La libertad frente al miedo Todavía no salimos de nuestro asombro por la velocidad que ha tomado la imposición del pensamiento único en los últimos meses. Millares de autómatas repiten las nuevas verdades políticas que, teñidas de salud pública, les entregan premasticadas los grandes medios de comunicación. El unísono es atronador.

 

Sorprende también la violencia de las reacciones contra toda disonancia. El resquicio que parecían representar las redes sociales frente al bloque monolítico de los medios masivos se cierra a ojos vista.

 

La cancelación de toda diferencia incómoda es un hecho patente, aunque se dé siempre con un bautismo de apertura y diversidad.

El mundialismo progresista divulga un pensamiento aparentemente pacífico y pluralista, pero impone sus cánones con una fuerza abrumadora.

 

Este pensamiento surge del matrimonio incestuoso entre el ultracapitalismo y la gauche-caviar, ocupada en la exaltación de minorías grotescas e identidades enlatadas en una lucha a muerte contra la cultura occidental, fuente –a su modo de ver– de guerras y de todos los males de la humanidad.

 

De estas ideas debe nacer un hombre nuevo, libre de toda atadura, de toda rémora del pasado; carente de religión, raza y nacionalidad; sin cultura, familia ni sexo definido. Su destino es explotarse a sí mismo trabajando sin descanso para pagar su rato de sosiego contemplativo, su bien ganada hora de mirar Netflix acariciando a su gato persa. Su acicate es soñar con la fundación de su propia startup. Su doble vida se da en el hilo de Instagram, donde cuenta los likes que acumulan sus selfies.

 

Este Narciso embrutecido, triste esclavo que se siente ciudadano del mundo en una edad post-política, es el consumidor perfecto: el individuo desnudo ante el mercado.

 

Y el mercado también se perfecciona, se hace más homogéneo a fuerza de uniformar individuos. Todo es más simple, y las ganancias, mayores.

 

Pero ¿por qué vemos ahora un avance tan implacable de esta agenda que parece no tener grietas? La raíz parece estar en el consenso imperante entre los poderosos. Hace ya muchas décadas que se difunde el pensamiento de la escuela de Fráncfort, cada vez con menos oposición.

 

Ha copado el mundo de la cultura y el de la academia mientras la mal llamada derecha se replegaba en la economía y la gestión, hermana tonta de la política. En las universidades más prestigiosas, donde se forman los llamados a influir en el manejo de la sociedad, ya no queda lugar para una cosmovisión distinta. Quienes dirigen el mundo hoy abrevaron ayer de esas fuentes. Occidente enfermó de foucaultismo.

Es natural que un sistema de pensamiento, una cosmovisión, no se limite a ver el mundo sino que influya en la forma en la que se quiere interactuar con él. Cuando esa cosmovisión inspira a personas influyentes, es lógico que se materialice en objetivos.

 

Ahora que esa nueva cosmovisión ha llegado a ser compartida por la abrumadora mayoría de los dirigentes occidentales, lo sorprendente sería que no se plasmara en una agenda común.

 

Pero la velocidad impresa a esa agenda en los últimos años –y muy especialmente desde la llegada de la pandemia china– es verdaderamente pasmosa.

 

El mundo occidental ya estaba, en gran medida, conformado por un enjambre de individuos desnudos ante el mercado. La llegada de las redes sociales, o, mejor dicho, su enorme difusión en el último lustro, provocó una brutal aceleración en el cambio de las costumbres. El hombre, que había ya dejado de ser un animal político, deja incluso de ser social a pasos agigantados.

 

Se da en las redes una continua exhibición de lo privado que elimina lo público ahogándolo en un ruidoso océano de vanidad. Pero el encierro general y, sobre todo, el terror del contacto humano impuesto con la nueva peste como instrumento, provocó una huida hacia adelante en la que la vida en las redes que, al principio, espejaba la vida real, adquiere el lugar central y relega la vida real a una mera sombra.

 

¡Cuánto más grave es, en este contexto, el ejercicio de la policía del pensamiento por los dueños de esas redes sociales y su ejército de verificadores que consagran lo políticamente correcto como un dato indiscutible!

 

La eliminación de las cuentas en esas redes sociales es ya asimilable a la muerte civil. No es este, sin embargo, el único efecto conseguido –y, podemos deducir, perseguido– mediante la histeria colectiva causada con el coronavirus.

 

El individuo, es verdad, estaba ya prácticamente desnudo ante el mercado. Lo estaba por su exhibicionismo y por su permeabilidad al pensamiento premasticado ofrecido para su consumo, lo estaba por la facilidad con la que –gracias a varias décadas de marketing– se le podían infundir nuevas necesidades. Pero estaba cómodo, y un hombre cómodo difícilmente obedezca órdenes directas y urgentes.

 

Nos adentramos en el estadio de una nueva disciplina y las órdenes han de ser obedecidas. Ya no basta con que los hombres voten a quien se les indique como votable y compren lo que se les señale como deseable: deben vivir y ajustar toda su conducta a lo establecido por la nueva tecnocracia, deben pensar con las ideas que les infunda la intelligentsia y deben sentir pavor por todo apartamiento y denunciarlo con actitud ciudadana.

 

El individuo venía arropado de una serie de conquistas sociales, a las que difícilmente renunciara y que son trabas para la forma económica que se quiere dar a este nuevo mundo.

 

El apocalipsis climático, profetizado por tantos años, no alcanzaba para aterrorizar a la mayoría o no lo conseguía suficientemente rápido. Las manifestaciones místicas de la ceñuda niña Greta, vestal del clima, enternecían a varios desprevenidos, pero seguían sin gozar de la popularidad de Sri Sri Ravi Shankar o de U2. Hacía falta encontrar un camino más eficaz para producir el terror, necesario cimiento del cambio.

 

La pandemia de coronavirus era una oportunidad que la superclase global no podía dejar pasar.

 

Los encierros generalizados impuestos en casi todo el mundo no son inocentes. Vano es discutir acerca de su pretendida eficacia para evitar la propagación de una peste respiratoria: el objetivo no es ese.

Debemos, mejor, concentrarnos en lo que aparece como indeseables consecuencias secundarias: el cambio de conducta por terror al contacto y la eliminación de la sociabilidad a la que hicimos referencia más arriba, la depresión, ansiedad y problemas psiquiátricos varios y, finalmente, la desaparición de un sinnúmero de pequeñas empresas y negocios y la pérdida del empleo de millones y millones de personas.

 

No son consecuencias secundarias, son el objetivo. Suena atroz, parece el fruto de una imaginación trasnochada, de un delirio conspiranoico, pero es el caso.

 

Hasta hace pocos años se señalaba como conspiranoico al que alegara la existencia de tal o cual plan u objetivo del mundialismo, contrario a la herencia occidental en cualquiera de sus formas. Hoy son los mismos popes del mundialismo los que revelan esos planes sin tapujo ninguno. Las formas veladas son sombras del pasado.

 

Ya queda poco lugar para la discusión acerca de la existencia de los planes antioccidentales: lo que nos valdrá el mote de conspiranoicos es el hecho de manifestarnos en contra de esos planes.

 

Cuando Klaus Schwab insiste sobre la necesidad del Great Reset y profetiza que en algunas décadas no tendremos nada propio, sino que todo lo alquilaremos y nos será entregado mediante un drone, pero que seremos felices; empezamos a preguntarnos cuál será el camino para que dejemos de tener lo que tenemos y a quién le alquilaremos todo.

 

No hay locación sin locador y esta liberación de la propiedad no es tal sino una transferencia. Si permitimos que, con la excusa de la pandemia, sigan asfixiando a las pequeñas empresas, parece bastante lógico que el mercado quedará en las manos de las grandes y que millares y millares de empobrecidos se irán viendo forzados a malvender lo que les quede para sobrevivir.

 

Quienes esperan comprar el mundo casi regalado son los llamados a alquilárnoslo todo en un futuro que estos augures anuncian como próximo y luminoso.

 

No se trata de que no estemos frente a una epidemia muy extendida. No se trata de que un virus de cierta peligrosidad no esté causando daños reales.

 

Lo que aparece notorio es la instrumentalización de esa amenaza para producir cambios sociales y económicos.

 

El primer paso fue magnificar la acción del virus chino. Sin entrar en la discusión acerca del posible sobre-registro en varios países del coronavirus como causa de muerte, la diferencia de tratamiento entre esta enfermedad y las conocidas anteriormente no deja lugar a discusión seria.

 

En efecto, hay algunas pestes que –según las estadísticas oficiales de la OMS– son comparables en forma y velocidad de contagio y, también, bastante más mortales que esta que viene a la moda. Un ejemplo claro es la tuberculosis, que infecta alrededor de 10 millones de personas al año y mata al 15%.

 

No hay cuarentenas por tuberculosis ni, menos aún, bombardeo mediático sobre el número diario de infectados y muertos, su biografía y detalles estremecedores sobre sus últimos momentos.

 

Tampoco hay actores de televisión, deportistas de elite, participantes de reality-shows, youtubers, instagrammers, twitteros ni demás formadores de opinión conmoviéndonos con su experiencia personal con la tuberculosis. Se publica la estadística general anual, con casi dos años de atraso. El efecto psicológico es totalmente distinto. El terror da lugar a la obediencia, pero la obediencia dura más que el terror.

 

Narciso Bobo, que vivía para el placer, ahora vive para sobrevivir. Es tal su terror, que puede vivir como un asceta durante un año.

 

De la continua bacanal a las vidas desnudas en pocos días, el experimento del coronavirus funcionó.

 

La OMS aclaró (tarde) que no eran recomendables las mascarillas para la generalidad de las personas sanas... pero siguen siendo obligatorias en casi todos lados. ¿Por qué las imponen? Porque vieron que pueden, que nos sometemos.

 

La nueva normalidad se anuncia antisocial y con gran restricción de libertades individuales. La exacerbación de éstas resultó útil para debilitar el orden anterior: se contrapuso la sociedad civil al estado y se disolvió la comunidad política. Hoy, las libertades deben ceder el paso a la conformación de un nuevo orden.

 

El experimento funcionó. Se vio claramente como, ante el terror de la muerte, el hombre perdía su capacidad de revuelta. También se verificó que ese terror podía ser fácilmente manipulado.

 

Nada impide que el fenómeno se replique, con una excusa u otra, las veces que sea necesario para terminar de ejecutar el Great Reset. El camino no requiere, como se ha visto también en varias experiencias, ceñirse a las formalidades impuestas por el constitucionalismo decimonónico.

 

El caso argentino es especialmente notable. El Congreso volvió a funcionar de manera telemática o mixta bastante cerca del inicio de las restricciones. El temario de los proyectos a tratar en ese cuerpo legislativo estuvo, al principio, acotado a lo que fuera necesario para abordar la emergencia sanitaria. Sin embargo, el gobierno mantuvo al país sometido a una de las cuarentenas más largas y estúpidas del globo por simples decretos, sin consultar jamás al Congreso.

 

La Constitución prohíbe limitar las garantías sin control legislativo. Poco importa. El terror basta. La campaña propagandística fue tal (con la complicidad de todos los grandes medios de comunicación) que la presión social se hizo casi monolítica. No hubo un juez que cuestionara la constitucionalidad de las restricciones.

 

Los cambios constitucionales se darán en los hechos, por el miedo, y serán veloces, porque se ha visto que la sociedad no se rebela. Es claro, a estas alturas, que la sociedad acepta cambiar libertad por seguridad, o por lo que le venden como ‘seguridad’.

 

Sin una reacción política firme y esclarecida, podemos despedirnos de nuestras libertades, probablemente de nuestra propiedad y ciertamente de nuestra forma de vivir.

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No. 353

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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