La pandemia del COVID-19 puso en jaque a la humanidad. Se generó una movilización en todos los países para tratar de atajar sus efectos. La razón de la emergencia médica es una sola: salvar vidas. La preservación de la vida humana es algo más que un instinto, es un principio fundamental para las personas y las sociedades. Las acciones colaterales, como la paralización de ciudades enteras, el cierre de empresas y el confinamiento, fueron medidas tendientes a evitar el contagio acelerado, a pesar de que se entendía que un número importante de los afectados saldría airoso, pero más o menos un 10 por ciento perderían la vida. Al mismo tiempo, se preveía que los hospitales se saturarían y eso impediría atender y curar a quienes sufrieran daños severos por la presencia del virus en el cuerpo humano.

 

Las medidas adoptadas fueron dolorosas, sin duda: parálisis social, parálisis económica, desempleo e incremento de la pobreza ahí donde, como México, no existen mecanismos de protección a los desempleados y no se adoptan medidas contra cíclicas. Con ello se afecta, también, a la vida humana, pero se estima que los daños podrían ser menores y temporales. En cambio, la muerte no tiene remedio.

 

Todas estas medidas aplaudidas por unos y criticadas por otros giran en torno al valor de la vida y lo que ella conlleva. Sin embargo, todas estas acciones chocan con la cultura de la muerte y las acciones que en el contexto mismo de la crisis se están adoptando en contra de la familia y lo que ella representa en la transmisión, preservación y desarrollo de la vida.

 

Quizá encerrados en un egoísmo disfrazado de búsqueda del bienestar social, los gobernantes impusieron o promovieron las medidas contra la pandemia. Sin embargo, ellos mismos y sus predecesores han promovido y desarrollado una verdadera pandemia contra la familia, que hunde sus raíces en el pensamiento marxista de Federico Engels y promovida por los partidos y gobiernos inspirados en dicha filosofía, aunque se disfracen de capitalistas.

 

Se atenta contra la naturaleza de la familia al pretender homologarla a las uniones entre personas del mismo sexo, porque una de las razones de ser de aquella es la transmisión de la vida, y las segundas son incapaces por naturaleza de transmitir la vida, aunque pretendan ejercer el derecho de adopción. Se promueve, también, la fácil disolución o la desaparición del vínculo familiar. Como consecuencia de ello, el Estado pretende apoderarse de los hijos, rechazando y eliminando la patria potestad y negando los derechos de los padres derivados de la paternidad.

 

Si la unión de parejas del mismo sexo es estéril, con afán de disminuir la población se ha llevado tal mentalidad a la familia, posibilitada por todas las formas de control natal, desde la píldora anticonceptiva, hasta la esterilización permanente de hombres y mujeres, ofreciéndola como un gran beneficio para el goce desenfrenado de la sexualidad, al mismo tiempo que se genera una sociedad erotizada con la moda y los espectáculos.

 

Pero como no todos usan los métodos de control natal y surgen embarazos “inesperados” o no deseados, se gestó toda una campaña de promoción del aborto que ha provocado más muertes que el COVID-19 en todo el mundo. Los niños muertos en el seno materno se cuentan por millones, con la tolerancia, autorización y hasta promoción de los gobiernos. Los pretextos para acabar con la vida humana en desarrollo dentro del vientre materno son múltiples, los de la vieja eugenesia adoptada por el nazismo, el derecho de la mujer sobre su cuerpo y el desprecio del cuerpo del otro, la salud materna y hasta la conservación de la figura femenina. En el extremo están aquellas que cínicamente matan a su hijo porque sí. En esto son cómplices los legisladores, el sistema de “salud” y los jueces en casi todo el mundo. Amparados por una falsa concepción de los derechos humanos promovida por la burocracia de la ONU y que se han tragado muchos países. México forma parte de estas naciones y Olga Sánchez Cordero, otrora ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que aprobó el aborto en la Ciudad de México, ahora lo promueve en el contexto de la pandemia desde la Secretaría de Gobernación, buscando el apoyo de los diputados de Morena en los estados.

 

Pero si los niños llegan a nacer, el Estado busca apropiárselos para educarlos e incorporarlos a la forma de pensar, la ideología, del gobierno en turno. Para ello, el sistema educativo niega el derecho de los padres a educar a los hijos, se apropia del sistema educativo para lavar las mentes de los niños, tal y como lo propuso Plutarco Elías Calles en el “grito de Guadalajara”, olvidado por unos y desconocido por otros, pero con continuos intentos de aplicarlo por nuestro sistema desde 1917, y utilizado ahora por la SEP para introducir la ideología de género en las escuelas, que genera promiscuidad y embarazos de jovencitas, a quienes se busca aplicar el aborto sin el consentimiento de los padres.

 

Esto es mucho más grave que las otras formas totalitarias que busca promover la transformación política en la economía o en la política, pues afecta a todas las personas humanas. La pandemia y sus consecuencias van de lo físico a la mente, las otras pandemias, van de la mente a lo físico. Es algo que debemos ver, denunciar y oponernos.

 

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No. 302

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