El Gran Reinicio, del Foro Económico Mundial, y la Agenda 2030, de Naciones Unidas, ocupan infinidad de telediarios, artículos en prensa, webinars, conversaciones, y un largo etcétera. El primero, de iniciativa privada, y el segundo, de corte público. O, al menos, así es en teoría, porque en la práctica se trata de dos “foros” de encuentro en los que prima el interés privado (corporativo o de partido), independientemente de si las personas que participan en ellos son gobernantes o gerentes de empresas. Después de todo, ¿en qué consiste eso del “interés público”? Hoy se puede decir que la política persigue la consecución del poder o su mantenimiento, mientras que la empresa privada busca maximizar sus beneficios o los de sus accionistas (una acción, en principio, legítima).

 

El Gran Reinicio y la Agenda 2030 gozan de una importancia capital principalmente por lo que representan: un plan de salvación o, más aún, mesiánico. No constituyen solo un proyecto que ayude a lograr la sostenibilidad política, económica, social de la especie humana, sino que traen un mensaje de redención “del ser humano por parte del poder político”. La prudencia nos previene ante semejante aspiración. Se hace necesario un profundo examen de revisión crítica, cuando no de renuncia total a esta pretensión. La historia aconseja rechazar todo intento de instauración del “reino de los cielos en la tierra” por el carácter irrevocablemente liberticida que siempre han tenido las propuestas de este tipo. Quien las quiera proponer ha de demostrar la inocencia de sus intenciones.

 

Las dudas sobre las intenciones del Foro de Davos y la ONU se han puesto sobradamente de manifiesto en diferentes artículos y declaraciones por quien escribe estas líneas, así como por muchos de los autores de este libro, por lo que no entraré a valorar el fondo de sendas iniciativas salvíficas. Baste decir que no se tratan ni de dos ni de tres, sino de uno solo bajo diferente nombre, pues su autoría también es idéntica, y no denota atisbo alguno de inocencia.

 

En cambio, sí creo que merece la pena ahondar en uno de los principales aliados de estos proyectos: la izquierda neomarxista.

 

Como todo plan propositivo que viene a resolver alguna deficiencia del sistema actual, en primer lugar, el Gran Reseteo adopta un tono autojustificativo que empieza por señalar la gravedad de los problemas presentes. Esa gravedad es tan grande que no basta con cambiar: ahora se necesita algo más, se requiere una abolición (el cambio, por definición, entraña una cierta relación entre lo anterior y lo presente, y entre lo presente y lo futuro; la abolición es borrón y cuenta nueva). Se propone la abolición de la actual forma de vida bajo la coartada de que es un sistema con un mal moral e instrumental intrínseco. En su lugar, se postula la búsqueda del progreso en sentido finalista. Y, ante semejante objetivo, ¿quién mejor que una izquierda de corte revolucionario, siempre entusiasmada ante el reto de derogar Occidente, al que tacha de ser el sistema más injusto de la historia de la humanidad? De la inquina de la izquierda también se ha hablado y escrito copiosamente, pero se ha hecho poco para mostrar su ingenuidad e ignorancia.

 

La juventud y la izquierda tienen un inherente espíritu revolucionario y de “progreso” (peligrosamente entendido). En un tiempo como el actual los jóvenes están (estamos) del todo desorientados, prácticamente carentes de cualquier tipo de red de apoyo (desde lo espiritual, pasando por lo familiar, hasta la comunidad en un sentido más amplio), desposeídos y desempoderados, pues carecen de propiedades o ingresos. Se trata de una burda generalización, pero ni por burda ni por generalización resulta menos cierta. A su vez, la izquierda se halla en estado de embriaguez, conocedora de que va ganando en la guerra cultural en Occidente, y campa y actúa liberada de toda clase de tapujos o recato social, político, económico o moral, persuadida de su absoluta impunidad.

 

Juventud e izquierda han estado caracterizados por un marcado idealismo, en el que históricamente se han apoyado los proyectos “mesiánicos”, que se han presentado como enmiendas a la totalidad del presente y de la herencia histórica. Sin embargo, este tipo de idealismo encuentra hoy un problema fundamental: la ausencia de una realidad hacia la que pueda dirigirse su discurso y su acción. Me explico. A lo largo de la historia, ha habido causas nobles por las que luchar, guerrear y hasta morir (y, a mi juicio, todavía existen y existirán, aunque no parecen ser las que enarbola cierto progresismo radical). La izquierda cree que sigue inmersa en esa confrontación total entre el bien (ellos) y el mal (prácticamente todos los que no somos “ellos”) sin tomar en cuenta que el mundo ha entrado en una etapa de paz global con un desarrollo económico y de bienestar como nunca antes se había visto. La democracia es prácticamente omnipresente. Por ello, y a falta de un enemigo real, solo le queda a la izquierda inventarse uno.

 

A esto se refiere el síndrome de ‘san Jorge jubilado’, acuñado por el filósofo político australiano Kenneth Minogue. Es un fenómeno en el que el héroe de la historia ya ha “matado” a los grandes dragones, por lo que comienza a cazar bestias cada vez menores… hasta que ya no queda ninguna. Del mismo modo, la de la izquierda neomarxista contemporánea no constituye sino una cruzada frente a “dragones imaginarios”. Estas luchas artificiales son “el tiempo más emocionante” de la vida de muchos de estos progresistas, que intentan sentir que lo que hacen es el equivalente a la marcha hacia Washington de Martin Luther King. Pero ni corren los años 60, ni la causa que enarbolan puede equipararse a la de este histórico activista… Y, sin embargo, se cuentan por millares los que pagan el precio de tan quijotesca gesta.

 

Como no podía resultar de otra manera, estos planes salvíficos no benefician a todos, hay daños colaterales. En este caso, las mayorías. No debe sorprendernos que esta clase de proyectos de ingeniería social por parte del Estado y de la izquierda perjudiquen precisamente a quienes dicen pretender ayudar. Bien sea por estupidez o bien sea por maldad. De hacerse realidad estos planes, muchos verán sus perspectivas de vida notablemente empobrecidas, así como las de sus hijos y nietos.

 

Ahora bien, hay quienes señalan, caso de Carlos Beltramo, que esto no es un plan orquestado desde arriba, sino que responde a una conjunción de elementos paralelos que, no obstante, afectan a los mismos sujetos. Una suerte de “tormenta perfecta” que otros rechazan, aludiendo a que existe una coordinación consciente y meticulosa. Es un asunto que reviste una importancia secundaria para los propósitos de este artículo.

 

Lo que intento proponer es una perspectiva centrada en ofrecer respuestas. Una opción, a la que me dedico profesionalmente, consiste en librar la batalla de las ideas desde el respeto de la libertad (aunque ese respeto pueda parecer una ventaja competitiva para las ideas de mis adversarios si se lo mira desde la lógica del poder). Mucho me temo que se trata de una batalla que debemos dar, aunque parezca imposible alcanzar la victoria final.

 

Esta aparente desventaja humana en la lucha de las ideas se suele presentar por multitud de factores. Tal vez el más desesperante es la profunda ignorancia en nuestras propias filas, junto con la fatal arrogancia que a menudo acompaña a esa ignorancia. Ignorancia y arrogancia son las dos enfermedades que “arrasan nuestro campamento”.

 

Sus efectos son que mucha gente buena se desentiende de la contienda, como si no estuvieran en juego valores fundamentales y la fuerza de la verdad. Estas personas ignorantes y arrogantes terminan no deseando que despleguemos la mejor versión de nuestros argumentos. Prefieren encerrarse en cámaras de eco y emplazarse en trincheras que no enfrentan, sino que dan la espalda a los adversarios, enrocados muchas veces en discusiones estériles de egos entre personas que tienen la misma visión de la vida.

 

En este último grupo, hay una irritante proporción de “tontos útiles”, auténticos caballos de Troya que terminan siendo funcionales a este progresismo que no sabe a dónde va, pero bien sabe a quién no quiere de compañero de camino: al que tiene pensamiento independiente y pasión por la verdad. No obstante, como señalaba antes, esta es una batalla que hemos de librar porque al final nos mueve la búsqueda del bien, incluso de aquellos que nos desean el mal. ¿Y cómo se articula esto último? Estoy cada vez más convencido de que es necesario por un momento alejarnos de las luchas cuasi titánicas, del combate a muerte de las ideologías. Por el contrario, el campo de batalla se encuentra dentro de nosotros mismos. La clave de la victoria reside en pelear por convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Nos toca seguir el consejo de Séneca de que es mejor preocuparnos no tanto por cómo vivir más, sino por cómo vivir mejor, haciendo el esfuerzo constante por protagonizar una vida virtuosa y honorable.

 

Luchar para ser mejores personas, mejores esposos, mejores padres, mejores hijos, mejores profesionales. Y procurar que todos a nuestro alrededor adquieran un compromiso similar, porque el bien se contagia.

 

Después de todo, ¿qué nos induce a pensar que vamos a “salvar Occidente” si no logramos acometer un buen trabajo en la oficina o no mantenemos nuestra habitación ordenada? Así lo señala también C.S. Lewis en Mero cristianismo, cuando, al profundizar en las virtudes teologales, sugiere que no debemos desvelarnos tanto por “la civilización” y más, en cambio, por vivir estas virtudes, pues la primera dependerá en última instancia de las segundas.

 

En este sentido, el silencio y el aislamiento que ha traído consigo la pandemia podría considerarse como una oportunidad. No la oportunidad que ve Klaus Schwab y el Foro de Davos para imponer su ideología. Es una oportunidad de un Gran Reinicio interior, fruto de la pausa en un tiempo tan vertiginoso, de la reflexión e incluso de la oración. Un reinicio ad intra que resista a los que nos desean imponer ad extra (desde las ideologías). Hay esperanza (otra virtud, por cierto) en el campo de batalla. Lo difícil es darse cuenta de que lo llevamos dentro.

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No. 348

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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