El sistema democrático es complejo. En ocasiones se confunde con los procesos electorales y se limita a su realización, pero no es así. La democracia suele dividirse en representativa y participativa. Las dos tienen su propia dinámica. Podríamos decir que la primera es la que se considera típicamente como política, en tanto que la segunda es político-social.

La democracia representativa, tal como la pretendemos practicar en México, ha evolucionado en los últimos años a partir de la transición, que, entre otras cosas, implicaba la alternancia en el poder por diversas fuerzas políticas. El monopolio del poder que el PRI ejerció desde el triunfo del grupo de los sonorenses, con Plutarco Elías Calles como su gestor y Lázaro Cárdenas como su perfeccionador, implanto una democracia simulada que en realidad pretendía ocultar una dictadura con tales controles, que mereció ser calificada como “perfecta” por Mario Vargas Llosa, aunque no haya sido él el único en denunciarla, pero su calidad de Premio Nobel popularizó la frase.

Uno de los elementos fundamentales para la implantación de la dictadura priísta, calificada por alguno de sus miembros como “democracia dirigida”, fue el proceso electoral. La forma de organizar las elecciones, la designación de los candidatos y el proceso mismo fueron de tales características, que, salvo raras excepciones, y no sin el consentimiento gubernamental, el partido llegó a perder algún puesto por esa vía. Y cuando perdía, arrebataba, como dice la canción.

Hacer del proceso electoral un punto de partida confiable de la democracia representativa mexicana, requirió un largo proceso donde la sociedad fue participando de manera creciente, tanto en la vida cívica como en los partidos políticos. Se requirió una fuerte presión social, una nueva participación política de la ciudadanía que desconfiaba del sistema y se había vuelto indiferente, y la debilidad del partido como consecuencia de una ruptura interna, para que el proceso electoral saliera del control que el gobierno ejercía a través de la Comisión Federal Electoral, con sede en la Secretaría de Gobernación.

Sin embargo, el rejuego no fue fácil y el sistema opuso todo lo que pudo para tratar de estovar la evolución del sistema electoral. Todos los politólogos hacen énfasis en las condiciones para que el proceso electoral sea confiable. Va desde la forma en que se determina quiénes y cómo van a votar, hasta la calificación final de la elección para determinar a los triunfadores.

El padrón electoral debe ser confiable. Antes prácticamente no había requisitos para tener acceso a la credencial de elector. Eso permitía que una persona pudiera tener varias credenciales y, por lo tanto, votar varias veces. Al mismo tiempo, era posible que una persona votara por otros, con lo que el sufragio controlado o grupal pudiera ser fácilmente controlado. Y aunque había tinta que se suponía indeleble, en realidad se borraba con facilidad. Se pidió una credencial con fotografía y el Registro Nacional de Electores, también controlado por Gobernación, dijo que no era posible. El gobierno del PAN en Baja California los desmintió, emitiendo por primera vez la credencial con fotografía para unas elecciones locales. La consecuencia fue, primero, la desaparición del Registro Nacional de Electores y la emisión de una credencial emitida por el IFE con fotografía que, hoy por hoy, es el medio por el cual los mexicanos nos identificamos. Para muchos puede parecer algo simple, pero no fue así.

El segundo elemento es quién organiza las elecciones. Durante gran parte del Siglo pasado, era el propio gobierno a través de la Comisión Federal Electoral presidida por el Secretario de Gobernación. Era un organismo integrado por los partidos, tres de los cuales los controlaba el gobierno y solo uno era independiente. También estaban presentes representantes del Senado y la Cámara de Diputados (todos del PRI). ¿Quién ganaba las votaciones cuando había un tema en conflicto? El PRI.

Aunque se suponía que las casillas eran integradas por ciudadanos independientes, casualmente solían ser presidentes, secretarios o escrutadores de los sindicatos, organizaciones campesinas o populares integradas al PRI.

Adicionalmente, cuando había elecciones competidas, se producían fenómenos como “carrusel”, votos dobles, urnas rellenas antes de la apertura del proceso, compra del voto y por si eso no era suficiente, pues entonces se robaban las urnas o en el camino para entregarlas, se sustituían.

Todo eso fue cambiando, aunque las mañas no han desaparecido, pero los controles son más fuertes. Se buscó la integración de organismos electorales independientes, no partidizados, y cuando llegó ese momento, la sociedad confió en el proceso y el PRI perdió. Pero no solo el PRI, desde entonces la alternancia de los partidos en los cargos ha sido un fenómeno recurrente.

¿A qué viene todo esto? A advertir el peligro de que todo este avance se pierda, si el Instituto Electoral (heredero del IFE), cae en manos de un solo partido: Morena, PRI, PAN. Y hoy existe este riesgo, pues el presidente tiene un gran resentimiento por haber perdido las elecciones en el 2006 y señala como uno de los culpables, al organismo autónomo que organizó las elecciones de entonces, el hoy INE, y va por él, como fue por la Comisión Nacional de los Derechos humanos. Podría escenificarse la temporada II de la misma serie: acabar con los organismos autónomos.

Eso significa que como sociedad debemos estar vigilantes del proceso que ya se ha iniciado. Debemos ser observadores de los nombres de quienes participan y de quienes sean los elegidos por ser sometidos a la votación de la Cámara de Diputados, controlada por Morena. Hay, pues, señales de alarma. La pretensión de quedarse con todo ha sido denunciada por Porfirio Muñoz Ledo, de la bancada de Morena.

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No. 290

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