Tres Naciones y una Iglesia Católica
Sin duda la reunión de los líderes católicos de México, Estados Unidos y Canadá revelan la lucha de las “Tres naciones, una Iglesia, un solo Pueblo que Camina en Comunión”, como bien fue titulado el comunicado conjunto de los Pastores al término del encuentro.
El comunicado de los delegados de las Conferencias Episcopales de México, Estados Unidos y Canadá se llevó a cabo en Cuernavaca, Morelos, teniendo como anfitrión a Mons. Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
Asistieron los prelados Mons. Daniel Flores, Vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos; Mons. Pierre Goudreault, Presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá; Mons. Óscar Cantú, Presidente del Subcomité de Asuntos Hispanos/Latinos del Episcopado de los Estados Unidos; y Mons. Eugenio Lira Rugarcía, responsable de la Dimensión Episcopal de Pastoral de la Movilidad Humana.
Los Obispos abordaron “las realidades sociales, políticas, económicas, eclesiales…, y principales desafíos” de las tres naciones, especialmente los problemas de “la movilidad humana, la migración, la dignidad de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial, la evangelización y las posibilidades de colaboración pastoral entre las Iglesias en México, en Estados Unidos y en Canadá”.
Reflexionaron sobre “los vínculos que los unen como pastores de una misma Iglesia” en estos momentos “en que las relaciones entre las naciones pueden experimentar tensiones y diferencias”, “reconocernos como hermanos y trabajar juntos aun cuando nuestras realidades nacionales sean distintas”.
En el comunicado conjunto se afirma que “las Iglesias en Norteamérica, desde su propia misión, quieren contribuir a tender puentes, favorecer el diálogo y promover una cultura del encuentro (cf. Papa Francisco, Fratelli tutti, 216)”.
De ahí que “no se trata de ignorar las diferencias, sino de aprender a caminar juntos desde aquello que nos une: la dignidad de toda persona, la búsqueda del bien común y la misión de anunciar el Evangelio”.
Por lo que “estos encuentros formaron parte del corazón de la reunión”, recordándonos que “la comunión” se “teje” en el trabajo afín de las naciones, sino “en la mesa compartida, en el camino y en el rostro cercano del Pueblo de Dios”.
La Conferencia del Episcopado Mexicano presentó el “panorama de la realidad social, política y económica de México y de su realidad eclesial: un país de grandes contrastes y desafíos —la desigualdad, la violencia, la migración como tierra de origen, de tránsito y también de destino— y, a la vez, un pueblo de fe profunda, de arraigada religiosidad popular y de vitalidad guadalupana, en el que la Iglesia sigue siendo cercana y creíble para muchos”.
Se reflexionó sobre la Encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, que dio al encuentro una clave antropológica: “el misterio del hombre solamente se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, 22); pues “el desarrollo tecnológico es auténtico solo cuando sirve a la persona; la responsabilidad sobre la inteligencia artificial no puede delegarse —no podemos dejar en manos de un algoritmo las decisiones que afectan nuestra dignidad, definiendo quiénes somos, para qué servimos o quiénes deben ser descartados—; y, frente a las narrativas del transhumanismo, el verdadero «más que humano» se alcanza por la gracia, en el humanismo cristiano. Custodiar lo humano —evocando la disyuntiva entre Babel y la reconstrucción de Jerusalén— es hoy una tarea común de la Iglesia en Norteamérica”.
Se consideró la necesidad de “custodiar lo humano como una responsabilidad común de la Iglesia en Norteamérica…, poner a la persona en el centro de la misión y de toda decisión pastoral, y de acompañar las situaciones que afectan especialmente a quienes viven condiciones de vulnerabilidad”.
En palabras del propio Papa León XIV, el modo en que una sociedad trata a los migrantes y a los más frágiles “muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad” (Magnifica Humanitas, 81).
Ocupó un lugar central la migración al observar “el fenómeno desde el país de origen y de tránsito, y después desde los países de destino, permitió mirar juntos las dos orillas de un mismo camino”, siendo un “desafío común a las tres naciones. En los rostros de quienes migran reconocimos historias, necesidades y esperanzas que reclaman cercanía, acompañamiento y solidaridad”.
Mons. Daniel Flores, Vicepresidente, y Mons. Óscar Cantú, Presidente del Subcomité de Asuntos Hispanos/Latinos, compartieron con hondura la experiencia de su Iglesia particular. Recordaron, en primer lugar, que la caridad implica siempre un compromiso con la justicia social (cf. Papa Benedicto XVI, Caritas in veritate, 6)”, al considerar que “el amor a Dios se hace amor concreto en el amor al prójimo; es en el contacto con la realidad —con el rostro de quien sufre— donde la Iglesia encuentra un lugar privilegiado de vida, de conocimiento y aun de reflexión teológica; y es allí donde se manifiesta su riqueza: la capacidad de afrontar la realidad y sus desafíos”.
Experiencia que se vive de manera particular en la frontera con Estados Unidos “al aumentar la llegada de niños y de familias…, que buscaban asilo y protección…”, lo que representa “el rostro humano de la hospitalidad”.
Se reconoció el endurecimiento de las políticas migratorias al considerarlo como un crimen, “cuando en realidad constituye una falta de carácter civil. Todo ello ha sembrado miedo y preocupación en las comunidades locales, desestabilizadas por la separación de familias que han quedado expuestas y sin la protección de la ley”.
Los pastores reconocieron la tensión que ello supone —también para los católicos que participan en la vida pública— y reafirmaron que la defensa del bien común y de la dignidad de toda persona es parte irrenunciable de la misión de la Iglesia.
En este sentido los prelados de Estados Unidos han emprendido una campaña “You Are Not Alone” (“No estás solo”) y su Plan Pastoral Nacional para el Ministerio Hispano/Latino; este último, fruto de un amplio camino de escucha y discernimiento, orientará la misión evangelizadora y el acompañamiento de las comunidades en los próximos años.
Mons. Pierre Goudreault, Presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá, ofreció una mirada complementaria desde una sociedad profundamente diversa y, a la vez, fuertemente secularizada, dado que su población proviene de varias naciones, por lo tanto “un mosaico de culturas, lenguas y religiones.
“En ese contexto, la Iglesia vive su misión atenta a cuatro prioridades: el desarrollo de iniciativas para la sinodalidad, la implementación de una estrategia nacional para el diálogo ecuménico, el discernimiento ante la inteligencia artificial, y la sanación y reconciliación con los pueblos indígenas”.
Lo que se toma como un “desafío mayor es estructural —acompañar con calidad humana y espiritual, y organizar la pastoral de la movilidad, aún en desarrollo—, y por ello Canadá impulsa un nuevo Servicio Nacional para la Movilidad Humana, que teje red entre las diócesis, ofrece formación y promueve una cultura de acogida arraigada en el Evangelio”.
Para la construcción de una comunidad entre las tres naciones, se recalcó la necesidad de “colaboración” mediante el intercambio de sacerdotes y “las misiones de evangelización”. “Esta voluntad de colaboración expresa una convicción compartida: la comunión se construye caminando juntos y poniendo los dones de cada Iglesia al servicio de una misión común”.
En la visita al Seminario de la Diócesis de Cuernavaca, los prelados abrieron un dialogo con los jóvenes, a quienes les dirigieron palabras de aliento y como “Dios se hace presente en el corazón que discierne”.
Se recordó “que la comunión entre las tres naciones se prolonga en el cuidado de las vocaciones: cultivar y acompañar las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada es una responsabilidad compartida y una de las expresiones más concretas de esperanza para la Iglesia en Norteamérica. Por eso resuena con fuerza la invitación del Señor: «La mies es abundante y los trabajadores pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies» (Lucas 10, 2), y el llamado a promover una auténtica cultura vocacional (cf. Concilio Vaticano II, Optatam totius, 2)”.
Se concluyó que “México, Estados Unidos y Canadá son naciones con historias, culturas y realidades diversas. Sin embargo, millones de católicos de los tres países forman parte de una misma Iglesia y comparten una misma fe. Por ello, este encuentro quiso recordar que las fronteras entre las naciones no tienen por qué convertirse en fronteras entre los corazones: la Iglesia puede ser un espacio donde las diferencias se encuentren, donde el diálogo sea posible y donde la fraternidad se traduzca en servicio”.
Remar mar adentro
En la homilía, Mons. Ramón Castro Castro señaló que, como Pedro, que conocía el lago y había trabajado toda la noche, también nosotros conocemos nuestras realidades y tenemos estructuras, programas, recursos y proyectos; y, sin embargo, hemos de reconocer delante del Señor que algunas redes siguen vacías. El Evangelio no nos propone comenzar haciendo más, sino escuchar de nuevo a Cristo: el pastor no es propietario de la Iglesia; es quien permanece a la escucha de Dios para poder escuchar después el clamor de su pueblo, y antes que pastor sigue siendo discípulo.
“Por tu palabra, echaré las redes”: no se trata únicamente de encontrar respuestas eficaces, sino respuestas evangélicas. Una Iglesia puede tener magníficos análisis y perder el Evangelio; muchos recursos y perder la esperanza; grandes principios y olvidar el rostro concreto de la persona; estructuras muy eficientes y dejar de ser una casa donde alguien se siente acogido.
Por eso la cuestión migratoria no es solo una cuestión de fronteras, sino de rostros: detrás de cada política hay familias, detrás de cada estadística una historia, detrás de cada frontera una persona que conserva la esperanza de una vida más digna. La orilla es segura; el mar introduce incertidumbre, y toda renovación auténtica implica salir de la seguridad de la orilla, sin confundir fidelidad con inmovilidad: la fidelidad a Cristo no consiste en quedarnos quietos, sino en avanzar con Él.
Mons Ramón Castro Castro recalcó que “una sola barca no basta: México no puede caminar solo, ni Estados Unidos, ni Canadá. La diversidad no tiene que convertirse en distancia ni la diferencia en división, porque pertenecemos al mismo Señor: “ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 23). La Iglesia no es de México, ni de Estados Unidos, ni de Canadá, ni de una Conferencia Episcopal, ni siquiera de sus pastores: la Iglesia es de Cristo”.
Consideró que los proyectos comunes serán importantes, pero solo serán fecundos si nacen de la convicción de que necesitamos a la otra barca”. “Cristo está en la barca; por eso podemos volver a echar las redes, remar más adentro y llamar a la otra barca, confiando en la gracia de Aquel que nos dijo: “No temas” (Lc 5, 10).

