Descubrimiento, Encubrimiento e Invención de América
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Descubrimiento, Encubrimiento e Invención de América

Cada 12 de octubre reaparece una vieja disputa: ¿América fue descubierta, encubierta o inventada? Detrás de cada palabra existe una interpretación de nuestra historia y, acaso, una manera de comprender nuestro futuro. Cristóbal Colón murió sin comprender plenamente que había llegado a un continente desconocido para los europeos. Realmente, el “descubrimiento de América” no ocurrió de golpe. Fue un proceso gradual de reconocimiento geográfico, cultural e histórico. Más lentamente todavía surgió la conciencia de una posible unidad entre pueblos profundamente diversos.

Edmundo O’Gorman sostuvo que América fue “inventada”: no apareció simplemente ante los ojos europeos, sino que fue interpretada desde determinadas categorías culturales. Enrique Dussel prefirió hablar del “encubrimiento del otro”, denunciando la negación de la alteridad indígena bajo la mirada conquistadora. Sin embargo, ni la invención ni el encubrimiento agotan nuestra historia. América posee una realidad que desborda las interpretaciones que pretenden definirla. Descubrirla exige reconocer tanto sus grandezas como sus múltiples heridas.

La conquista estuvo acompañada de violencias, despojos y graves injusticias. Numerosas culturas indígenas fueron despreciadas, sometidas o silenciadas. Hace no mucho, El Vaticano reconoció que ciertos documentos pontificios fueron utilizados para justificar abusos y que no reflejaban adecuadamente la igual dignidad de los pueblos originarios. Repudió expresamente la llamada “doctrina del descubrimiento”, utilizada para legitimar la apropiación de sus tierras (Nota conjunta sobre la “Doctrina del descubrimiento” del Dicasterio para la Cultura y la Educación y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, 30 de marzo 2023).

Reconocerlo no significa negar la complejidad de nuestra herencia. También existieron encuentros fecundos, mestizajes, nuevas síntesis culturales, defensores de los indígenas y una tradición cristiana que proclamó la dignidad humana frente a los abusos del poder. Estoy convencido que un hijo madura cuando descubre y redescubre a sus padres. Aprende a reconocer sus virtudes, errores y contradicciones. No necesita idealizarlos, pero tampoco cometer un parricidio simbólico para conquistar su libertad.

Algo semejante sucede con América. Necesitamos redescubrirnos sin mutilaciones: reconocer nuestras raíces indígenas, hispanas, lusitanas y africanas; y, en América del Norte, la pluralidad de sus herencias indígenas y europeas. Pero reconciliarnos con nuestra historia no significa absolver sus injusticias. La reconciliación auténtica exige verdad, memoria y reparación. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos impedir que las heridas justifiquen nuevas exclusiones.

América ha sido inventada y reinventada demasiadas veces por proyectos políticos que seleccionan arbitrariamente qué recordar y qué olvidar. Quizá nuestra tarea sea más humilde y audaz: descubrir nuevamente quiénes somos. El “Nuevo Mundo” puede ser también una vocación. Si nuestras raíces cristianas continúan inculturándose respetuosamente, si reconocemos la dignidad de todos los pueblos y reaprendemos a cooperar fraternalmente, América podrá enriquecer el “ethos” del nuevo mundo global con algo más que recursos y mercados: con una experiencia renovada de humanidad compartida.

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