Tianguis Electoral: las Mismas Mañas
Con el proceso electoral de 2027 ya en el horizonte, el escenario político mexicano vuelve a desplegarse con una familiaridad que incomoda: los mismos actores, los mismos discursos y las mismas promesas de siempre. Porque la política, al menos en este país, parece tener memoria corta, pero el ciudadano, lamentablemente, también.
El show de la cercanía
Quienes durante meses ignoraron, abandonaron e incluso bloquearon al ciudadano hoy salen a las calles con abrazos, sonrisas y volantes. Recorren barrios y colonias como si el simple acto de caminar entre la gente fuera una hazaña digna de reconocimiento. Se presentan humildes, cercanos, «de a pie» —como si bajar del aposento del poder para mezclarse con los mortales ordinarios fuera un gesto de profunda generosidad.
Y lo más paradójico: siempre hay quien aplaude. Quien recibe una calcomanía o una dádiva y siente que le entregaron las llaves de la ciudad.
El escenario político se ha convertido en un verdadero tianguis electoral: todos gritan, se señalan, se ofenden, se aplauden y se promocionan. Todos son los buenos. Todos son los expertos. Todos son los grandes servidores de la nación.
El ciudadano frente al espejo
Pero más allá de la crítica a los candidatos, vale la pena voltear el espejo hacia nosotros mismos. ¿Qué tanto hemos avanzado en nuestra capacidad de elegir, escudriñar e investigar a quienes van a gobernar?
Ante este panorama, la pregunta obligada es: ¿cuál es el currículo real del candidato? ¿Qué ha hecho concretamente por su barrio, su colonia o su ciudad? ¿Cómo ha sido su historial político y ciudadano? ¿Cuál es su preparación académica y profesional?
Para muchos, sin embargo, la decisión de voto se reduce a aceptar, como masa, a determinado candidato por el simple hecho de pertenecer a cierto partido —como si la camiseta fuera garantía de desempeño. La historia ya ha demostrado que detrás de esas camisetas puede haber ladrones, corruptos o peor aún, actores vinculados al crimen organizado.
El voto del miedo y el voto del fanatismo
Dos fenómenos preocupantes dominan el ánimo electoral de amplios sectores de la población.
El primero es el voto del miedo: ciudadanos que reciben apoyos sociales y que, temiendo perderlos, optan por votar sin análisis, sin objetividad, arrastrados por lo que dictan las redes sociales. Un voto condicionado no es un voto libre; es una forma de control político disfrazada de asistencia social.
El segundo es el voto del fanatismo: aquel que se entrega por idiosincrasia, por identidad tribal, por lealtad ciega a un partido o a un líder, sin medir las consecuencias que ello implica para el presente y el futuro del país. Es triste, pero cierto: muchos defienden posturas partidistas que van directamente en contra de su propio bienestar.
Decadencia y círculo vicioso
Los signos son evidentes. La crisis en el sector salud, el deterioro de la educación, la inestabilidad económica y la fragilidad institucional son indicadores de que, como nación, no estamos avanzando. Sin embargo, la respuesta política que se ofrece es siempre la misma: los mismos métodos, las mismas palabras, los mismos discursos, las mismas acciones, los mismos individuos.
Prometer que todo mejorará haciendo exactamente lo mismo no es una propuesta; es una trampa. Y caminar en círculos creyendo que el círculo avanza es uno de los errores más costosos que puede cometer una sociedad.
El reto que nadie quiere asumir
No hay variables significativas respecto a otros procesos electorales. Lo que se avecina para 2027 será, en principio, más de lo mismo. Las batallas son distintas, sí —el contexto cambia, los nombres varían— pero la congruencia entre lo que los candidatos dicen y lo que hacen sigue siendo una asignatura pendiente, difícil de creer y más difícil aún de verificar.
El reto es enorme. Y mientras todos los partidos —los negros y los blancos, como suele decirse— hacen un festín con el futuro de quienes habitamos este país, la pregunta sigue en el aire:
¿Cuándo vamos a exigir algo diferente de verdad

