|

Agonía de Europa

Niegan que haya un gobierno mundial y hablan del multilateralismo a todas horas, lo que tendría que levantar nuestras sospechas. Luego comprobamos que hay un patrón que se repite en todas las naciones occidentales cuando el pueblo dice basta. El poder reprime la protesta y deslegitima los motivos de la masa iracunda harta de que le pisen el pescuezo. Esto vale si quienes alzan la voz lo hacen porque están matando el campo, cierran su fábrica o directamente sufren un modernísimo reemplazo demográfico.

Ahora ocurre en Irlanda con las manifestaciones convocadas por la violación de una niña ante un hotel que aloja a solicitantes de asilo. Cambia el decorado, que son los países y los gobiernos, más el final siempre es el mismo. Da igual que sean las tres pequeñas inglesas asesinadas en Southport el año pasado, la joven violada en Alcalá de Henares en verano o los cuatro niños franceses apuñalados en un parque de Annecy. Hay un hilo conductor: el peligro que temen las élites siempre es la reacción, no el crimen previo.

En esta pequeña ciudad limítrofe con Suiza, por cierto, hubo un héroe. Fue un peregrino católico, Henri, que recorría las catedrales de Francia y no dudó en lanzarse contra el sarraceno de turno. El héroe de la mochila, le apodaron en la prensa, así que es imposible no acordarnos de nuestro Ignacio Echeverría, el del monopatín, que entregó su vida en españolísima hidalguía a orillas del Támesis. Este tipo de gente es la que desprecia nuestro mundo moderno, cuyo plan es pastorearnos y que asistamos impávidos -anestesiados por el fútbol, las pantallas o cualquier otro vicio- a la caída de occidente.

El año pasado, durante una de las protestas que Tommy Robinson convocó en Londres, un youtuber entrevistó a un inglés que podría ser el fenotipo de hombre occidental del siglo XXI. Varón, mediana edad, blanco, clase media menguante. Decía que estaba harto de encontrarse tiendas de apuestas y bares por todos lados, que hay que detener la inmigración masiva, que no puede ser que haya millonarios volando en avión privado mientras imponen prohibiciones de todo tipo a la gente corriente. No me digan, este tipo podría ser nuestro vecino, una de esas voces que escuchamos en las redes sociales o en la cola del súper, pero jamás en los grandes medios porque la reacción de las autoridades es la de perseguir a la población originaria. Eso está pasando.

La foto general de tantos rincones de Europa nos deja noticias que hace unos años creeríamos sacadas de una novela distópica. En el mundo feliz que un día fue Inglaterra han lanzado una campaña para crear vagones exclusivos de mujeres por el aumento de la inseguridad. Aquí la izquierda catalana —tan laica, ilustrada, hija de la guillotina y esnob hasta la náusea— defiende las clases en árabe como herramienta de inclusión. Velos por barretinas. Y toda esta decadencia en ambas naciones tiene el sello homologado de la corona. A Carlos III le vimos empaquetar dátiles durante el último Ramadán. Nuestro Felipe VI entiende que la amenaza son los populismos que traen la polarización mientras defiende las leyes de memoria histórica, los «derechos reproductivos» y las políticas climáticas. Menos mal que no se podía meter en política.

Luego hay quien se extraña de que la derecha social se haya revuelto contra algunos símbolos que en casa eran sagrados hasta hace dos telediarios. La santísima trinidad búmer: la Constitución, la Conferencia Episcopal y el Rey. Contra la Constitución porque no defiende la nación y ampara a sus enemigos. Contra los obispos porque se preocupan más por mantener el estatus quo bipartidista que por los cristianos masacrados en Nigeria. Y contra el monarca porque legitima a los enemigos de la continuidad histórica de España.

Hace 100 años Unamuno, que por encima de todo siempre se enfrentó al poder, escribe en La agonía del cristianismo durante su exilio parisino que sólo agoniza el que vive luchando contra la vida misma. Y contra la muerte. Que quien agoniza no es un moribundo. Que se puede morir sin agonía y vivir de ella. Es la jaculatoria de Santa Teresa de Jesús: muero porque no muero.

Oficialmente Europa no agoniza ni está en guerra. A su pueblo le han declarado una guerra de verdad en sus calles, colegios y templos, aunque tal cosa no existe en los salones enmoquetados del poder. Ahí nos avisan de que el peligro está a miles de kilómetros de nuestras casas entre los Cárpatos y los Urales. Mienten con tal aplomo y están tan acostumbrados a ello que cualquier día nos cuentan que el robo del Louvre fue cosa de la KGB.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *