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¿Sirve de Algo la Ética Política?

Son muchas las condiciones sociales, culturales, económicas y políticas por las que atraviesa México. La oferta de muchas instituciones políticas y esquemas de gobierno, conducen al ciudadano desde la simpatía hasta la pasión absoluta por el caudillo carismático; o lo envuelven en un halo pernicioso de ese tipo de indiferencia que castra y mata la participación ciudadana.

PUNTOS Y APUNTES DE VISTA

Desde otra perspectiva que no es lo clásico de definir, desglosar, calificar y concluir, vale empezar por una vertiente: ¿Qué sucede y cuáles son las condiciones de una estructura social y política, económica y de desarrollo de la comunidad social, cuando la Ética Política se aleja del ejercicio de gobierno y la administración pública?

De entrada, es prudente observar que el concepto conlleva buenas dosis de moralidad y la transversalidad de valores superiores en la tarea de gobernar y legislar. Inicialmente, es valioso traer el planteamiento del maestro Alex Rovira cuando señala que “Donde hay miseria moral, hay miseria económica” y el escribano se arroga el agregar que igualmente se da una miseria familiar, miseria educativa y miseria política, porque, evidentemente, se fractura hasta la raíz, la relación y acción entre el Poder y el Servicio que inspira al primero.

PRECISANDO

No se trata de imponer un “estado confesional” fruto de una doctrina. El propósito macro es ofrecer una serie de principios universales que se dirigen a la conformación y construcción de bien Común, Justicia y Respeto total a la dignidad humana del país. Afirmar lo contrario es manipular con demagogia disolvente a un pueblo.

Es real que cuando en un territorio nacional existe un ayuno grave de Ética Política, se generan diversas consecuencias como: deshumanizar el ejercicio del poder público, porque el concepto total del per sé unum se aísla para ubicar en ese sitio, la búsqueda de más poder gestionado mediante la lucha brutal por el poder en sí mismo, descartando la vocación de servicio, soslayando también a la persona que se desbanca del centro de la acción pública.

Como consecuencia obvia, se va extraviando hasta perderse, la noción de bien común, porque deja de importar al gobernante, el desarrollo integral, solidario y trascendente de las y los ciudadanos, para acumular la mayor cantidad de beneficios de toda índole, para un grupo u organización ideológica.

Desde entonces, el contexto de la justicia social, se transforma en un concepto gelatinoso y maleable a criterio de quien detenta el poder. Se rompe el equilibrio entre los derechos y las responsabilidades, descartando también, la protección y resguardo de la población más vulnerable. Y en la misma línea de la Doctora Adela Cortina, la aporofobia –desprecio institucionalizado y rechazo al pobre- se convierte en una condición normal de vida, para alejarlos de las decisiones políticas. SS Francisco lo definía con enorme puntería: Hacer cosas por los pobres, pero sin los pobres.

Por gravedad, el país entra en una crisis de validez y legitimidad, porque el ciudadano y la comunidad, perciben claramente, que el poder no responde a valores ético, abriendo los espacios a la corrupción, la desviación de recursos, los sobre costos en la obra pública, los contratos otorgados sin licitación ni evaluación de metas y la inconsistencia grave en materia e rendición de cuentas por los elevados niveles de opacidad. Por ello surgen también la desconfianza, la apatía, la indiferencia social y la polarización cada vez más radical.

La opción en esos momentos, es regresar a l a praxis del Humanismo Político que aprecia y valora en la Política, la forma más exigente y sublime del amor a Dios, a la patria, a los semejantes y a la naturaleza, desde las estructuras sociales fraternas, justas y eficaces. Y en ello la Solidaridad y la Subsidiaridad juegan un rol de primera prioridad, porque impulsan la promoción y participación activa y consciente, libre informada de todos los ciudadanos de la comunidad, con respeto eficaz a la autonomía de las más pequeñas o frágiles.

En consecuencia, el ejercicio de la Ética Política, contribuye asimismo, a elevar el nivel de educación y formación ética tanto de las y los ciudadanos como de los gobernantes.

A CONTRARIO SENSU

Y, en sentido contrario, en donde se ausenta la Ética Política, el lenguaje se tuerce y se transforma, para convertirse en un club de máximas narrativas antiimperialistas. De esta manera, se aplaude y defiende ahora, lo que hace unos años, en la práctica neoliberal se satanizaba. Se acusa la perversión de los enemigos del régimen y las trapacerías de los propios, se ignora o minimiza hasta desaparecer en la historia.

Por eso se rechaza en todo tiempo y lugar, la injerencia extranjera, aunque desde lo local se haga lo mismo que se condena. La soberanía nacional se convierte en el mejor argumento para asegurar que los ciudadanos tienen Himno Nacional en contra de cualquier señal de invasión de un extraño enemigo.

A falta de productividad y eficiencia, de éxitos reales y eficaces, se habla de la necesidad de redistribuir la riqueza, dejando de lado el hecho e que primero es necesario generar riqueza. Llegan en su lugar, un alud de “programas sociales masivos” que adormecen y comienzan a racionar los recursos estratégicos mediante una cantidad inmensa de cosas subsidiadas., incluidas todas las obras fracasadas que comprometen el futuro inmediato de la nación, porque así lo dispone el carismático caudillo a quien “el pueblo” debe rendirle pleitesía.

Simultáneamente, estas rampas populistas sin ética política, profundizan la polarización haciendo de la pobreza, la miseria y la ignorancia una virtud del pueblo bueno y sabio.

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