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Balón al pasto

LA GACETA DE LA IBEROSFERA. De los últimos discursos de Santiago Abascal sorprende el grado de concreción en sus propuestas. No deja el mínimo margen a las elucubraciones de politología ni hace dibujos de Derecho Constitucional ni despliega gráficas macroeconómicas. Habla de la seguridad en las calles, del adoctrinamiento de la juventud, del precio de la vivienda, de la presión a los autónomos. Mi impresión y la de las estadísticas es que mucha gente, siguiendo fielmente la primera ley de Robert Conquest («Todo el mundo es de derechas en aquello que conoce de primera mano») responde con entusiasmo.

Hay que fijarse en el poco caso que hace de las etiquetas políticas. No se define con ninguno de los rótulos acostumbrados y posibles: conservador, liberal, reaccionario, tradicionalista, democristiano o revolucionario. Ni uno: ni distingos ni desprecios. Si acaso, cuando los rivales acuñan un mote despectivo, lo acepta con un desdén inalterable que roza el entusiasmo: «¿Fachapobres?», ¡fachapobres!; «fachavales», ¡fachavales!», y vámonos que nos vamos. Lo mismo hizo Donald Trump desde el Despacho Oval en el centro de la Casa Blanca y posando con el alcalde de Nueva York: «¿Que me llaman “fascista”? Es más rápido decir que sí y a otra cosa, mariposa». Lo importante aquí son las otras cosas, esto es, lo práctico: bajar el balón al pasto.

Esta actitud tiene implicaciones muy novedosas. Durante mucho tiempo el progresismo nos ha estado haciendo un Humpty Dumpty. Recordemos la conversación entre Alicia y el Huevo Parlante: «Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos». «La cuestión —insistió Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes». «La cuestión —zanjó Humpty Dumpty— es saber quién es el que manda…, eso es todo». Pues eso era todo, en efecto: saber quién es el que manda… a la porra al que se cree el dueño de las palabras. Acudamos a las cosas.

Yo —que aplaudo el giro práctico— soy muy sensible y aficionado a todo el asunto de los conceptos porque, como escritor, me paso el día poniéndoles nombre a las cosas y a las ideas. Uno de los ejercicios más divertidos de la inteligencia («dame el nombre exacto de las cosas») es discutir qué es ser un reaccionario con uno y qué es ser güelfo blanco con otro y qué es ser liberal con aquél y qué es ser tradicionalista con este otro. Incluso qué es ser monárquico. No digamos ya qué es ser un hidalgo de espíritu, que es lo realmente imprescindible.

Para los que queremos barajar etiquetas políticas, nos resultará muy provechoso recordar los avisos que desgrana, con tanta erudición como oportunidad, Domingo González en su imprescindible libro Soberanismos (CEU ediciones, 2025). Un concepto es, por naturaleza, afirma, «una noción polisémica y controvertida», razón por la cual, precisamente, «permite que se dirima en torno a ella una cuestión política». De su ambigüedad se desprende su utilidad. Así las cosas, la metáfora de Rafael Sánchez Ferlosio es exactísima: «Las palabras son llaves, los conceptos ganzúas». Quiere decir, que la palabra sirve para abrir una puerta, el concepto, con algo más de esfuerzo, muchas. Si con esos avisos no nos basta, Domingo González recopila más. El de Ortega y Gasset: «Todo concepto es una exageración», que recuerda por lo ideológico lo de Antonio Machado por lo galante: «A las palabras de amor / les sienta bien su poquito / de exageración». También hay que prestar oído a Odo Marquard cuando nos propone que «liberemos a los conceptos de la mazmorra de su definición». Se pone dramático con lo de la mazmorra, pero, como habla de liberación, se lo perdonamos.

Quien lo clava del todo es Wittgenstein, tan intelectual, y que nos susurró que «el mejor momento para entender los conceptos no es cuando están ociosos o de vacaciones, sino que es recomendable sorprenderlos cuando están trabajando». Eso es lo que hace Abascal. Los pone a trabajar. Las definiciones políticas se ven en la práctica. Y la gente entiende los discursos cuando les habla de las cosas que viven y sufren de primera mano. Los que escribimos tratamos de marcar —es nuestro oficio— los goles de cabeza, dando saltitos, pero los buenos jugadores de la política bajan el balón al pasto.

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