Quienes vivimos en el siglo 21 somos testigos de una revolución cultural que se profundiza cada día más y se manifiesta en la Agenda 2030 para el desarrollo sustentable, una agenda asumida sin ningún proceso democrático y que de facto le da un nuevo significado al orden político, legal y social de una nación. La Agenda 2030 representa una verdadera revolución cultural, porque en definitiva lo que se pretende ejercer en el plano económico y político no es más que la aplicación de una determinada filosofía o ideología de fondo y que es central en dicha Agenda: la ideología de género. La misma Agenda dedica el Objetivo 5 (igualdad de género) y Objetivo 10 (reducción de las desigualdades) para imponer el “reconocimiento” de la identidad de género como derecho humano a nivel mundial. No porque sí la insistencia de que “la incorporación sistemática de una perspectiva de género en la implementación de la Agenda es crucial.”

La Agenda 2030 no busca simplemente “ampliar derechos” civiles a una parte de la población presuntamente oprimida, sino que se trata de una verdadera revolución “identitaria” para imponer un nuevo paradigma del ser humano.

 

Pero dicha revolución identitaria nos está llevando hacia la aniquilación del ser humano como tal en nombre de la libertad, dando paso a una nueva categoría: la identidad de género.

 

Dicha ideología niega la realidad de la persona humana y su naturaleza en una especie de dicotomía extrema: nuestro cuerpo no refleja nuestra mente, por lo que un hombre puede estar “atrapado” en el cuerpo de una mujer y se debe acomodar o transformar su cuerpo de acuerdo con sus sentimientos. Pero esto no termina ahí, sino que, al convertirse en la filosofía fundante de una Agenda global, se exige por todo medio posible que tanto la población como el sistema político y legal de una nación acepte la identidad de género como la identidad constitutiva de la persona, aún si dicha identidad niega la constitución biológica del ser humano.

 

Este cambio de paradigma cultural se viene desarrollando desde hace décadas y su primacía ideológica se manifiesta en la eliminación de toda idea o voz que lo cuestione. De ahí la censura constante y la cultura de la cancelación que ha engendrado la situación actual. No es de sorprenderse, por ejemplo, la rapidez con que las legislaturas, sistemas judiciales, universidades, organizaciones varias e incluso intelectuales veletas y comodines adoptan sin cuestionar la “perspectiva de género” bajo la presión de la ONU y distintos organismos financieros, temerosos de quedar fuera o deslegitimizados culturalmente si no abrazan la Agenda 2030.

 

Hoy no está permitido cuestionar los falsos presupuestos filosóficos que guían dicha Agenda: Uno no nace hombre o mujer, sino que “se hace”, “se auto construye” en una identidad determinada; el sexo es una “construcción social” impuesta por los padres; el género es una “construcción personal” radicalmente independiente de la biología, de tal manera que las expresiones “varón y masculino podrían, con la misma facilidad, designar un cuerpo tanto femenino como masculino y mujer y femenino designar uno masculino con la misma facilidad que uno femenino”, según Judith Butler, principal exponente de la ideóloga del género. La sociedad, por otra parte, es vista como corruptora, ya que etiqueta, impone un sexo biológico, obliga a vivir de acuerdo con expectativas que hacen de la persona un ser inauténtico. Pero he ahí la gran paradoja: aunque hay que liberarse de esa sociedad y sus normas opresivas para construir una identidad en nombre de la libertad (fundada en los sentimientos), se obliga a su vez a la sociedad a aceptar esa identidad en nombre de la libertad, de tal manera que sin ese elemento de aprobación social dicha identidad parece incompleta.

 

Esto último es clave para entender los autodenominados grupos de derechos humanos. El objetivo principal de dicho activismo es lograr cambios culturales, políticos e institucionales no tanto para “ampliar derechos”, sino para obligar a reconocer las nuevas identidades y “diversidades sexuales”. De fondo, lo que se sostiene es que la persona tiene derecho no solo a auto-percibirse de acuerdo con sus sentimientos, sino que además tiene el derecho a que los demás lo reconozcan como tal. El no reconocer ese supuesto derecho es enmarcado como crimen de odio, daño psicológico, violencia simbólica. Esto explica el fenómeno de la “cultura de la cancelación” y distintas medidas totalitarias políticas y legales, tanto en el plano local como global, que se están tomando.

 

El lenguaje que uno usa, lo que se enseña, los posteos en redes sociales, se vuelven “problemáticos” si causan “daño psicológico”, por lo que deben ser controlados, suprimidos y castigados. Esto ha dado origen al fenómeno de la “cultura de la cancelación” dentro de las mismas universidades. El resultado es un verdadero “caos ético donde la intolerancia se disfraza de tolerancia y donde la libertad individual es aplastada por la tiranía del grupo”, afirma Camille Paglia. Y esto se extiende también al nivel estatal, como es el caso del INADI en la Argentina, una verdadera policía del pensamiento para atacar a quien no se pliegue a esta agenda. En el plano corporativo privado, una de las carreras más demandadas hoy en día es la de “oficial de la diversidad e inclusión”, por lo que han explotado las opciones de matriculación universitaria para entrenar en “cultura inclusiva”, “discriminación inconsciente” o “estrategias para la diversidad e inclusión de géneros”.

 

En Canadá es obligatorio, por la Ley 16 (2016), dirigirse a cada persona según su “género percibido” y empleando el pronombre correspondiente a las decenas de géneros. En la ciudad de Nueva York, este “crimen de odio” está tipificado con multas de hasta US$ 250.000, mientras que en el estado de California uno puede ir a prisión por la misma razón. Además, la Ley 77 de Ontario (2015) prohíbe cualquier tipo de terapia para menores que luchan contra la disforia de género u otros trastornos de su identidad, en contra del parecer de numerosos psiquiatras. La dirección totalitaria que esta ideología está tomando tiene incluso repercusiones no imaginadas para la familia.

 

La Ley 89 de Ontario (2017) da a entender que el Estado es garante de los derechos de los niños contra sus mismos padres en materia de identidad de género y orientación sexual y establece la prohibición de adopción para parejas que no acepten el dogma del género.

 

A nivel internacional la embestida es tal, que el 4 de febrero de 2021 el presidente Biden publicó un Memorándum Presidencial por el que los derechos LGBTQ serán prioridad durante su mandato. El documento ordena a las agencias estadounidenses que trabajan en el extranjero a combatir cualquier medida que afecte a la comunidad LGBTQ y ordena al Departamento de Estado que incluya la violencia, la discriminación y las leyes anti-LGBTQ en su informe anual de derechos humanos. Además, el presidente amenaza con emplear sanciones económicas para aquellos países que no se plieguen al esfuerzo. La misma Oficina de Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos publicó un llamado a la contribución para elaborar un informe sobre “Género, orientación sexual e identidad de género”. En resumen, la ONU tendrá pronto una lista negra de las personas e instituciones que se opongan a la agenda género. El documento llama a denunciar a “los principales actores”, sus “argumentos” y los “relatos que, bajo diferentes líneas de caracterización (incluida la acusación de la denominada ‘ideología de género’), tratan de eliminar el marco de género de los instrumentos y procesos de la normativa internacional de derechos humanos y de los documentos legislativos y normativos nacionales”. Entre las narrativas peligrosas a denunciar se encuentran las “narrativas religiosas o tradicionales” empleadas para “obstaculizar la adopción de medidas legislativas o de política pública” en relación con el “género, la orientación sexual y la identidad de género”, además del uso de la libertad religiosa para “limitar el disfrute de los derechos humanos (incluidos los derechos sexuales y reproductivos) de las personas LGBT”.

 

El informe también busca presionar a los Estados, especialmente en relación con “medidas de política pública, legislación o acceso a la justicia” y la aplicación de la “educación sexual integral en las escuelas”. Además, el documento está plagado de ideología: habla de las diferencias de sexo como “construcción social”, afirma que la “identidad de género” no tiene “correlación directa y necesaria con el sexo biológico”, defiende “la validez de una amplia gama de orientaciones sexuales e identidades de género” e introduce la novedad ideológica de que “la raza y el género están interconectados”. Quien no reconozca esto debe ser denunciado.

 

Ante la posibilidad real de padecer un boicot político, laboral y económico, más la cancelación cultural y persecución judicial de quienes resisten la ideología de género, es importante plantearse estrategias ante este desafío. Estamos verdaderamente ante una redefinición del ser humano que incluso buscará reflejarse en las Constituciones de nuestros países. ¿Qué hacer?

 

En primer lugar, no podemos enfrentar solos la embestida progresista. Es necesario forjar comunidades y movimientos sociales, religiosos y políticos que en la unión de ideales encuentren su fuerza y constituyan una verdadera “contracultura” donde se viva intensamente el ideal trascendente de ser humano y asistan a la familia en su labor formativa.

 

Para eso se necesita la unión de líderes religiosos que tengan valentía y claridad de ideas, líderes culturales que aglutinen el movimiento en defensa de la vida y la familia y líderes políticos que materialicen este combate con medidas concretas y por medio de instituciones que sean subsidiarias del trabajo familiar.

 

En segundo lugar, la formación es clave en esta batalla cultural, especialmente la formación de líderes, ya sean líderes políticos, de comunidades religiosas, de movimientos sociales, de centros educativos o padres de familia. Hoy es más importante que nunca el formarse bien por una simple razón: en el pasado existía toda una cultura basada en valores tradicionales que en cierta manera suplía cualquier deficiencia en la formación.

 

Hoy en día esa cultura no existe y si los padres no están bien formados serán incapaces de llenar el vacío cultural creado por la revolución cultural actual. Si queremos generar una verdadera revolución contra-cultural, debemos estar bien formados. Para esto será también esencial defender los derechos de los padres y la libertad religiosa.

 

En tercer lugar, hay que educar en el amor. Una consecuencia directa de la revolución sexual e identitaria es que, al reducir al ser humano al mero placer genital, este ha perdido la capacidad de amar. ¿Cómo salir de esto? Por la educación en el amor en el seno familiar. El educar en el amor es tarea primordial de los padres, pero para eso se debe formar uno primero y se deben tomar medidas concretas para educar a los hijos en el carácter.

 

Esto último es clave, porque solo una persona con carácter es capaz de amar verdaderamente, porque el amor requiere olvidarse a uno mismo, dejar de lado todo sentimentalismo y entregarse en la consecución de lo bueno, lo justo y lo verdadero. De esa manera, es clave ser buenos ciudadanos y vivir de acuerdo con una ley natural que el mundo de hoy rechaza: vivir en el mundo, pero sin pertenecer a él, con un realismo que impacte y cuyas vidas sean un testimonio viviente ante el falso ideal identitario e híper sexualizado del hombre moderno que conduce a la muerte. La vida y la alegría de vivir en plenitud atraen más que cualquier ideología y sus falsas promesas.

 

En cuarto lugar, es hora de apagar el televisor y prender el cerebro. Debemos tener un cuidado enorme con los medios de comunicación, redes sociales, internet, televisión, porque es un hecho que los medios hegemónicos trabajan activamente para acelerar el proceso de revolución cultural. No tenemos que ser ingenuo y controlar lo que uno mira y lo que miran nuestros hijos.

 

Finalmente, tenemos que ser responsables. Que haga de la mejor manera aquello que le corresponde hacer. El espíritu mediocre nunca ha logrado nada. Vivimos inmersos en una cultura de la victimización, por lo que la puerta de salida en una situación así será siempre la responsabilidad de las propias acciones. Nunca es tarde para poner orden a la vida, tomar responsablemente nuestro destino y así trascender el caos social en el que nos tocó vivir.

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No. 348

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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