Colombia: Salir de Macondo sin Olvidar sus Lecciones
La complejidad colombiana desafía ideologías y reclama promoción del bien común.
Colombia ocupa hoy un lugar singular en la imaginación internacional. Es, simultáneamente, la patria literaria de Macondo -la comunidad inventada por Gabriel García Márquez en su libro “Cien años de soledad” -, el país donde la izquierda populista acaba de ser derrotada por una derecha extrema igualmente populista y una nación golpeada por un terremoto devastador. Los balances provisionales rondan los 300 muertos y 150 desaparecidos, además de casi 190 mil damnificados. Más de 130 mil viviendas presentan afectaciones y cerca de 27 mil quedaron destruidas.
Estas imágenes podrían confundirse con otro episodio del realismo mágico. No lo son. Exigen distinguir la metáfora de los hechos y evitar que la espectacularidad o la polarización oculten a las personas concretas. También obligan a mirar el telón de fondo: una paz largamente buscada y todavía incompleta.
Colombia ensayó negociaciones con distintos grupos armados durante décadas. La desmovilización del M-19 en 1990 abrió una puerta y contribuyó al proceso constituyente de 1991. Más tarde fracasaron los diálogos del Caguán con las FARC. Tras años de guerra y negociación, el gobierno firmó con la guerrilla en 2016 el Acuerdo Final. Hubo desarme, reincorporación y nuevas instituciones de verdad, justicia y reparación; sin embargo, la reforma rural, las garantías de seguridad y la presencia integral del Estado avanzaron lentamente. Persistieron asesinatos de líderes sociales y excombatientes, disidencias armadas, economías ilícitas y violencia territorial. Los acercamientos posteriores con el ELN y otros grupos recorrieron ciclos de diálogo, cese al fuego, ruptura y desconfianza.
El escenario, pues, es muy complejo. En los últimos días, no sorprende que la Iglesia católica convoque a una jornada nacional de oración, o que buena parte de la sociedad recurra públicamente a Dios y a la fraternidad cristiana ante el desastre. La fe puede acompañar el duelo, movilizar ayuda y sostener la esperanza. Precisamente por eso, en Colombia, debe fortalecerse un auténtico Estado laico, más allá de ideologías: uno que no favorezca ninguna religión o irreligión. El Estado ha de ser laico para que la sociedad sea tan religiosa como ella desee ser. Los gobernantes deben cuidar con escrúpulo un “Estado de laicidad abierta”, respetuoso de la diversidad de convicciones, que permita que la libertad y pluralidad del pueblo -sin coacción- florezca.
La reconstrucción de Colombia demanda, además, redescubrir alguna modalidad de “Estado social de derecho”. La eficiencia de los mercados no es el motor sustantivo del desarrollo, sino un instrumento. El centro debe ser siempre el desarrollo humano integral. En palabras sencillas: el mercado debe servir a las personas y a las familias -sobre todo a las más vulnerables- no viceversa. Colombia lo merece. Toda América Latina conoce las heridas del desastre, la desigualdad y la violencia. Por ello, nuestras naciones deben mirar esta crisis con empatía y con lucidez más allá de estereotipos y simplificaciones.
Releer “Cien años de soledad” tendría que recordarnos cuán absurdos son la violencia cíclica, el autoritarismo de cualquier signo, y el olvido de las grandes lecciones sociales de nuestra maltratada región. Salir de Macondo no significa negarlo, sino aprender, por fin, de su memoria.

