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No es su siglo

LA GACETA DE LA IBEROSFERS. En julio de 2001 la izquierda antiglobalización se manifiesta en la ciudad italiana de Génova que acoge la reunión del G-8. La contracumbre anticapitalista reúne a distintas familias de la izquierda postsoviética en plena reconstrucción. España no queda al margen y muy pronto se producen réplicas con importantes disturbios. La imagen que se repite en las protestas contra el capitalismo —hegemónico en casi todo el planeta— es la del asalto y vandalización de locales de las grandes multinacionales.

Un cuarto de siglo después la derecha que se impone en occidente es proteccionista y defiende lo autóctono frente al proyecto globalista. Es verdad que globalización y globalismo no son precisamente lo mismo, pues el primero es el proceso de homogenización del modelo económico provocado por el desarrollo material y tecnológico en todo el mundo, mientras que el segundo es la imposición de un único gobierno para todos los países. Hay quien considera que lo primero conduce inevitablemente a lo segundo, pero eso da para otro debate.

Cuando vemos esas imágenes de inicio de siglo apreciamos que la izquierda que antes atacaba una sucursal de McDonald’s o Starbucks hoy encuentra en ellas al mecenas que patrocina sus delirios climáticos o sus aberraciones de género. Este es el gran cambio que ha traído el XXI. La clase obrera, estupefacta, ve cómo sus partidos le quitan el coche, le invitan a no formar una familia ni tener hijos, a no comer carne, le ofrecen cursillos para deconstruir su masculinidad tóxica mientras (¡agárrese a la silla!) abren las fronteras al islam. 

El gran capital y la extrema izquierda se funden en esa mezcolanza que hoy llaman consenso e institucionalidad. Ahí están todos, resistiendo por mantener el sistema que parió la posguerra en 1945. Unos invocan el socialismo y disimulan, camuflados en la palestina, que no forman parte del mundo del dinero transnacional. Otros apelan a la democracia liberal, si es que tal cosa sigue existiendo, cuando la erosión de las identidades nacionales a la que tanto contribuyen se ha llevado todo por delante.

El proceso de mutación afecta a todo occidente. Sorprende, sin embargo, la miopía que demuestra en España el partido que se ha repartido el poder con el PSOE durante décadas. Circula una encuesta que dice que VOX crece demasiado y eso suscita nervios en Génova, que reacciona denunciando una pinza entre Abascal y Sánchez. A Feijoo le susurran que la decepción del verano de 2023 se produjo por los pactos autonómicos con VOX y ahora no debe dar al Gobierno la munición de visibilizar que su llegada a la Moncloa depende de Abascal.

La ceguera es de tal calibre que aún no comprenden cómo es posible que un partido que abandona el poder de forma voluntaria sólo haya crecido desde entonces. La respuesta es sencilla si mirasen lo ocurrido a nuestro alrededor en la última década, la del Brexit y Trump, fenómenos consolidados en muchos lugares de Europa como reacción, entre otras cosas, a que ser autóctono equivale a ser extranjero en tu propia ciudad. Y si no, que pregunten a los londinenses qué tal con su alcalde musulmán. Estas realidades, que no son encuestas, explican el auge de la derecha alternativa cuando se distancia del bipartidismo.  

El sondeo, por supuesto, es lo de menos. Lo importante son los síntomas que apreciamos en las reacciones trufadas de cortoplacismo de unos señores que, incapaces de asimilar los grandes cambios, creen que seguimos en los años 90. Nada de eso. Caen todos los mitos: desde los gurús demoscópicos que antes diseñaban estrategias y campañas hasta el propio rey, del que es imposible no acordarnos hoy, 3 de octubre, octavo aniversario del histórico discurso pronunciado contra el golpe separatista, aunque hacerlo nos conduzca a la nostalgia y la frustración de que quizá la única ensoñación que vivimos aquellos días fueron sus palabras.

El marco ya no es la Constitución. España también es otra por mucho que la prensa más cortesana dedique estos titulares al monarca: «Felipe VI se aferra a la ONU, la UE y la Transición: multilateralismo, fortaleza y consenso».  Cuando leemos algo así uno se pregunta dónde estaría ese periodista el día que Trump dijo ante la Asamblea de la ONU en 2019 que el futuro pertenece a los patriotas. Suponemos que llorando la marcha de Rajoy, que tres años antes decidió no enviar por primera vez a un delegado a la convención del Partido Republicano. González Pons acudió a la de Hillary Clinton. No parece que estén en su siglo.

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