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Unos cuantos libros

LA GACETA DE LA IBEROSFERA. Escuche el rumor de las olas, la suavidad del viento golpeando las cortinas de la habitación desde la que huele a mar o los atardeceres infinitos de la costa, el interior o allá donde cada cual encuentre la paz. Olvídese del trabajo, de todas las aflicciones y de la política (en ocasiones es un tres en uno). Es perentorio sacar de la cabeza a Sánchez, que de él ya se acuerda la juventud española en cada concierto. Saboree los días en familia y piérdase en un libro, que por algo el verano es el momento por excelencia de la lectura, especialmente de la novela y, más aún, de la novela de aventuras. 

Valgan algunas recomendaciones que exceden tal categoría, aunque empezamos por ahí, por la aventura.

El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. No hay que asustarse por el peso de la obra, pues cada hoja ha de leerse con verdadero placer. No es difícil cuando logramos meternos de lleno en la vida del gran Edmundo Dantés, un marino a punto de ascender a capitán y contraer matrimonio con la bellísima Mercedes. Demasiado para los espíritus más envidiosos, que combaten el éxito con una falsa denuncia: le acusan de estar al servicio de Napoleón Bonaparte. Aquello le condena al destierro en el castillo de If, así que ni ascenso ni matrimonio. Dantés escapa de la prisión y encuentra un tesoro escondido que le revela su compañero de celda antes de morir. Luego llega la venganza, siempre tarde y agridulce. La novela transcurre en un escenario tan atractivo como la Marsella de contrabandistas y marinos de principios del XIX. Ay, Francia.

Relatos del mar, de Colón a Hemingway. Se trata de una antología que reúne 46 artículos de diferentes géneros, épocas y nacionalidades con un denominador común: el mar. Aparecen el encallamiento de la nao Santa María cuando Colón se echa a dormir ante la costa de La Española el día de Navidad de 1492 hasta cuentos como Después de la tormenta de Hemingway o Los amotinados de la Bounty, de Julio Verne. Lo mejor es ir al índice y escoger el relato a gusto del lector.

El buque fantasma, del capitán Frederick Marryat, un marino inglés condecorado por su trabajo al lado de lord Cochrane durante la primera mitad del XIX. La historia -creíble en la medida en que la escribe quien ha surcado mares- narra la leyenda del ‘Holandés Errante’, un barco fantasma que no pudo volver a puerto, pues su capitán es condenado a vagar por los océanos. El protagonista, el holandés —pero católico— Philip Vanderdecken, descubre un secreto familiar y trata de liberar a su padre de una maldición, para lo cual debe entregar un relicario y encontrar el famoso buque fantasma. 

La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. El clásico por antonomasia. Un misterioso marinero, Billy Bones, llega a la posada ‘Almirante Benbow’, donde el hijo del dueño, el joven Jim, accede al cofre que contiene un mapa de un tesoro. (En un viaje por motivos futbolísticos a Escocia la guía que nos hace el tour por Edimburgo nos cuenta que Robert Louis Stevenson era asmático y de pequeño, debido a la humedad de la ciudad, pasa grandes temporadas encerrado en su habitación desde cuya ventana contempla a los niños jugar en un parque cercano. Eso le inspira una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos. Los caminos del éxito son inescrutables).

Trafalgar, de Benito Pérez Galdós. Sí, ya sé que a veces pecamos en exceso de idealizar nuestras derrotas. Es una melancolía muy española. Pero es tan buena la novela que merece la pena volver a ella cuantas veces sea necesario. Genial es la narración de la muerte en el San Juan Nepomuceno del almirante Churruca, que presiente el desastre y es contrario a salir de la bahía de Cádiz a buscar a Nelson frente al cabo Trafalgar tal y como dispone Villeneuve, el incompetente gabacho al mando de la flota franco-española, lo cual nos recuerda que llevamos dos siglos obedeciendo órdenes extranjeras en nuestra propia casa. 

A las once de la mañana Churruca manda subir a toda la tropa y marinería a cubierta y les pone de rodillas ante el capellán, al que pide que absuelva “a esos valientes que ignoran lo que les espera en el combate”. No sólo la narración es magistral. La novela es profunda. El protagonista y narrador del primer episodio nacional, el adolescente Gabriel, gaditano del barrio de la Viña, reflexiona acerca del sentido de la guerra cuando va en una barca compartida con ingleses el día después de la batalla. «¿Para qué son las guerras, Dios mío? ¿Por qué estos hombres no han de ser amigos en todas las ocasiones de la vida como lo son en las de peligro? Esto que veo, ¿no prueba que todos los hombres son hermanos?». Ni mucho menos es un alegato contra el patriotismo, pues Galdós —a través de Gabriel— deja en el primer capítulo una de las mejores declaraciones de amor a la patria. “Cercano al sepulcro, y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En cambio, yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día”.

Cambiamos de registro. Aquí somos defensores del turismo nacional, pero si hay que salir Italia es uno de los mejores destinos. 

Cartas de Italia, de Josep Pla. Compendio epistolar de los cuatro años que el escritor catalán recorre Italia de norte a sur. La belleza, el bullicio de sus calles, el recogimiento de las ciudades medievales, la eternidad de Roma, el color del sur, el aroma a café por la mañana, la alegre forma de vida mediterránea reunida en fondas, bares y trattorie… Pla capta el espíritu de un país del que reconoce -como nos ocurre a tantos españoles también en Portugal- no sentirse extranjero.

Aquí van dos novelas tan buenas como breves.

Helena o el mar del verano. Perfecta para leer en vacaciones. Joya de las letras españolas de la posguerra, tal vez por eso ha permanecido en el olvido tanto tiempo. Publicada en 1952, Julián Ayesta, su autor, tiene el don de escribir como los ángeles y la maestría de transportarnos a un mundo mejor. Las narraciones del almuerzo en el jardín y cuando adultos y niños bajan a la playa son un homenaje a la familia, la belleza y el buen gusto. Al leerla uno imagina que está dentro de un cuadro de Sorolla. Es una obra maestra y da pena que sea tan cortita, 89 páginas, así que se lee de una sentada.

Adiós, señor Chips, de James Hilton. Me la recomendó un amigo y siempre le estaré agradecido por ello. La historia transcurre en la Inglaterra del primer tercio del siglo XX en plena efervescencia bélica post victoriana. El protagonista es un profesor de lenguas clásicas, Mr. Chipping, que no puede contener su animadversión hacia la modernidad. En sus páginas encontramos una crítica al nuevo orden —acaba de estallar la Gran Guerra Europea— y cierta nostalgia por la época victoriana. Todos querríamos un profesor como Mr. Chips.

Siempre es buen momento para la mejor literatura, más aún cuando nos encontramos ante tres maravillas de temática histórica que narran las vergüenzas que irritan a los censores modernos.

Una familia de bandidos en 1793. Es una de las novelas que más me ha impresionado en los últimos años. Rescata una historia tan desconocida como real, la de una familia francesa de la región de la Vendeé, cuyos habitantes, casi todos humildes campesinos, son masacrados cuando la Revolución Francesa llama a la puerta. ¿El motivo? Profesar la fe católica. La narración expone en toda su crudeza el terror de aquellos años y el lugar tenebroso al que conducen las luces de la Ilustración cuando se llevan a la práctica. Su autora es María de Sainte-Hèrmine, que vive en primera persona el genocidio que inaugura la modernidad. Dieu le Roi.

Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá. Su comienzo es de esos imposibles de olvidar: «Zambra y revuelo en la cacharrería del Ateneo: llegaba don Ramón con sus barbas de Padre Tajo, sucio, traslucido y mordaz. Hablaba a voces contra el general Primo de Rivera». La obra está dividida en tres partes (Flor de lis, Himno de Riego y La hoz y el martillo) que explican la caída de la monarquía de Alfonso XIII, el advenimiento de la II República y el estallido de la revolución roja dentro de la Guerra Civil. En las páginas se palpa el miedo que Foxá, diplomático, pasa escondido en el Madrid rojo. La obra no sólo tiene el mérito de una calidad literaria sobresaliente, sino que fue publicada antes del fin de la contienda.

Embajador en el infierno, de Torcuato Luca de Tena. Cuenta la historia (real) del gallardo capitán cántabro Teodoro Palacios, once años cautivo en varios campos de concentración de la URSS junto a varios centenares de camaradas de la División Azul. Es la historia de una generación que lo dio todo y no renunció a su credo ni en las peores circunstancias. El premio, para los que pudieron volver, fue el regreso a España a bordo del Semíramis en 1954.

Pero si usted es de los que no desconecta y su cuerpo le pide ensayo hasta debajo de la sombrilla, entonces tome nota:

Se hace tarde y anochece, del cardenal Robert Sarah. El cardenal guineano retrata la decadencia y la hipocresía de occidente, pues si Europa camina hacia el precipicio no es por culpa de los bárbaros que llegan, sino de quienes antes la han corrompido desde dentro. «El hombre que reniega de sus raíces y deja de reconocer el ser que le es propio renuncia a sí mismo o padece amnesia. Europa parece estar programada para su autodestrucción». Sarah asegura que la persecución más dañina contra el cristianismo se lleva a cabo en las democracias occidentales. Ahí se funden el culto al dinero, el desprecio al pasado y la veneración del yo por encima de la comunidad. Nadie habla con tanta claridad dentro de la Iglesia. Merece la pena. 

El retorno de los Dioses fuertes, de R. R. Reno. Cuando nuestros nietos estudien el primer cuarto del siglo XXI es muy probable que necesiten ensayos como el de Reno para comprender por qué Occidente ha virado al proteccionismo, a las identidades nacionales y a las tradiciones frente al mundo feliz construido por el consenso de posguerra nacido en 1945. El fin de la historia proclamado por Fukuyama -por el éxito de la globalización y la desaparición de la URSS- nunca llegó. Quizá porque las élites no contaban con el pueblo.

Arraigo, de Carlos Marín-Blázquez. No lo he leído, pero gente a la que fiaría el cuidado de mis hijos me habla muy bien de esta obra. Su título evoca todo lo que hemos perdido y su autor cita a Simone Weil: «Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Es una de las más difíciles de definir». En otoño, nos haremos con un ejemplar.

Y por último, hágase un favor si usted es de los que fuma en pipa cuando el alcalde de Madrid celebra la independencia de Bolivia o terroristas como Gustavo Petro o la presidenta mexicana de apellido nada precolombino (Sheinbaum) difunden la leyenda negra. Lo mejor es sumergirse en una de las grandes epopeyas de la humanidad, la conquista de México, e imaginarnos que somos parte de la expedición de Cortés entrando en Tenochtitlán. Van dos.

El Dios de la lluvia llora sobre México, del húngaro László Passuth, que tiene una biografía curiosísima. Licenciado en Derecho y empleado en un banco de Budapest, Passuth visita España en 1933 y conoce la historia de Hernán Cortés, del que queda prendado. A partir de ahí comienza el proceso de documentación hasta que publica el libro el año que comienza la II Guerra Mundial. El éxito llega pronto. Durante el asedio del Ejército Rojo a la capital húngara en el otoño de 1944 el libro alcanza una popularidad notable. No es español ni es hispanista, pero el bueno de László pareciera haber nacido frente al Archivo de Indias de Sevilla. –Cuando los Dioses nacían en Extremadura, que no hay título más bello, es otra obra monumental. Rafael García Serrano, el autor, confiesa que escribir esta historia de la conquista es una forma de hacer «ejercicios espirituales de terquedad hispánica» en un momento (la obra ve la luz en 1949) en que «toda la baba del mundo era escupida sobre mi patria». A la epopeya protagonizada por los 515 dioses de romería se suma la cuidadísima prosa de García Serrano.

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