Los mexicanos hemos dado muestras de solidaridad puntual con nuestros hermanos de diversos modos, pero de manera destacada en los momentos de crisis como temblores o desastres naturales. El ejemplo de 1985 cuando ante la parálisis gubernamental para actuar con rapidez y eficacia, la sociedad se movilizó y organizó para acudir en auxilio de las víctimas, ha quedado como un paradigma de lo que se puede hacer. Eso ha quedado para la historia, para nuestra memoria, y se ha repetido de diversos modos en distintas ocasiones.

 

Pero esto, que fue claramente visible, no es lo único que la sociedad ha hecho. Desde antaño han existido formas de organización de solidaridad permanente que atienden de manera generosa y de distinto modo a muchos de los necesitados de auxilio. Un gran número de ellas son de naturaleza asistencial y atienden a niños huérfanos o a los ancianos abandonados, otras se hacen cargo de enfermos que no tienen asistencia médica o que sufren enfermedades especiales para los que no existe atención adecuada, otras son orientadas a la educación, el estudio y la investigación y hay hasta las que fomentan el deporte, etc.

 

Todas estas organizaciones, de las cuales muchas se ignora su dinámica, carecen de visibilidad porque no recurren a un activismo disruptivo. De ellas se da cuenta permanentemente en estas páginas a través de la sección Somos Hermanos. Durante el sexenio del presidente Fox, en la Sedesol operó una actividad denominada “Lo que los mexicanos hacemos”, donde se exponía el quehacer de estas organizaciones, promoviendo alianzas y vinculaciones para generar sinergia entre ellas y los programas gubernamentales.

 

Algunas de estas organizaciones no sólo son solidarias en atención a las emergencias, sino que también son subsidiarias, pues tienen un sentido promotor del desarrollo de las personas y las comunidades, buscando transformarlas para que dejen de ser dependientes y sean sujetos de su propio desarrollo.

 

Este tipo de organizaciones son una forma concreta de democracia participativa, de acción de las personas y grupos trabajando a favor del bien común. Puede decirse que de ellas surgieron lo que ahora son las políticas sociales, pues antecedieron en la historia al quehacer gubernamental en la materia. Pero su acción y ejemplo siempre han molestado a los gobernantes, pues demuestran cómo, con poco, hacen mucho. En tanto, con mucho, el Estado suele hacer menos proporcionalmente. Por eso, en no pocas ocasiones los gobiernos tratan de obstruir su labor o impedirla.

 

Ahora, un gobierno que levantó como su bandera la idea de atender primero a los pobres, se ha destacado por deformar el sentido de la solidaridad con programas de cuyos resultados poco se conoce y que, como ha sido una práctica gubernamental desde el pasado, particularmente desde el cardenismo, han buscado generar una cultura de la dependencia con un populismo disfrazado de paternalismo, cuya finalidad es cooptar a las personas con propósitos políticos. Son programas muy alejados de la idea de combatir la pobreza, porque quienes salen de ella ya no son objeto de control político, sino sujetos libres e independientes. Así lo reconoció públicamente la exdirigente de Morena, Yeidckol Polevnsky Gurwitz, quien en realidad es Citlalli Ibáñez Camacho.

 

Para eliminar la competencia y el buen ejemplo, la actual administración ha decidido golpear desde la base a estas organizaciones sociales, limitando los estímulos para que puedan ser sostenidas por donantes mediante la fórmula fiscal de “donatarias”, que hace posible que las aportaciones a las mismas sean deducibles de impuestos. El gobierno se apropia de un quehacer que antes que gubernamental fue social, y niega el derecho de las empresas, por ejemplo, a canalizar recursos a estas organizaciones bajo la fórmula de la deducibilidad, diciendo que esa tarea de responsabilidad social no les compete.

 

Bien sabemos, y así lo han reconocido los voceros gubernamentales, que el propósito es incrementar la recaudación fiscal para saciar el voraz apetito gubernamental que está echando mano de cuanto puede a fin de sostener su populismo ineficaz e ineficiente, así como obras faraónicas de poco beneficio probado, estorbando, incluso, la acción empresarial, como fue el caso del aeropuerto de Texcoco.

 

Hay que señalar, sin embargo, que la solidaridad y la caridad organizadas siempre han existido, más allá de las acciones momentáneas y puntuales ante las crisis. Y si bien la deducibilidad ha sido un estímulo para las aportaciones, ella no es la causa, aunque quizá sí, en algunos casos, condicionante de los montos, pero no todos los donantes se benefician ni piensan en la deducibilidad como motivo para ser solidarios, sino que lo hacen conscientes de la búsqueda del bien común, a través de acciones concretas que, aunque parezcan pequeñas, tienen un gran valor.

 

Ciertamente con el golpe que pretende dar el gobierno de la 4T se producirá un daño y se pone a prueba la solidaridad de algunos, esta permanecerá en muchos y esas pequeñas aportaciones, sumadas, mantendrán esos esfuerzos. Hoy, además, frente a la tozudez gubernamental, las donaciones no deducibles adquirirán una forma de resistencia social frente a un gobierno insensible y demagógico que de manera sistemática está destruyendo a las organizaciones intermedias, conocidas como no gubernamentales, a fin de incrementar su control social con fines políticos. Ahora la solidaridad puede asumir la forma de resistencia política.

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No. 375

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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