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Anatomía del sujeto revolucionario

LA GACETA DE LA IBEROSFERA. No es posible entender el tiempo en que vivimos si no se hace un esfuerzo por desentrañar la psicología del individuo que lo protagoniza. Y ese individuo no responde al arquetipo del televidente pasivo, ni del consumidor hastiado, ni del anónimo trabajador que con su esfuerzo diario apuntala el maltrecho armazón de una sociedad que se tambalea. El protagonista de nuestro tiempo es el producto de una extraña hibridación: la que resulta de fusionar una visión puritana del orden social con el fanatismo ideológico de quien pretende incendiar el mundo para edificar sobre sus cenizas un paraíso radiante.

No importa que numéricamente se encuentre en minoría. Lo que importa es su capacidad para unirse a un puñado de sujetos cortados por el mismo patrón y, llegado el momento, monopolizar el foco mediático. En una sociedad como la nuestra, desvertebrada y con escasos atisbos de resistencia cívica, una pequeña milicia de agitadores basta para intimidar a la mayoría. Esto —una realidad tan antigua, por otra parte, como el uso estratégico de la violencia bolchevique— es lo que hemos vivido en España en el curso de los últimos años. Pero lo curioso es que, al contrario de lo que sucede en las revueltas que verdaderamente cuestionan la legitimidad de un régimen inicuo, en España ha sido el propio sistema quien en la mayoría de los casos ha incitado el estallido de estos movimientos sediciosos.     

Todo ello tiene una explicación. Pertenece a la esencia de nuestro tiempo haber creado un perfil psicológico con una tipología característica: el sujeto revolucionario. Se trata de un patrón humano en el que se amalgaman dos rasgos preponderantes: el resentimiento y la intransigencia. El primero es producto de atribuir a la civilización occidental la causa de todos los males presentes. El segundo aparece cuando uno se cree investido de una pureza moral tan resueltamente incontestable que le lleva a catalogar a quienes no comparten su visión de lo que debería ser el mundo como a una especie inferior y, en consecuencia, legítimamente aniquilable.  

Dada la imposibilidad de llegar a ver cumplidos la totalidad de sus deseos, el sujeto revolucionario se condena a vivir en una estado de insatisfacción permanente. Su hábitat natural es el conflicto. Pero no el conflicto dialéctico, la disensión razonada, la búsqueda de la verdad a través del contraste con los argumentos del otro, sino una forma de interacción con el oponente que, en una escala variable de intensidad, abarca desde el epíteto deshumanizador a la algarada callejera.  

El sujeto revolucionario se erige así en el principal actor político de esta Europa en vías de disolución. Es él quien acapara las pantallas de los televisores. Es él quien habla por boca de los tertulianos de cuota y quien decide qué temas deben ocupar el centro del debate y cuáles no. Las reglas del juego al que todos jugamos las establece únicamente él. 

Si a alguien le intriga el motivo por el que el sujeto revolucionario ejerce este dominio casi absoluto sobre la esfera de lo público, haría muy bien en repasar el sensacional artículo que José Javier Esparza publicaba en esta misma cabecera el pasado 23 de septiembre. Ahí está todo. Por lo demás, es evidente que los valores que el sujeto revolucionario esgrime son los que se hallan en consonancia con los principios que, desde sus orígenes, la modernidad política ha establecido como incontestables. Lo que ha hecho la autodenominada izquierda es utilizar la energía disgregadora de este espécimen sociológico en beneficio de sus cambiantes intereses. Unas veces para asaltar el poder, otras para mantenerse en el gobierno, la izquierda ha sabido echar mano de esta minoría significativa cada vez que se hallaba en una situación comprometida. Y así, en nuestra realidad más próxima, mientras el paro crece, la corrupción se desmadra, la incompetencia gubernamental multiplica la magnitud destructiva de los desastres naturales o problemas tan determinantes para una sociedad como el funcionamiento de los servicios públicos, la inmigración descontrolada o el acceso a la vivienda no dejan de agravarse, las calles se llenan de individuos que exhiben una indignación vociferante y rabiosa por asuntos que, misteriosamente, nada tienen que ver con lo anterior. 

Con lo que desembocamos en la gran paradoja de nuestro tiempo, y es que a día de hoy nuestro sujeto revolucionario no ejerce como feroz luchador por las causas del bien y la justicia comunes, no se significa como defensor de los desheredados ni brilla como paladín de los excluidos de la sociedad. No. Muy al contrario, nuestro sujeto revolucionario, con frecuencia acomodado perceptor de algún estipendio estatal, ha pasado a representar —en connivencia con el servilismo que exhibe la mayor parte de los medios de propaganda públicos y privados— un factor primordial para la supervivencia de la estirpe de privilegiados que lo manejan a su antojo.  Y mientras el fraude se perpetúa, los auténticos damnificados del actual orden de cosas permanecen al margen de los focos. Si la sociedad se descompone en una nube de átomos, es porque eso es justamente lo que se pretende: enfrentarnos, dividirnos, volvernos extraños los unos para los otros. Como muy certeramente escribe Pascal Bruckner: «El prójimo se ha vuelto lejano y lo lejano, inaccesible».

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