La descripción que Eduardo Campos hizo de la relajada vida que llevaba Caro Quintero en el Reclusorio Norte del entonces Distrito Federal, en El Norte de Monterrey a ocho meses de haber sido detenido (diciembre de 1985), es una joya de evidencia de la corrupción política.

 

Este es un extracto:

Hablando casi a gritos, con un acento norteño distintivo de los hombres del campo, Caro Quintero profiere toda clase de insultos a los policías, y a las autoridades en general, cuando recuerda la forma en que ha sido tratado.

 

“Nomás fíjese, me decomisaron un avión nada más porque viajé en él. A mis hijos les quitaron una línea aérea que mi mujer les compró, hasta a mis abogados los metieron al bote y todo sin pruebas ni justificación”, dice.

 

Las autoridades, señala, cometieron un grave error al detenerlo, pues siempre les ha sido útil afuera. “Yo limpié de bandas de asaltabancos y salteadores de caminos desde Jalisco hasta la frontera, cosa que ellos nunca podrían hacer”.

 

Mire, cuando dijeron que [Sara Cosío Vidaurri] estaba secuestrada, ella andaba en Costa Rica en un Toyota del año comprando todo lo que le daba la gana”.

 

“Nada más pregunte de dónde sacó el cuñado (el hermano de Sara) el reloj de 50 mil dólares que trae. Imagínese, yo me iba a cenar y a comer con la suegra (Cristina Martínez Cosío)”.

 

Gracias a una videocasetera que posee, junto con una televisión portátil de color, Caro Quintero puede ver el estado de los animales y de sus tierras, ya que sus ayudantes le envían periódicamente grabaciones e informes de todo cuanto acontece en ellos.

 

Frente a la cama, otros estantes sirven de escritorio y para mantener ropa y pocos libros. Abajo destacan dos imágenes de la Virgen de Guadalupe y una del Santo Niño de Atocha.

 

Al salir del dormitorio, después de que otro recluso le prepara el almuerzo, sale a recibirnos no sin antes saludar a los casi 20 visitantes que para las 13:00 horas se habían reunido en el jardín.

 

Colgando del cuello, sobre la camisa, lleva un llamativo “medallón” sostenido por cadenas dobles de oro con brillantes engarzados en toda su extensión.

 

En el “medallón”, de forma romboide, destaca un juego de piedras negras que hacen un mosaico entre el oro y los brillantes.

 

En su muñeca derecha, un brazalete de 25 centímetros de largo y labrado en caminos de oro y brillantes, lleva el mismo mosaico de piedras negras, que su vez concuerda con el de un anillo que lleva con la misma figura.

 

Su muñeca izquierda luce un reloj de oro, cuya carátula está delineada por brillantes pequeños.

 

“Desde que llegué he sacado como a unos 300, pagándoles las fianzas”, expresa. “Precisamente hace poco saqué a un muchacho que ya tenía aquí un año por 15 mil pesos de fianza. ¿Usted cree?, no se darán cuenta estos pen… de que les sale más cara la comida”.

 

Para sus amistades y trabajadores, Rafael Caro Quintero es “El Señor”.

La reverencia es tal que a la hora que sale de su celda listo para almorzar, todas las personas, reclusos y visitantes, salen del edificio para que él pueda ser atendido sin molestias al tomar sus alimentos.

Su importancia dentro del Reclusorio es indiscutible, ya que a nadie sorprende la visita del jefe de vigilancia a la hora del almuerzo. El vigilante es autorizado a pasar al comedor para platicar con Caro Quintero por algunos minutos.

 

Sus hijos varones, Héctor Rafael de 9 años, Enoch Emilio de 6 y Mario Gibrand de 2, lo visitan casi a diario y pueden quedarse con él a ver televisión.

 

“Yo no tengo educación, lo único que aprendí fue a dar lata, pero tengo confianza en que voy a salir libre una vez que las presiones se acaben, dice”.

 

Seguramente las presiones se acabaron el 9 de agosto de 2013 cuando salió libre…

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