¿Un mundo sin dinero?

¿Un mundo sin dinero?

Las recientes opiniones de Elon Musk ameritan ser revisadas críticamente.

Zanny Minton Beddoes, editora en jefe de la revista “The Economist”, entrevistó a Elon Musk el 24 de julio de 2026. La entrevista no se puede resumir de un plumazo. Sin embargo, no dejó de llamar la atención que, entre otras cosas, Musk anunciara el fin del dinero hacia el año 2036. La inteligencia artificial avanzada y los robots humanoides darán lugar a una era de total abundancia, según él. Al haber una capacidad de producción cuasi infinita, la escasez terminará, trabajar será opcional y el dinero dejará de ser relevante.

La hipótesis no es completamente nueva. Desde hace décadas, diversos futuristas imaginan una economía de abundancia en la que la tecnología resuelva prácticamente todas las necesidades materiales. Las obras de Ray Kurzweil, Peter Diamandis, y Steven Kotler apuntan en esa dirección. Si las máquinas producen casi todo y lo hacen a un costo cercano a cero, ¿qué sentido tendría seguir organizando la vida alrededor del salario, el mercado y el dinero?

La pregunta merece ser tomada en serio. No porque la predicción vaya necesariamente a cumplirse, sino porque revela una determinada manera de comprender al ser humano. Y es precisamente ahí donde la reciente encíclica “Magnifica humanitas”, de León XIV, ofrece un criterio de discernimiento particularmente sugerente. El Papa no condena el progreso tecnológico. Al contrario, reconoce que la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas capacidades científicas pueden convertirse en instrumentos extraordinarios para aliviar el sufrimiento y ampliar las posibilidades de la humanidad. El problema comienza cuando la abundancia material se confunde con la plenitud humana.

En efecto, una sociedad puede disponer de bienes ilimitados y, al mismo tiempo, padecer una dramática escasez de confianza, de amistad, de sentido y de esperanza. La pobreza más profunda no siempre consiste en carecer de cosas, sino en carecer de vínculos de calidad con los que sea posible recuperar una mirada humana elemental. Por eso “Magnifica humanitas” insiste una y otra vez en que la primera tarea de nuestro tiempo no es producir más, sino reconstruir las relaciones que hacen posible una auténtica vida en común.

Desde esta perspectiva, el trabajo tampoco puede reducirse a un simple mecanismo para obtener ingresos. Trabajar significa participar en la construcción del mundo, servir a otros, desplegar la propia creatividad y descubrir que nuestra existencia posee un valor que ninguna máquina puede reemplazar. Si algún día el empleo deja de ser una necesidad económica para muchos, seguirá siendo indispensable encontrar formas de participación, responsabilidad y servicio que impidan que la abundancia desemboque en una cultura de la indiferencia.

En otras palabras, incluso si el dinero perdiera centralidad, seguiría vigente la pregunta decisiva: ¿para qué queremos tanta capacidad tecnológica? La grandeza de una civilización no se mide por la potencia de sus algoritmos ni por el número de sus robots, sino por su capacidad de custodiar la dignidad de cada persona y fortalecer la fraternidad. La verdadera abundancia no consiste en que nada falte en nuestros supermercados, sino en que nadie falte en nuestra mesa común.

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