El otro MAGA
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El otro MAGA

LA GACETA DE LA IBEROSFERA. Como todo lo de Trump ha sido recibido con escándalo, no puede sorprendernos la reacción ‘occidental’ a sus movimientos en Irán. Si asegurar la frontera o intentar que los votantes se identifiquen fue considerado fascismo, tomar la iniciativa militar iba a ser recibido con las más grandes exageraciones.

El día del Alto el Fuego, Trump pretendía, al parecer, cometer un genocidio en Irán. En el mismo tuit decía «Dios Bendiga al Pueblo iraní», pero se interpretó como una amenaza mayor de lo que ya era. Habiendo destrozado todos los objetivos militares iraníes, y ante los inconmovibles ayatolas remanentes, iba a dar el paso con la infraestructura económica. Avisaba de ello, en un diálogo terrible con los mulás (los que iban quedando) en el que Trump hacía de loco a lo Nixon: para dar credibilidad a sus amenazas, para hacerlas verosímiles ante el otro. ‘Descontrolándose’ Trump llevaba su retórica al límite escatológico y demencial del militarismo clerical chiita. Lo hacía pagando con su propio prestigio y capital, poniendo del suyo para dar solidez a la posición norteamericana. Alguien podría llegar a agradecérselo.

Algún efecto tuvo que tener el farol, pero si lo hubo, fue mayor en los medios americanos y europeos: «amenaza genocida», interpretaron… ¿del señor que salió en un episodio de Sexo en Nueva York? ¿Es posible que quien hizo un cameo con las chicas de Sex in the City ‘genocide’ a una población de 90 millones?

El delirio es ya total. La palabra genocidio, por cierto, empieza a democratizarse. Muchos de los que llevan años repitiendo que no todo se puede reducir al Holocausto y a Hitler, que  ya está bien, que ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos, y que hay que pasar página, o quienes, incluso, han ido discutiendo cifras, ahora llaman genocidio a cualquier cosa. Hubo gente que mezcló a Trump con la palabra por un tuit. Quieren la palabra genocidio para ellos, quitársela a los judíos, como se quita un fuego sagrado y echársela a la cara.   

Es una lucha subyacente entre las muchas que ahora están en curso. La izquierda lucha con la derecha judía por esa antorcha, entre otras muchas cosas.

El recuerdo del Holocausto fundó un mundo global y antinacional, ¿podría fundar ahora una liga de naciones estrictas y cerradas? ¡No lo pueden permitir!

Ahora bien. Ojo. Trump amenazaba con volar infraestructuras civiles y quizás eso era ya para ellos genocidio. Pongamos que sí. Concedámoslo. Entonces… ¿los atentados contra instalaciones civiles de los iraníes lo son? ¿Y cuando Rusia o Ucrania lo hacen, se ‘genocidan’ también?

CONVIENE ENTRAR EN COMPARACIONES

La guerra de Trump debemos compararla. Compararla con las consideraciones que merecen las acciones actuales de Putin y las pasadas del mismo Estados Unidos.

La guerra o «excursión» en Irán ha costado la vida de quince norteamericanos y ha sido selectiva y limitada en cuanto a sus bombardeos. ¿Duraron más o menos los bombardeos cool de Obama? ¿Y el de Yugoslavia? ¿Y las ocupaciones militares de Bush? ¿Y las acciones militares del siglo XX en Japón, en Alemania, en Vietnam?

Trump puede ser comparado, y sale ganando y muy bien parado, con el pasado norteamericano, y si se le compara con Putin, y esto atañe a los ataques que recibe de la izquierda comunista y de cierta atroz derecha, ¿en qué quedamos? Putin va para cinco años de intervención. ¿Qué plan tenía? «Desnazificar». ¿Llegó a buen puerto? ¿Cuántos miles de muertos ha provocado y cuántos miles y miles y miles de rusos ha llevado a la muerte? De esto no dicen nada, y lo toman como una consecuencia más del poder, gajes de la realpolitik, cosas de ser su super power, política de adultos o realismo en el que no se entra. Está bien. Pero estos mismos individuos se echaban las manos a la cabeza por «las formas de Trump».

Putin, además, puso alguna vez los ‘nukes’ sobre la mesa, recordó la última ratio, la atómica, y al hacerlo, ¿provocó la misma histeria? En absoluto.

Es más. La existencia y desarrollo de armamento nuclear lleva ya implícita la capacidad de destruir el mundo. Una posibilidad a la que se abre quien la obtiene. Por eso, es importante que el régimen de Irán tenga armas nucleares. Es algo «existencial» para ellos, y se comprende que quieran desarrollarla, pero es también «existencial» para los demás. Sería interesante conocer la opinión del Papa al respecto (lo digo sinceramente) y si esta cuestión se puede resolver rezando o con un sincero diálogo.

A mí, la posibilidad de que alguien que ha salido en Sexo en NY genocide a Irán me parece altamente improbable, pero le reconocemos a Trump la capacidad para acudir crudamente  a la fuerza. Como decíamos, Trump no ha llevado «botas al terreno», no ha invadido. Huye de una «forever war». Fue una intervención desde los cielos, quirúrgica, y, por letal que fuera, circunscrita, como se dijo, a unas semanas. Pudiera ser, y es muy probable, que esto se enquiste, pero cumplió con lo señalado y rompió con las recientes pautas neocon tanto en la forma como en el argumentario. Aunque lo repitan mil veces los voceros de los ayatolas o los desesperados odiadores de Trump (¡tratamiento en la Seguridad Social ya!), Trump no intervino para liberar a la población, ni a los gueis ni a las mujeres… ni siquiera a las niñas que los ayatolas llevan legalmente al lecho marital.  Es una variable. Es un resultado deseable e incluso un arma instrumental, desequilibrante, pero no ha recurrido al lenguaje humanitario. Al contrario, el «humanitarismo» ha sido pulsado, junto al derecho internacional (jaja) por los fans de los ayatolas, como corresponde al reverso propagandístico de lo terrorífico-terrorista. Los medios de comunicación y las opiniones de las redes han sido la gran arma de Irán, que por supuesto tiene el Internet capado.

Trump, por tanto, no ha hecho una intervención neocon (por mencionar la gran línea roja, la bicha, el mal nefando). Al contrario. Ha ido más atrás en su apelación a la fuerza. A la vez hacia atrás y hacia delante. Porque incorpora esa negación, incorpora el escrúpulo Sexo en Nueva York y no quiere una guerra eterna, ese horrible espectáculo televisivo, pero a la vez no necesita humanitarizar su fuerza. Es crudo, brutal, decimonónico. Es algo previo a lo neocon que incorpora sensibilidades posteriores. McKinley tomando un cosmopolitan.

Esto está relacionado con el juicio de su intervención. Se menciona la inexistencia del «cambio de régimen», y Trump no habló de eso. Si lo hubiera hecho, o conseguido, se le hubiera llamado neocon y traidor confeso a su base (cosa que sería también discutible), pero no lo hizo. La definición de su objetivo fue bastante consistente: mermar las capacidades nucleares y balísticas del régimen. ¿Es conocedor el público de que Irán batió el récord de misiles lanzados en la guerra con Israel en 2025?

Trump pasó inmediatamente de genocida a derrotado gallina (TACO). y podría ser el opuesto histórico a la victoria pírrica: la derrota trumpiana: destrozar militarmente al enemigo, instalarse en sus cielos, eliminar a sus mandos, a todos, y con el coste total de quince vidas, más o menos las que se perderían en un atentado trans inspirado por la retórica demócrata.

Lo que Trump sí ha perdido es la batalla política y del relato. Ahí la derrota es total, pero no se podía esperar otra cosa salvo que saliera el ayatola enésimo con una gorra roja de MAGA.

De repente, parece que Trump tienen al mundo en su contra, salvo un pequeño detalle: a muchos países árabes, a parte de la población iraní y, por supuesto, a sus votantes.

LA DERECHA SUBNORMAL

Esto han empezado a discutirlo. Es una labor de deslegitimación que le prepara la propia derecha americana. Pero cuando dicen que Trump pierde al MAGA no se refieren al Make America Great Again. Ese le apoya mayoritariamente. Se refieren a otro que ha surgido: el Make Antisemitism Great Again, que tendría que horrorizar a los progresistas que veían supremacismo en todo Trump y que, sin embargo, dan importancia y entidad y voz a una pandilla de podcasteros destinados, casi principalmente, a romper la alianza de Trump con los judíos. Es muy fácil entenderlo: ¿qué sería de la posición de EEUU en Oriente Medio si no contara con la inteligencia israelí? ¿Cui prodest?

Pero no solo es Israel. También pretenden separar a protestantes y católicos. Esto es tanto como romper el movimiento, su creación. Trump no es eterno (su figura sí), y su mandato se acabará pronto y del despedazamiento de su coalición pueden vivir algunos que están cogiendo posiciones. El NYT, por supuesto, fabrica historias para alimentar ese relato, la dependencia total de Israel y la improvisación (como si los acuerdos de Abraham, que ahora toman forma, no tuvieran años) y muchos de ellos reciben invitaciones o patrocinios de sitios como Qatar, China o Rusia. ¿Cuántos de los podcasts geopolíticos, esos en los que Rusia siempre gana e Israel siempre desaparece, no han ido alguna vez a Moscú?

El efecto de esta facción de influencers, la llamada Retard Right, derecha retrasada o subnormal, a la estela de Tucker Carlson, confeso odiador de Trump, es introducir y difundir unas opiniones que se suman a la crítica de la izquierda, que la engordan. Algunos son ellos mismos de izquierdas o vienen de allí. Joe Rogan apoyó a Trump solo al final. Las opiniones de estos críticos de Trump coinciden con la izquierda también en lo nacional. Se vio cuando los problemas del ICE en las redadas de inmigrantes. Asumían de una los maximalistas puntos de vista demócratas. «Tiranía» se aprestaron a decir. Otra actitud habitual es desmoralizar al votante. Repetir que Trump no hace nada.

El izquierdismo instrumental, por supuesto, lo tienen que disimular y lo travisten de libertarismo, una especie de constitucionalismo prístino e irreal, de un pacifismo naif o un aislacionismo que pasa por dejar las llaves de America y Oriente Medio a los BRICS y centrarse en el interior. Pero ojo, en el interior maniatando al ICE deportador, que a Rogan le da repelús. Es un aislacionismo que más que a Buchanan suena a Dugin.

Ante la decadencia relativa de EEUU, a Trump le piden entreguismo multipolar, y Trump buscaba lo opuesto, una salida propia que modulara la hegemonía norteameircano. Por eso se llamó MAGA.

En el eco español de estas voces de la Derecha Retrasada o Subnormal se ve muy bien el esfuerzo por buscar un disfraz. En realidad, hacen el juego a la izquierda (aquí al PP) pero han de ser más derechistas, tener más puros principios, y se ponen encima la bandera de España (con crespón antisemita), la Hispanidad (que muchos lamaban Hispanchidad) o la cruz de cruzado a Jerusalén, como si los judíos fueran el problema de alguien en Móstoles.

Antes de dedicar alguna palabra al caso español, hay que insistir en que esas voces supuestamente MAGA son una brecha abierta para fraccionar la coalición vencedora de Trump y han de verse a la luz de dos cosas: el próximo final del presidente, que abre la lucha por la influencia, y que muchas de esas voces, parloteantes en internet, tienen su público fuera de EEUU, un público global que satisface a la vez una inequívoca vena antiamericana  y un racismo aspiracional de segunda. Estas personas denuncian el americanismo y la subyugación política y cultural emulando formas y artefactos del propio imperio.

Este MAGA alternativo sólo con mucha imaginación se puede considerar otra forma de la derecha. Contribuye a debilitarla y a disolverla intelectualmente en una especie de covidianismo. Hay algo comunista en su vitriolo y una degenerada espiral antipopulista. No es calle llegando a las redes, sino un producto de ellas.

Fragmentada la Alt Right, que sin embargo ahora gana respetabilidad progre, la Retard Right es una voz más que se suma a todo lo que Trump tiene en contra: la izquierda mundial al completo (con un odio visceral, ya que la golpea en los puntos neurálgicos); el globalismo occidental, todos los afectados por la pandemia del Síndrome del Trastorno Trump, y las voces infiltradas de China y Rusia, entre algodones en el MAGA alternativo…

LA VARIANTE ESPAÑOLA DE LA DERECHA SUBNORMAL

Trump es impopular en Europa y en España lo es de un modo absoluto. Es una imposibilidad temperamental, de sensibilidad. Es como que te guste el jazz. Por mucho que se difunda, será cosa de cuatro. Y ante esto, los partidos de la derecha europea quizás hagan bien en distanciase un poco. Quizás sea recomendable, lo sugirió Yarvin, desligarse mutuamente, en provecho de ambos. Al menos, superficialmente.

En España, Trump es considerado la amenaza mundial, no la oportunidad. Muchos telediarios de Antena Tres nos ha costado llegar hasta aquí. Y aquí se dan la mano Bildu, Ana Rosa, Sánchez, los nazis y las feministas…  

Una de las cosas llamativas de estos días fue ver a mujeres progresistas españolas riéndole las gracias a la cuenta oficial de la embajada iraní.

Otra ha sido ver el despliegue de una marginal pero aberrante derecha española ayatola: antisemita, antioccidental y antitrumpiana, tan tremebunda como pueril. Trump dibuja finalmente los límites del bumerato ibérico. No pueden entender en él, precisamente en él, lo que nunca vieron del todo. Es imposible.

Hasta cierto punto, es respetable e incluso admirable el mantenimiento de viejas convicciones. Philippe Baillet hablaba en Francia del Otro Tercermundismo, la derecha guenoniana que sale de la IIGM detestando a EEUU y a Israel, un antiimperialismo que los identifica con la destrucción de un viejo mundo… Siempre hubo esto, y siempre hubo antiamericanismo en España, y un antisemitismo de sanatorio, circunscrito. Y es evidente y normal que Irán tenga sus voces, intérpretes y defensores. Su propaganda. Pero lo surgido y que se empieza a ver es otra cosa. Aparece un nuevo tipo de individuo que reúne en uno la superioridad moral de la izquierda, la brutalidad del antisemitismo ultra, y la excepción cognitiva y epistémica del conspiranoico, gente que está en el secreto, que tiene la vía, el pase VIP hacia el último conocimiento de las cosas y que quiere rasgar el velo de la realidad que para ellos no es realidad sino psyop. Al fondo de ese gnosticismo están los judíos, como si Israel hubiera sustituido al covid.

Hay algo de producto social o cultural, de mutación de la vida tecnológica que parece natural, pero sólo hace falta fijarse un poco para ver las costuras, los hilos y cierta tramoya; para ver a católicos profesionales de entornos peperos apuntarse al antisemitismo de Semana Santa, para ver a lobistas castizos que quieren lo suyo saltar al tercermundismo o a un batiburrillo improvisado de eurasianismo (¿dónde no seremos cola de león?); para ver la mano que alimenta el ultra-je, o un segundo alvisismo para el siguiente percentil de CI, o simplemente, a friquis que han visto una ventana en Internet con el porno político del antisionismo que acaba siendo antitrumpismo y, en última instancia, y por supuesto, antivoxismo, Roma a la que conducen todos los caminos y de lo que se trata finalmente. ¿Se acuerdan cuando había que superar el eje izquierda-derecha? Ya no. Ahora el único eje es la cuestión de Israel. ¿Tiene su suegra una opinión a respecto?

«Evil losers» llamó Trump el otro día a los intoxicadores habituales. Malvados perdedores. Gente que nunca ganó; pero sobre todo, que no lo intentó, y que odia el hecho, la sola posibilidad de que los demás puedan proponérselo, y además sin ellos. De motivaciones así, muy lejanas a Teherán, está hecho lo que vemos abochornados cada día. Que hayan contribuido en lo más mínimo al descarrilamiento sanchista de la posición internacional española, de esta forma, con estos planteamientos, con esta fragilidad y en este momento, es algo de lo que deberían responder en el futuro ante cualquier instancia patriótica. En el cómodo quicio entre las ideologías, o en el inocuo kamasutra de las posiciones, ya encontrarán alguna salida para escurrir el bulto.

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