La pésima situación mundial agravada por la crisis del Covid-19 es una realidad. Las consecuencias a nivel macro y micro, pero especialmente a nivel conceptual, las tratamos en Pandemonium I y II. Aquello que avanzamos y temimos que se convirtiera en realidad, es ya un hecho. El último año ha sido aprovechado por determinadas fuerzas para asentar los cimientos del nuevo paradigma global disfrazado de necesidad imperante para afrontar los futuros retos a los que nos enfrentamos en los campos sanitarios y de gestión de recursos. O al menos eso es lo que nos dicen.

 

El pasado mes de enero, entre los días 25 y 29, tuvo lugar el primer encuentro del Foro de Davos de este año de manera telemática. Algo inusual ya que un encuentro semejante requiere la presencia de cientos de personas de gran influencia. Quizás, precisamente por eso y por primera vez, se reúnen de nuevo en Singapur en agosto tras adelantarse la fecha que estaba planificada en septiembre.

 

Estoy seguro de que muchos no se habrán dado cuenta de la importancia de este pequeño matiz. El Foro de Davos se llama así porque tiene lugar en la pequeña localidad Suiza del mismo nombre, situado en pleno corazón de Europa y, de alguna manera, señalando la importancia del bloque occidental como hegemonía sobre el resto del planeta.

 

Pero ya no es así. El hecho de que se vaya a realizar el segundo encuentro en esta localidad asiática ya nos advierte del giro del poder a este rincón del planeta en detrimento de la actual balanza de poder. Si hasta ahora Estados Unidos ha sido la primera potencia del mundo en las últimas décadas, todo apunta a que ya no será así en la realidad postplandemia según las “predicciones” del Foro Económico Mundial (FEM) para 2030. Y lo escribo entrecomillado porque solo un ingenuo puede entender que realmente es una predicción y no algo largamente planeado. Por si alguien sigue dudando de esto, tan solo hay que echar un vistazo al invitado de honor este año: Xi Jinping.

 

El nuevo emperador chino, cuya figura se está equiparando directamente con Mao Zedong, proclamó en la sesión inaugural de este año que “el mundo no volverá a ser lo que fue en el pasado”. Declaración de intenciones sin anestesia. Lo peor (o lo mejor), es que no miente. Como dice el refranero popular español, “el que avisa no es traidor”, y esto es un aviso a navegantes.

 

Si China ha sido defendida a capa y espada por siniestros personajes como Bill Gates por su capacidad para paliar las consecuencias del Covid-19, es por algo. Si este año es el invitado de honor y China es ejemplo de economía resiliente y de efectividad política, es por algo. Si Donald Trump ha trabajado durante cuatro años de manera frenética para enfrentarse al dominio chino e intentar recuperar el poder perdido en las últimas décadas, es por algo.

 

Ese poder que ha sustentado Estados Unidos se asienta en los acuerdos de Breton Woods de 1944 en los que los Aliados, más todas aquellas potencias que habían declarado la guerra a las fuerzas del eje antes del 1 de abril de 1944, proclamaron a los cuatro vientos la llegada de un Nuevo Orden Económico Mundial, justo donde EE.UU. sería el centro irradiante. Esos pactos sirvieron para asentar las bases que permitirían construir en los años venideros instituciones supranacionales como la ONU, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Salud, y un largo etcétera.

 

Estas instituciones, con sus más y sus menos, han fagocitado la soberanía clásica de los pueblos para que ahora recaiga sobre los hombros de cientos de miles de funcionarios y de una élite supranacional que en absoluto miran por el bien de la humanidad sino por el de ellos mismos. Esa soberanía deslocalizada ha sido aprovechada por China de manera brillante en las últimas décadas ya que, como país totalitario y con el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, sabía que podría mantener la suya propia a buen recaudo a pesar de la mala imagen que profesa en la esfera internacional.

 

Mientras el bloque occidental ha sido inducido al suicidio como hegemónico por sus gobernantes y la educación ha producido generaciones que se han vuelto contra sí mismos –ideología de género y lo políticamente correcto mediante-, China ha comido terreno a todos sus adversarios a la par que educa a sus jóvenes en la dualidad hombre-mujer. Mientras aquí se nos enseñan las decenas o cientos de géneros que existen en la mente de algunos pocos, en China se enseña a dominar el mundo. Tan sencillo como eso. Cuando un país soberano quiere hacerse con cierta cuota de poder, sabe perfectamente lo que tiene que hacer. El caso occidental se estudiará en el futuro como el ejemplo contrario a lo que debe hacerse para sobrevivir en un mundo cambiante.

 

Lo que supone este ejemplo

Creo que no asusto a nadie si afirmo que la democracia ha muerto, si es que alguna vez existió. Y digo esto porque con lo acontecido en las últimas elecciones estadounidenses, y tras las confirmaciones de la revista TIME, se ha demostrado que la democracia occidental de corte parlamentario liberal ha favorecido el auge de unos poderes tecnológicos monstruosos que han acabado fagocitando la voluntad de los ciudadanos y dirigiendo, mediante la censura encubierta de delitos de odio, la realidad de nuestros sistemas políticos.

 

En apenas unos meses, muchos han despertado de un letargo para descubrir que, tras la falsa realidad promocionada por los medios de comunicación de masas, se esconde una máquina de poder perfectamente organizado que dirige nuestras vidas y nuestra forma de pensar mediante técnicas de control psicológico de masas y a través de una educación cada vez más ideologizada. Estos poderes que ya se han quitado la careta y que, como se señala en el artículo antes mencionado, se muestran orgullosos de haber manipulado unas elecciones para “salvaguardar” la democracia, son los mismos que han favorecido el auge del Dragón Asiático en las últimas décadas (sin menosprecio de la propia capacidad de los chinos para potenciar y mejorar aquello que tocan).

 

Aquí hago referencia a una entrevista de George Soros en el Financial Times en 2009, en la que señala que China debe hacerse con el Nuevo Orden Mundial (“own it”), así como lo ha hecho Estados Unidos en las últimas décadas. Si no supiéramos de sobra ya la narrativa que utilizan señores como este, posiblemente no entenderíamos a lo que se estaba refiriendo exactamente.

 

Hace más de una década que ya se proyecta la hegemonía China por los grandes poderes transnacionales. Cabe recordar que los Estados ya no son soberanos, sino que son utilizados por determinados personajes o familias como plataformas para el dominio económico-político. Eso explica la inquina con la que los demócratas y los progresistas han atacado a Trump. No podían permitirse perder de nuevo una plataforma de dominio mundial como es Estados Unidos, así han hecho todo lo posible para evitarlo.

 

¿Por qué el cambio?

El cambio a una China como país dominante a escala planetaria tiene graves consecuencias para el mundo actual y las libertades que hemos disfrutado en las últimas décadas. No en vano, el Gran Reseteo planificado por el FEM tiene mucho de totalitarismo comunista en el plano de estructuración de Estado y sociedad fusionado con un capitalismo entre partes. Exactamente lo que es China, comunismo de Estado, economía capitalista planificada con permiso para comerciar en determinadas áreas con otras potencias, todo siempre bajo la estricta observancia del partido.

 

Pero he aquí la importancia del discurso de nuevo. Mientras en las dictaduras abiertamente reconocidas se suele utilizar un lenguaje más directo para detallar cuáles son las libertades que uno tiene, en el bloque occidental se ha ido imponiendo esa dictadura de lo políticamente correcto por asfixia del disidente mediante los delitos de odio y una política subjetiva basada en los sentimientos y no una objetiva basada en los datos.

 

No puede imponerse una dictadura global semejante en todos los lugares del mundo ya que cada región o país tiene su propia identidad, cultura, relación entre significados y significantes, etc.

 

De ahí que toda la narrativa que recubre el Gran Reseteo sea planteada en positivo ante las perspectivas de un futuro apasionante, inclusivo, verde, feminista, transversal, tecnológico, limpio y una larga rastra de palabras vacías de contenido. Todo lo que nos recomiendan los grandes gurús tecnológicopolítico-económicos nos dirige a un campo de concentración tecnológico, como es China, pero a escala global. Detrás de cada propuesta se esconde más control, más Estado, menos autonomía, menos libertad colectiva y del individuo, menos propiedad, menos elección y, como no, una ausencia de trascendencia divina absoluta. El nuevo dios será el Estado, aún más de lo que es ahora para millones de personas.

 

Todo esto no puede implantarse si no es mediante una “nueva normalidad” regida por una nueva relación entre gobernantes y gobernados. Qué casualidad que Klaus Schwab, presidente del FEM desde su inauguración en 1971, describiera en su obra ‘COVID-19: El Gran Reseteo’ publicada el verano pasado, la necesidad de un nuevo contrato social para, de alguna manera, regular esas nuevas relaciones y el corpus legislativo que lo regirá.

 

Más casualidad es haber visto a Pedro Sánchez, presidente socialista de España, presentar esa misma propuesta en el Foro de Davos último como si fuera una idea suya. Como decía anteriormente, ya se han quitado la careta y no les importa en absoluto que los hilos de control de poder de arriba abajo sean visibles de manera descarada.

 

Qué hacer

Brevemente he descrito una serie de escenarios a nivel prospectivo que se tienen planificados a nivel global cuya plataforma inicial sería la Agenda Global 2030 a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU ya presentados de manera oficial desde el año 2008 en el mismo Foro de Davos.

 

El cambio de paradigma total podría plantearse a escala planetaria dentro de 50 años (digitalización y robotización de nuestras economías), por lo que todavía queda mucho para imponerse y, por lo tanto, para evitar que ocurra tal y como nos lo están contando.

 

La desmoralización ante esta información es común, pero me atrevo a apuntar a que es algo con lo que se cuenta. “Nada podemos hacer, esto es inevitable”, es la respuesta más habitual. Me niego a bajar los brazos y renunciar a dar la batalla. El poder que se plantea tiene como base el miedo y el extremo individualismo de nuestras sociedades. Si nosotros perdemos el miedo, ellos pierden su poder. Tan sencillo como eso.

 

Siempre digo que la batalla cultural a la que nos hemos sumado relativamente hace poco está dando sus frutos. La parte que nos toca, en este momento, no es luchar contra los poderosos de tú a tú, sino ayudar a nuestros compatriotas a entender la cárcel de oro en la que estamos viviendo sin que muchos se den cuenta. En cuanto una masa crítica comprenda que estamos siendo llevados como ganado al matadero de la nueva normalidad en aras de la protección de la Madre Tierra o como quieran llamarlo, el punto de no retorno se habrá alcanzado.

 

Hemos de llegar a ese punto antes que ellos puedan alcanzar sus metas. El futuro de la humanidad y de nuestras libertades está en juego. Esto no es una exageración. Nunca antes en la historia del ser humano tan pocos han tenido tanto poder. No permitamos que nuestra condición humana acabe reducida a interactuar como robots entre nosotros alcanzando el estatus de Homo Deus antropocéntrico.

Sirva esto para motivarles a ustedes, queridos lectores, a apoyar iniciativas como esta que puedan ayudar a los demás a comprender lo que está ocurriendo lejos de la pseudorrealidad en la que estamos inmersos. Ahora más que nunca todos somos necesarios.

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No. 348

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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