El totalitarismo político ha sido precedido por ideologías que lo sustentan. Esa es la diferencia fundamental entre una dictadura o un gobierno autoritario. Estos se explican por el afán de un hombre o de un grupo, por someter a los habitantes de un territorio para su beneficio. En cambio, aquellos pretenden dominar mediante el sometimiento a una ideología, obligando o pretendiendo obligar a que todos asuman una misma idea. Esa fue la experiencia con el comunismo, el nazismo y el fascismo durante el siglo pasado, y aún quedan secuelas de aquello.

 

Occidente resistió a esas corrientes e, incluso, en ello se basó parte del argumento para justificar la Segunda Guerra Mundial, además de las invasiones territoriales. Sin embargo, no fue inmune a la infiltración de las ideas. El marxismo en sus diversas versiones se infiltró en las universidades y medios de comunicación, desde donde incidió en el cambio de mentalidad social. Así lo denunció hace años Jean-François Revel en su libro El Conocimiento Inútil.

 

Fue así como entre el relativismo y el subjetivismo liberal y la dialéctica comunista, se fue gestando la ideología de género que parte de la negación de la existencia de una naturaleza humana, que disocia el cuerpo y su sexualidad del desarrollo de la persona, permitiéndole imaginar que es lo que no es para definir su “género” y desde él, su orientación sexual.

 

Los homosexuales y las lesbianas siempre han existido, con distinta suerte social. Sin embargo, son una minoría que se estima no es mayor al 10 por ciento de la población. Ellos, al igual que el resto de la población, son poseedores de una dignidad humana que no siempre ha sido respetada, lo cual ha generado un revanchismo desafiante en lo cultural y lo político, al grado de traducirse en una ideología: la ideología de género.

 

Una de las consecuencias de esto es el llamado “transgénero”, según el cual un hombre o mujer se identifica con el sexo contrario y pretende actuar como tal e, incluso, recurre a hormonas o intervenciones físicas con mutilaciones o implantaciones corporales para adquirir físicamente características del sexo con el que se identifica, aunque su genética no puede ser modificada y en cada una de sus células el sexo femenino o masculino lo acompañará siempre.

Cada persona es libre y responsable de sus actos, así como de las consecuencias de los mismos. Pero eso no significa que sus pensamientos, deseos o fantasías, tengan que ser impuestas como pensamiento único en la sociedad. Eso es totalitarismo y éste está avanzando en occidente de manera acelerada, a partir del legislativo, con el apoyo de los jueces y obligando al ejecutivo a aplicar políticas a favor de la misma, sometiendo y castigando a quienes no comulgan con esa ideología y la rechazan.

 

Se trata de una campaña mundial con aplicaciones nacionales. El orgullo hay, con espectáculos y desfiles públicos auto denigrantes y que dan pena es celebrado y hasta se pretende hacer de junio un mes conmemorativo de este pensamiento y sus conductas.

 

Para asegurar que esto penetre en la sociedad, los sistemas educativos de diversos países, y México no es la excepción, han asumido programas para adoctrinar a la niñez, desde los primeros años escolares, en este pensamiento mediante la inducción de actitudes y vestimentas del sexo contrario, obligadas a los niños, para que puedan “optar” acerca de su orientación sexual. Se trata de un lavado de cerebro.

 

Por su parte, el mundo mediático, sobre todo el del entretenimiento, ha asumido la promoción de estas conductas. El caso más emblemático son los estudios Disney, quienes tanto en su película Lightyear como con sus muñecos Mickey y Mimí promueven esta ideología con conductas y las banderas color arcoíris. Otro tanto hacen las plataformas de comunicación. Todos debemos marchar en la misma dirección. No se permite el disenso.

 

La gravedad del caso en México la estamos viviendo con el diputado Gabriel Quadri, a quien el Tribunal Electoral castiga –contraviniendo el derecho a la libertad de expresión y su fuero como diputado- por señalar que, aunque la imaginación y la vestimenta de alguien que se dice ella, es él y, por lo mismo, referirse a su persona como hombre. Esto, se afirma, es “violencia de género”, una invención para reprimir a quienes llamen a las cosas por su nombre.

 

Del mismo modo, una periodista con fama de analista política, ha criticado a las legisladoras que se manifestaron en contra de la película Lightyear, asegurando que con ese pensamiento, el partido al que pertenecen tiene asegurada la derrota en las elecciones del 2024. Una profetiza que impulsa a que un partido abandone la línea de pensamiento que lo caracterizó durante años y que ha decepcionado a sus seguidores cuando se pliega a lo “políticamente correcto”, al tiempo que otros politólogos lo critican por desdibujarse y asimilarse con otros partidos.

 

Finalmente, hay que señalar el contraste que se produce en los países que fueron sometidos al comunismo, a lo que ocurre en la misma China y en los países islámicos, quienes se han definido claramente y sin temor, ante las pretensiones de ser sometidos por la ideología de género.

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No. 407

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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