“Dispuestos a Derramar la Propia Sangre Antes que la del Enemigo”

“Dispuestos a Derramar la Propia Sangre Antes que la del Enemigo”

RESUMEN DE EXAUDI.

Rodrigo Guerra analiza en Roma las lecciones de la Cristiada a un siglo de la persecución religiosa en México: un llamado a superar la polarización, abrazar la empatía histórica y defender la libertad sin trincheras ideológicas.

El 31 de julio de 1926, las campanas enmudecieron en todo México. La entrada en vigor de la penalizadora “Ley Calles” y la consecuente suspensión del culto público por parte del episcopado fracturaron de raíz la cotidianidad de un país donde la vivencia de la fe marcaba el ritmo de la vida comunitaria. A cien años de aquella herida histórica, el filósofo Rodrigo Guerra López —secretario de la Pontificia Comisión para América Latina— ofreció este 7 de octubre una densa meditación académica en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma, invitando a mirar la persecución religiosa y la resistencia cristera no como un arsenal para alimentar las batallas ideológicas del presente, sino como una lección de verdad, reconciliación y empatía histórica.

Más allá de la trinchera ideológica

Lejos de reducir el conflicto a un simple enfrentamiento maniqueo o a una caricatura política, Guerra propuso una interpretación “transpolítica” —inspirada en los pensadores italianos Augusto del Noce y Rocco Buttiglione— para descifrar la complejidad de los hechos. Apoyándose en las investigaciones del historiador Jean Meyer y en estudios recientes, subrayó que la Cristiada fue una trágica guerra civil con un componente religioso decisivo, donde las motivaciones populares, la diversidad del campo mexicano y las crecientes tensiones entre un Estado revolucionario centralizador y una Iglesia institucionalmente autónoma chocaron hasta la violencia.

El ponente recorrió las luces y sombras del proceso: desde la dramática salida de los sacerdotes de sus parroquias hasta la fragilidad de los “Arreglos” de 1929 —que dejaron desprotegidos a miles de combatientes desmovilizados y desencadenaron una reclusión sangrienta y una “Segunda Cristiada”—, hasta llegar a la distensión pragmática bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas.

La maduración del pensamiento eclesial

Uno de los aportes centrales de la conferencia fue destacar la evolución teológica y magisterial desde 1926 hasta nuestros días. Guerra explicó cómo la comprensión del laicado, del derecho a la libertad religiosa y de la presencia del Reino de Dios en la historia se ha profundizado tras el Concilio Vaticano II y las enseñanzas de pontífices como Juan Pablo II, Francisco y León XIV.

“Fidelidad a la tradición no es congelar un momento histórico determinado”, señaló el filósofo. Si bien los mártires de la persecución merecen todo nuestro respeto y veneración como testigos inquebrantables de la fe, la manera de incidir en la sociedad actual exige descartar cualquier tentativa de imponer respuestas políticas unívocas o de instrumentalizar la fe como un programa de partido. La Declaración Dignitatis humanae dejó claro que la libertad religiosa forma parte inalienable de la dignidad de la persona humana, no de un concesión ni de un privilegio del Estado.

Un amor desarmado y desarmante

Al abordar los límites morales de la legítima defensa y el sentido profundo del martirio cristiano, Rodrigo Guerra concluyó evocando una confidencia personal que el papa San Juan Pablo II compartió en su momento con el profesor Rocco Buttiglione. Recordó que al defender la verdad o la causa de Jesucristo puede llegarse, en circunstancias extremas, al derramamiento de sangre; sin embargo, la esencia del Evangelio radica en una convicción radical: “Como cristianos, debemos estar dispuestos a derramar primero la nuestra antes que la de nuestros enemigos”.

En un mundo marcado por crecientes polarizaciones, el centenario de la Cristiada se presenta así no como un motivo para la revancha o la nostalgia de antiguas trincheras, sino como una llamada a construir puentes, sanar heridas mediante la amistad social y defender la libertad desde la fuerza desarmada de la verdad, el bien y el perdón.

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