Por: Itxu Díaz.

En tiempos recios

IBEROSFERA. Todo, menos la verdad, parece conspirar en contra de los ideales del conservador. Y la verdad ya no le interesa a nadie. Vivimos tiempos que incitan con tozudez al pesimismo. Las victorias políticas, a veces pírricas, no transforman la realidad de los modos de vida generalizados, y las batallas ideológicas que se ganan en la opinión pública a menudo tampoco se reflejan lo suficiente en las urnas. Todo alienta a la voz interior del desánimo, todo parece empujarnos a la desesperanza, y todo se cuece veloz excepto un latente sentimiento de tristeza, que afecta por igual a unos y otros en nuestra civilización en derribo. Bien, ahora que todo es horrible, tal vez sea un momento extraordinario para emborracharse y divertirse un poco.

 

Basta haber leído algunos libros para saber que la Historia está repleta de momentos peores, de agujeros negros que parecían definitivos, y de años liderados por personajes siniestros que exhibían el músculo suficiente como para conquistar el mundo. Pero, así como la naturaleza acostumbra a equilibrarse de forma autónoma, con permiso de los ambientalistas coñazo, tanto la naturaleza humana como las sociedades buscan esa misma armonía, ya sea oscilando, ya sea muriendo para renacer, ya sea a base de pequeñas victorias como las que caracterizan estos días, en los que nunca parece haber un triunfo abrumador.

 

El conservadurismo ha resistido antes en condiciones extremas y es, con toda seguridad, por su inevitable identificación con la nobleza del alma, porque está más cerca de las verdades últimas del hombre que cualquier otra forma de concebir el mundo basada en lo perecedero y en lo inmediato, o incluso en el mal. Las izquierdas se fundan sobre el rencor, y no importa las soluciones que terminen desarrollando, aquello que empieza con el odio como motor no puede finalmente contribuir a hacer un mundo mejor, por más que se pasen el día proclamando tan noble propósito. Ni siquiera cuando hablan de amor lo hacen para amar, sino para reivindicar: siempre es algo contra alguien. Pasan por la vida profesando una fe ciega en el progreso, concebido como la adicción al cambio, sin que nadie se pare a pesar si el cambio es a mejor o a peor. Con frecuencia es a peor. A las últimas leyes fallidas me remito.

 

No cedemos, después de todo, a la desesperanza, porque todavía creemos en la belleza y en el bien. Pero, sobre todo, porque creemos en la estupidez, y sabemos que la característica común a todo estúpido es su antropofagia. Tarde temprano se devoran y desmoronan, por la misma razón por la que el mal no puede asociarse con nada para buscar un bien. Y el mal, la cita es de Perogrullo Díaz, termina mal.

 

Entretanto, el gran reto del conservadurismo es crecer hacia dentro, componerse como un soplo de aire fresco contracultural y seductor, en un mundo tomado ideológica, política, mediática y corporativamente por el progresismo y la locura woke. Un refugio de libertad, un remanso al margen de las mil formas de amor egoísta contemporáneas, un espacio para la tradición, para el respeto al esfuerzo y las ilusiones de nuestros mayores, para la voluntad de contribuir al bien común como motor de verdadero progreso de los pueblos, y un templo donde lo espiritual no sea un incordio o una cuota de votantes, sino que sea valorado, promovido, y respetado como la inquietud más honda y profunda que es, la que mueve a los hombres de todos los tiempos, y la que finalmente transforma –esta sí- el mundo.

 

Y si, después de todo, Occidente sigue empeñado en asfixiar todo conato de renacimiento, si la oscuridad sigue reinando, si la estupidez parece haber generado anticuerpos en los idiotas, o si tardan en llegar los frutos, como diría un mal entrenador antes de admitir una debacle colosal, siempre estaré junto a los que piensan como Russel Kirk: «Soy conservador. Es muy posible que yo esté del lado de los perdedores; a menudo pienso que sí. Sin embargo, por una curiosa perversidad, prefiero perder con Sócrates, digamos, que ganar con Lenin».

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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