Libertad de expresión: ¿privilegio o derecho humano para todos?
La censura previa de los ministros de culto no tiene lugar en una sociedad libre.
A partir del 1 de marzo de 2026 el gobierno en Rusia tendrá plenos poderes para controlar y censurar todo o parte del tráfico de información en el internet a través de su organismo vigilante de telecomunicaciones. El organismo no está integrado con jueces o con ciudadanos expertos sino con agentes del Servicio Federal de Seguridad (FSB), la antigua KGB.
Este lejano escenario, que parece sacado de una novela de ficción, exhibe una tentación constante de las altas esferas del poder: se temen los cuestionamientos, la disidencia, y en el fondo, el pensamiento crítico y la dimensión social de las convicciones de conciencia.
Todos sabemos que la libertad de expresión no es un derecho absoluto. El Pacto de Derechos Civiles y Políticos, reconoce en su artículo 19 que existen límites en su ejercicio como el respeto a los derechos o a la reputación de los demás, la protección de la seguridad nacional, el orden público, la salud y la moral públicas.
Sin embargo, esta razonable frontera hoy se encuentra acompañada de la desconfianza gubernamental hacia su propia sociedad. El pueblo elige a sus gobernantes pero los gobernantes no confían en su pueblo. Más aún, el neopopulista más pronto que tarde, definirá quién es “auténtico pueblo” y quien es un “falso pueblo”, quienes puede gozar del derecho pleno a la libre expresión, y quién no puede detentarlo.
En México, de manera reciente, alguien ha buscado limitar la libertad de expresión de los “ministros de culto” en espacios como el internet. Extraña restricción en un Estado que supuestamente cree en la igualdad de todos ante la ley. Partir de la premisa de que existen algunos ciudadanos que “por definición” no gozan de la plenitud de los derechos humanos y deben ser censurados previamente, es algo jurídicamente retorcido que merecería un análisis más detallado.
Me pregunto que pensarían san Oscar Arnulfo Romero o Norberto Bobbio, santo Tomás Moro o Ronald Dworkin, de algo así. El que aquí escribe cree firmemente en la separación del Estado y las iglesias. Y con igual convicción, sostengo que todo ciudadano debe estar igualmente protegido en su dignidad y derechos fundamentales.
En toda sociedad libre, las restricciones a la libertad de expresión, tienen que ser las menos posibles y sin censura previa. Esto no significa que no existan consecuencias “a posteriori” de los dichos de las personas. Todos sabemos que existen ejercicios de la “libertad de expresión” perfectamente punibles: la incitación a la violencia, por ejemplo. Sin embargo, más vale gozar de libertad, con todo y sus riesgos, que de censura “a priori” instrumentada desde el poder.
En particular, la libertad de expresión en internet debe ser atendida y entendida con cuidado: las redes sociales y todos los medios de comunicación digitales conforman la esfera pública del siglo?XXI. Defender la libertad de expresión en internet es asegurar que las nuevas “plazas públicas” sean abiertas, plurales y democráticas. A nadie conviene la constitución de un Estado paternalista que controle la expresión, y en el fondo, las convicciones de conciencia. Parafraseando un poco a Shoshana Zuboff, un “neopopulismo de vigilancia” podría ser del todo indeseable.

