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Kant y la Paz entre las Naciones

Immanuel Kant nació en Koenigsberg, Prusia oriental, en 1724, y murió ahí mismo en 1804. En aquellos años, Prusia acababa de firmar un acuerdo de paz con Francia que le permitía aprovecharse utilitariamente de la repartición de territorios polacos. En ese contexto, Kant escribe una respuesta filosófica a la política cínica de su tiempo, buscando transformar los tratados de paz oportunistas en una estructura jurídica global que hiciera la guerra imposible.

El libro se intitula “Hacia la paz perpetua”. En él, sostiene que la paz no es un “estado natural” entre los pueblos, sino una tarea que debe plasmarse en instituciones jurídicas. Por eso, la buena intención no basta: hay que organizar el poder de modo que la guerra resulte cada vez más difícil y menos rentable.

Primero formula un conjunto de medidas de desescalada: prohibir tratados con cláusulas secretas que preparen nuevas guerras; impedir que un Estado sea adquirido como propiedad por parte de otro; limitar progresivamente los ejércitos permanentes; no contraer deudas públicas orientadas a fines bélicos; abstenerse de intervenir violentamente en la Constitución y gobierno de otros Estados; y condenar prácticas hostiles que destruyan la confianza futura.

Luego presenta la estructura de una paz duradera: cada Estado debe adoptar una constitución republicana. Debe existir una federación de Estados libres que garantice seguridad mutua sin convertirse en un super-Estado mundial. Hace falta un derecho mínimo: la hospitalidad o “derecho de visita”, que regule el trato a los extranjeros y favorezca el comercio pacífico. Finalmente, Kant propone que no se valen normas secretas. Solo son justas las normas que se pueden sostener a la luz del día porque respetan a los ciudadanos como sujetos racionales y no como simples piezas manipulables.

Recordar en estos días el libro de Kant no es casualidad. Frente a la contemporánea violación de los principios vinculantes del derecho internacional y de las reglas elementales de convivencia -y ante la pretensión de que la conflictividad sea el único modo de conducir las relaciones internacionales- es necesario volver a los clásicos.

 El cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, en una reciente conferencia magistral, el 17 de enero de 2026, sostiene: “En el uso de la fuerza que sustituye a las reglas, en las formas de entendimiento basadas solo en la ventaja y el interés de unos pocos, en la falta de capacidad de abordar las cuestiones comunes mediante soluciones que involucren a todos, encontramos la profunda crisis sufrida por el sistema multilateral de relaciones internacionales. Un análisis más profundo, sin embargo, pone de manifiesto que no se trata solo de la voluntad de los Estados de reducir a un papel marginal de las instituciones internacionales, sino más bien de la afirmación de un multipolarismo inspirado por la primacía del poder y regulado por la capacidad de manifestar la autosuficiencia, por la determinación de preservar las fronteras estatales y ultraestatales pensando que son impermeables. Sin embargo, ya Immanuel Kant, en 1795, en su Por la paz perpetua, indicó que «la violación del derecho que tuvo lugar en un punto de la tierra se siente en todos los puntos»”. En efecto, todo está relacionado.

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