuar de modo coherente con nuestra dignidad humana”.
“Desarmar las palabras” no significa hacer opción por un lenguaje cándido, revestido de tonos pastel. Lo que significa es que existe una ética de la palabra. No es lo mismo un lenguaje que se prostituye y corrompe a partir del eclipse de la dignidad, que otro, que surge a partir del respeto delicado, atento e irrestricto a toda persona. ¡Las palabras pueden reconstruir mundos, relaciones e historias! ¡Las palabras pueden ayudarnos a regresar un poco de paz a nuestras comunidades! ¡Siempre, desde el principio, la Palabra!

