El Destino Universal de los Bienes: CEM
En su reflexión semanal, Monseñor Ramón Castro Castro señala que “una economía realmente inclusiva; administradores de la creación.
Continuamos con nuestra reflexión sobre las cuatro coordenadas que orientan la acción cristiana en la sociedad.
Después de reflexionar sobre el bien común, hoy abordamos la segunda: el destino universal de los bienes; principio que nos hace consientes de nuestra corresponsabilidad, de manera un más profunda.
El primer regalo de Dios personal y colectivo es la tierra misma, fuente de todo los necesario para la vida humana; parecería obvio afirmar que la tierra es de todos y para todos. Pero este principio está lejos de encarnarse en nuestras comunidades.
México vive una pobreza material brutal, no solo falta de ingreso, sino privación de bienes naturales básicos, alimento, agua, tierra fértil, que sostienen la vida ¿cómo puede ser, si la creación es don compartido? En un país bendecido con recursos naturales abundantes.
Millones de mexicanos no tienen acceso al agua potable, a alimentos nutritivos, a tierra para trabajar. Esta contradicción grita al cielo.
La riqueza es un fenómeno peligrosamente ambivalente; con frecuencia prevalece en ella un deseo torcido de posesión y de acumulación, ahogando su verdadero fin.
El destino universal de los bienes, cuestiona nuestros sistemas económicos que priorizan la producción material, olvidando a las personas que deberían beneficiarse. Generamos capital, pero no tejemos comunidad, ni bienestar compartido.
Atrincherados en nuestra abundancia, miramos sin reaccionar ¡como muere de hambre el hermano en nuestras calles!
Dios destinó los bienes a todos; no en medida idéntica, sino según la necesidad de cada uno. Nuestro bien personal solo florece auténticamente cuando se arraiga en el bien de todos.
Un empresario próspero cuyas ganancias no beneficia a nadie más, en realidad empobrece su propia alma.
La función social de toda propiedad privada es legítima; es bueno acrecentar bienes, tener seguridad, autonomía, pero no olvidemos jamás que todo desarrollo económico personal debe servir al desarrollo de los demás.
No somos dueños absolutos de nada, daremos cuenta al único Señor Soberano de toda la creación, quien destino la tierra y sus frutos para bien de todos.
Quiero detenerme en el rostro concreto de nuestros pueblos indígenas; ellos en contacto íntimo con la tierra que trabajan, paradójicamente, suelen ser despojados de sus frutos; laboran para quienes habitamos las grandes ciudades, mientras viven en condiciones indígenas muy por debajo de la dignidad humana.
Basta ver las dificultades para acceder a la educación salud o vida integral; los tomates, el café, el maíz que consumimos en las ciudades vienen de trabajo de manos indígenas que a menudo no pueden alimentar dignamente a sus propias familias.
Esta injustica clama justicia, a ellos y a todos los pobres, objeto del amor preferencial de la Iglesia, siguiendo a Cristo, debe dirigirse prioritariamente el destino universal de los bienes, como enseña San Gregorio: “no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razones de justicia”.
Salarios dignos no son favor, son derechos; acceso a la salud no es un privilegio, es una justicia; el amor operativo hacia los pobres, fe viva convertida en obras, es el remedio más eficaz contra la riqueza egoísta.
Vemos estos cuando empresarios generan empleos dignos, cuando cooperativas indígenas acceden a mercados justos. Este amor nos sitúa en el corazón del camino cristiano, pues lo pobres quedan confiados a nosotros y en base a esa responsabilidad seremos jugados al final.
Una economía realmente inclusiva significa que el campesino puede vivir dignamente en su trabajo, que el obrero tenga salario suficiente para educar a sus hijos, que em pequeño empresario pueda compartir justamente, significa cooperativas que compartan ganancias, empresas que reinviertan en sus comunidades, sistemas financieros que incluyan a los excluidos, comercio justo que respete al productor.
Los bienes de la creación deben permanecer desinados al desarrollo de todo hombre y de la humanidad entera.
En México tenemos todo los necesario para que ninguna familia pase hambre; tenemos tierra fértil, agua abundante, manos trabajadoras, mentes creativas, lo que nos falta es voluntad de compartir, sistemas que distribuyan justamente, corazones que entiendan el destino universal de los bienes.
Que Santa María de Guadalupe, madre de Dios y pobre de Nazaret interceda para liberar del veneno de la avaricia y ensanche nuestro corazón. Que sepamos usar nuestros bienes para servir con justicia a los más pequeños de nuestros hermanos. Venga a nosotros tu Reino.

