Escribo este artículo en vísperas de las elecciones del 2 de junio. Difícil saber o prever el resultado después de una apabullante exposición de encuestas favorables a Morena, salvo raras excepciones que consideraron que había empate técnico. Cuando el lector revise estas líneas seguramente ya se tendrá el resultado provisional de la elección –faltará la decisión final del Tribunal Federal Electoral del Poder Judicial de la Federación–.

 

Una vez aclarado lo anterior, conviene reflexionar acerca de lo que se llegó a calificar como “las elecciones” del miedo y el alcance de esta expresión.

 

Un elemento importante de la campaña por parte de la oposición y de grupos importantes de la sociedad, fue una visión del proceso como dos alternativas: el mantenimiento del sistema democrático representado por ellos, o el peligro de una dictadura como segundo piso de la 4T.

 

Los argumentos respecto del peligro dictatorial fueron tanto basados en la realidad de acciones o propuestas de la 4T y Morena, o en suspicacias de posibles acciones en razón de la ideología o propuestas de algunos de los grupos de Morena, que aunque no fueron avalados finalmente por el Partido como plataforma para la elección, representan una corriente de pensamiento de la izquierda radical que se hospeda en él, como es el caso de la expropiación de la propiedad privada para convertirla en concesión, de acuerdo con el proyecto de Nueva Constitución que circula entre ellos.

 

De los hechos concretos consta la desaparición de fideicomisos por parte del Ejecutivo para destinar, se supone, esos recursos a los programas sociales; las encuestas a mano alzada, nada representativas, que sirvieron de “apoyo” para la toma de decisiones, como el freno de la construcción del aeropuerto de Texcoco; los ataques a los organismos autónomos, incluido el INE, eliminando contrapesos al centralismo presidencial, y, entre otros más, la confrontación con la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el abordaje a la misma con incondicionales.

 

Y aunque el Presidente afirmó siempre que se mantenían las libertades, como la de expresión, los insultos y descalificaciones que hizo desde la mañanera presidencial a intelectuales que no se le sometieron o a comunicadores críticos o independientes, fue una forma clara de intento de acallar o desprestigiar a sus críticos, a quienes no dudó en designar como enemigos. Esto en un contexto de asesinatos de periodistas durante el sexenio y un atentado a Ciro Gómez Leyva –uno de los agredidos por el Presidente-, que no resultó fatal gracias a que viajaba en una camioneta blindada (precaución oportuna ante el clima de violencia que se ha vivido).

 

Por otra parte, la no política de seguridad pública resumida por el propio presidente como “abrazos y no balazos” ante el crimen organizado, propició que estemos a punto de llegar a 200 mil asesinatos violentos durante el sexenio, sin que se logre capturar y castigar a los autores. Quien sale de su casa no está seguro de estar a salvo de un ataque semejante. Esto incluyó a los políticos, que según Intergralia, un total de 749 candidatos, políticos, funcionarios o sus familiares fueron víctimas de algún tipo de agresión (asesinatos, amenazas, desapariciones o secuestro) desde septiembre de 2023. Por su parte, se habla de que, durante la campaña, hasta la última semana de mayo se registraron 157 agresiones, 51 asesinato, 9 secuestros, 22 atentados y 75 amenazas.

 

Como en las elecciones intermedias, resultó evidente la participación del crimen organizado en los hechos de violencia, los secuestros y las amenazas, al grado de que hubo candidatos y funcionarios de casilla que se rehusaron a participar en el proceso electoral. De momento ignoro si estos hechos provocarán la anulación de algunas casillas o elecciones locales.

 

Resulta claro que una democracia madura no puede operar bajo un escenario como el señalado. La responsabilidad de evitarlo es doble. Por una parte, las autoridades de todos los niveles, haciendo valer la ley y combatiendo el crimen, en cuanto a la violencia se refiere; adicionalmente respetando y fortaleciendo la separación de poderes y a los organismos autónomos como elementos de equilibro, con la debida coordinación, Por otra parte, nos toca a toda la sociedad trabajar a paso acelerado en la educación democrática, el saneamiento de los partidos políticos o la creación de nuevos que sean verdaderas alternativas que se liberen del lastre del desprestigio que arrastran.

 

Como se ve, más allá del resultado electoral, hay mucha tarea que hacer desde ahora y no esperar a las coyunturas electorales, para empezar a ocuparnos por fortalecer la democracia en México, y no esperar, llenos de pánico, a las próximas elecciones.

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