Si conocen a alguien que se declare partidario del marxismo apiádense de él, o ella, o elle, porque su vida es, sin duda, un infierno. Nadie lo pasa peor a día de hoy en todo Occidente que el comunista, singularmente el que ostenta un cargo público. Lógicamente, cuanto más elevado, mayor es la cuota de angustia y quebranto que lleva sobre las espaldas. Poco se habla del martirologio que supone tener que vivir en una mansión lujosamente amueblada, con una piscina hollywoodiense, servicio, niñeras, coches oficiales, chóferes, guardaespaldas y, para más escarnio, ingresar un suculento sueldo. Al buen comunista eso le repele, claro, pero además le causa una contradicción que, a fuerza de cabalgarla, le deja las ancas absolutamente doloridas de por vida.

 

Tamaño sacrificio solo lo pueden llevar a cabo personas de una elevadísima talla moral. Sacrificarse hasta tales extremos por el proletariado, que no por otra cosa llevan ese tren de vida los dirigentes comunistas, es una hazaña digna de figurar en los libros de historia y no esas nimiedades de la gesta de las Américas, que además es facha e imperialista. Intentamos meternos en la piel de ese leninista que observa con lágrimas en los ojos el saldo abultado de su cuenta corriente y se nos rompe el alma. ¡Cómo se les debe encoger el corazón al matricular a sus hijos en los mejores colegios, los más caros y los más exclusivos, incluso posiblemente religiosos! ¡Qué tristeza debe ser comer en lujosos restaurantes las más exquisitas viandas y los más selectos caldos! Son dignos herederos de aquel doctor Negrín que, mientras el pueblo se moría de hambre por las esquinas porque solo podía comer a diario un puñadito de lentejas cuando las había —las tristemente célebres píldoras del Doctor Negrín, como las apodaba el siempre ingenioso pueblo español—, él se atiborraba de cocido comiendo tres platos para, después, vomitarlos y sentarse de nuevo a la mesa.

 

¡Ah, probos referentes de la revolución proletaria, que expulsaban a culatazos de sus casas a los legítimos propietarios para luego, previo asesinarlos, instalarse ellos y sus queridas utilizando sus vehículos, sus pieles, sus joyas, sus cuberterías! ¡Santos varones de la izquierda como Prieto, que cargó hasta el tope el yate bautizado como Vita con las alhajas y el oro sustraído a sus dueños para escapar cobardemente hacia las templadas tierras mejicanas del presidente Lázaro Cárdenas, dejando a sus conmilitones a los pies de los caballos en los campos de concentración franceses como Argelés o en las cárceles de Franco!

 

El padecimiento de esos extraordinarios seres ha de iluminar como ejemplo vivo a sus descendientes, que han de ver en ellos consuelo y guía para mejor soportar los duros embates que supone estar en el Gobierno. A ellos nos dirigimos en este artículo, en la esperanza de que sabrán afrontar la terrible coyuntura en la que se ven obligados a vivir cotidianamente. Salud y langostas, camaradas.

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No. 407

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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