El enemigo existencial
LA GACETA DE LA IBEROSFERA. El terrorismo es un fenómeno paradójico: basa su poder de amedrentamiento en la pequeñez. Cuanto más populoso es el ámbito en el que se desenvuelve, más cómodo se encuentra el terrorista. Las masas no son sólo su objetivo; también son su protección. Capaz de un desdoblamiento sin fisuras, el criminal se mimetiza entre sus víctimas. Vive entre ellas, anónimo, inadvertido. Y mientras lo hace, en su interior opera un demonio calculador, una bestia homicida a la espera de asestar su zarpazo.
Lo característico del terrorismo es su rentabilidad. Obtiene una ganancia descomunal a partir de una inversión mínima. Desde un punto de vista estratégico, garantiza unos niveles de eficacia difícilmente igualables. Son suficientes unos pocos individuos con un armamento básico y un adiestramiento elemental para paralizar una ciudad y sojuzgar —al menos de manera transitoria— a decenas de miles de personas.
Estas breves reflexiones (simples obviedades, a fin de cuentas) me han venido a la cabeza a raíz de que hace un par de semanas se cumplían diez años de los atentados islamistas que sembraron el pánico en París. Recordemos: ciento treinta muertos y más de cuatrocientos heridos. Los asesinos, que habían viajado la noche anterior desde Bruselas, actuaron en tres frentes casi simultáneos. Mientras dos de ellos se hacían detonar sendos chalecos explosivos en las inmediaciones del Stade de France, otra célula se dedicaba a ametrallar a los grupos de personas que se encontraban a esa hora de la noche en algunas de las terrazas de las cafeterías del este de la ciudad. Por último, está lo sucedido en la sala de conciertos Bataclán. Es ahí donde el terrorismo exhibió su rostro más espeluznante y, a la vez, más exitoso. Durante varias horas, tres sujetos bastaron para tener a su merced a un millar y medio de personas sobre las que iban vaciando los cargadores de sus fusiles automáticos.
La novedad que en su día nos aportó el terrorismo suicida consistió en agregar un elemento de fatalismo a lo horrendo del crimen en sí. Si el perpetrador de un acto de barbarie está dispuesto a inmolarse en él, poco margen de maniobra queda para contrarrestar su iniciativa. Ya no era necesario que los asesinos elaborasen sofisticados planes para escapar del escenario del crimen y ocultarse de la policía. Aligerado de tales condicionamientos, el hecho de matar queda reducido a su expresión más básica. ¿Cómo protegerse ante ello?
Los atentados de París no fueron el primer acto de terrorismo suicida en Europa, pero marcaron un hito en la crónica de las matanzas recientes debido a los extremos de devastación a los que se llegó. Ante un hecho de semejante magnitud, conocer la lectura que en Europa hemos extraído de aquellos sucesos supone una tarea ineludible. Se trata, a fin de cuentas, de sopesar el estado de debilidad o entereza en que se halla inmersa ahora mismo nuestra civilización.
Con ese ánimo de esclarecimiento, me sumergí hace unos días en un documental de tres capítulos, 13 de noviembre: atentados en París, emitido por una conocida plataforma televisiva. El documental, carente de una voz narrativa, se limita a recoger los testimonios de las personas que se vieron involucradas en los atentados, supervivientes del horror principalmente, pero también bomberos, policías y responsables políticos que aquella noche fatídica tuvieron un protagonismo directo en los acontecimientos.
La entereza de las personas que intervienen en el documental merece el mayor de los respetos. Lo indescriptible, lo simplemente inimaginable, adquiere una consistencia real en sus voces. Todas siguen luchando a día de hoy contra el trauma de la experiencia vivida, maravilladas y al mismo tiempo un poco culpables ante el hecho, azaroso, de haber sobrevivido a la masacre.
Pero hay un par de detalles en esos testimonios que llaman la atención. El primero es que no hay un solo testigo que mencione a Dios o confiese haber rezado ni siquiera cuando, como declaran algunos de ellos, estaban seguros de que no iban a salir vivos de allí. No creo que se trate de un dato accesorio. Al contrario, me parece que estamos ante un verdadero marcador de época, un hecho fundamental para entender que la ausencia de Dios, su absoluto extrañamiento de las vidas de gran parte de los europeos actuales, es algo más que una abstracción filosófica: es una realidad que se manifiesta incluso en aquellos instantes en los que el ser humano queda emplazado ante una situación extrema. Si hubo alguien que, en el centro del horror, contradijo esta tendencia y elevó sus plegarias al cielo, lo cierto es que los responsables del documental han preferido prescindir de su testimonio, lo cual también resultaría ilustrativo del clima espiritual en que nos desenvolvemos.
El segundo detalle sintomático es, de nuevo, otra omisión. A lo largo de las casi tres horas de documental apenas se mencionan las palabras «terrorista» o «islam». Cuando se refieren a los asesinos, los entrevistados prefieren utilizar términos tales como «imbéciles», «capullos» o «gilipollas». De ese modo, se transmite la impresión de que aquel crimen masivo lo hubiera cometido una pandilla de descerebrados que, la víspera de un fin de semana, no encontraron nada más entretenido que hacer que salir a tirotear a pacíficos desconocidos.
La conclusión a la que se llega es que hay en esta pieza documental, por otra parte de interés y mérito indudables, una tendencia a aplicar al producto final un sesgo determinado, una especie de humanismo benevolente y hasta cierto punto optimista que soslaya cuestiones esenciales que están en la raíz de lo que ocurrió aquella noche. Sin embargo, eludir la realidad de los conflictos no parece la mejor manera de solucionarlos. Negar la evidencia de que hay un enemigo existencial todavía al acecho te deja indefenso frente a él.
El documental acaba con las palabras estremecidas de una de las supervivientes, una proclama de un patetismo tan conmovedor como, por desgracia, ciertamente inconsistente. «El amor siempre ganará», declara. No siempre, me temo. No para las 130 personas que desde aquel 13 de noviembre ya no pueden contarlo. Por eso me parece más incisivo y fructífero el acercamiento a los atentados que el escritor Emmanuel Carrère se propuso hacer en su libro V 13. Una crónica judicial, publicado hace unos años. Allí se localiza el árido contrapunto a la propensión un tanto buenista e indulgente que asalta al europeo medio cuando se confronta con el mal. En cierto momento, ante el tribunal que juzga el caso, se alza la voz de Patrick Jardin, padre de una muchacha asesinada aquella noche: «Me acusan de ser rencoroso y es cierto, señor presidente, lo soy, y lo que más me asquea son los familiares de las víctimas que no sienten odio. Dicen que soy de extrema derecha, y puede que lo sea, no lo sé; pero, incluso si soy de extrema derecha, ¿acaso mi hija está menos muerta?». Y en esa pregunta, estimados lectores, queda sintetizada la clave última de la cuestión.

